Un perro libre

Corre un perro por la ciudad. Sin rumbo, desorientado, despeinado. Corre entre la gente que compra los regalos de Navidad. Un collar sin correa, un perro solo. Al borde de la locura, babea y corre ahora que es libre, cambiando de rumbo sin cesar, con ojos de lobo. Cruza una calle mientras los peatones esperan.  Sin una correa que le robe su libertad, sin un amo que le domine. Corre. Libre, libre, libre, pero parece triste y perdido. Pobre perro libre. Pobre amo que perdió a quién amar.

Susana

5

Salió a fumar fuera, dejando el abrigo en la silla. El invierno de Madrid le hizo temblar. Encendió un cigarro frunciendo el ceño y apretando los labios, como si algo le doliera. Aquella mueca la arrastraba desde que era adolescente, cuando intentaba parecer interesante. Alguien que lo conociera de toda la vida habría dicho que era la misma mueca de siempre, pero lo cierto es que Carlos ya no pretendía conseguir nada con ese gesto. En la puerta de aquel salón estaba Susana mirando de forma nerviosa su móvil. No se percató de que aquel hombre que había en la puerta era Carlos. Durante unos segundos permanecieron los dos en silencio. Él si la vio y dio una larga calada a su Camel esperando  recobrar las fuerzas para hablar con la chica. Soltó un  “Hola” y puso cara de simpático. La chica lo miró entre ofendida y asustada, como si un extraño le hubiese ofrecido sexo, y entró a toda prisa.

Susana no era de su clase, pero coincidieron en la optativa de latín y una vez hicieron un trabajo juntos porque la profesora Elena los emparejó. Ella ofreció su casa para hacer el trabajo. Dijo, “está más cerca”, aunque en realidad desconocía donde vivía Carlos. En su habitación había pocas cosas pero todo estaba ordenado. El segundo de los dos días su hermana se asomó por la puerta con la carpeta de la universidad y preguntó con malicia si eran novios. Susana enrojeció y no dijo nada. Carlos no se inmutó. Mientras hacían el trabajo notó la pierna de la chica reposar junto a la suya. De vuelta a casa, podía sentir aún el calor de la pierna de Susana en el lateral de su pierna derecha.

Durante un tiempo hablaron en los pasillos del colegio. A ella también le gustaba la música de los 70 y tenían amigos en común de la Sala Abbey Road. Llegó a pensar que estaba enamorada de él y, durante unos meses, Carlos no pudo pensar en ninguna otra. Su corte de pelo a la altura de la mejilla le llegó a obsesionar, y se repetía a sus adentros como decía ella el “-los” de Carlos, haciendo hincapié en la “L”. Lo cierto es que en sus labios su nombre sonaba a algo sexual.

Fue más que nunca a Abbey Road, para ver si coincidían; pero nunca estaba allí, casi siempre se acababa de ir. Aquello duró unas semanas. Con el tiempo volvieron a ser dos semidesconocidos de clases distintas en aquel inmenso colegio de curas. En el último curso coincidieron bastantes veces en salas y bares de Madrid; a veces se saludaban y otras no. Un día Carlos se acercó a hablar con Susana para intentar ligar con la amiga que le acompañaba. Cuando dejaron el colegio, Susana dejó de ir por esos sitios. Carlos se enteró por terceros que se había ido a estudiar a Barcelona y que vivía en casa de su tía. Por como se lo dijeron pensó que la gente creía que estaba colado por ella.

“¿Os acordáis de Ernesto, el profe de gimnasia? Cuando nos hacía aguantar la farola como castigo.” Del salón seguían saliendo las voces de los que cogían el micro, que después de unas copas se animaban a contar sus recuerdos escolares. Carlos no entró, parecía como si se hubiera equivocado de día y la reunión fuera de otro colegio. Si no se hubiese dejado la chaqueta dentro se habría ido a su casa, sin cruzarse de nuevo con ninguno de aquellos antiguos compañeros. Nadie parecía recordarle allí dentro. Un rato antes Carlos se ruborizó varias veces, pues al saludar de forma efusiva a varios hombres que habían sido sus amigos estos reaccionaron de forma extraña. Aún más patético le parecieron los que simularon saber quien era.

Se quedó pasando frío, a la intemperie. Nunca había entendido aquella expresión de una noche cerrada, pero pensó que debía ser algo así. Los ejecutivos volvían de trabajar mientras al fondo algún indigente rebuscaba entre las basuras de Chamberí. Una pareja se enrollaba en el portal de enfrente. Varias veces le miraron con desprecio pensando que Carlos les espiaba.

¿Me he equivocado de reunión?, se dijo. Pero entonces, ¿cómo se acordaba él de ellos?. Encendió otro cigarro con la rabia que le sobrevino al pensar que todos estos años se había preguntado por el devenir de esa gente que hacía mucho tiempo que se habían olvidado de él. Por haber recordado tantas veces la voz ronca y la media melena de Susana, y aquel calor en la pierna.

Gorka Ellakuría

Un poco de educación

Me preguntaron muchas cosas. Es su trabajo, no les reprocho nada. Sólo me molestó aquel gordo y su puta manía de hablarme tan cerca. Podía sentir aterrizar en mi cara la saliva disparada por su enorme bocaza. Me dijo palabras crueles y las dijo en alto. Intentó que sonaran como dichas por un tipo duro, pero sus ojos le delataban. Quizá es normal que se le escapara algún salivajo, pobre hombre. La verdad es que tampoco le guardo rencor. Le llamo gordo porque no sé su nombre, pero no tengo nada en contra de los gordos, aunque sean polis. Ahora que pienso creo que se llamaba Toni, pero no estoy seguro. Toni es un buen nombre para un poli gordo, así que imagino que es posible que se llamara así.

A Toni le acompañaba otro poli, que no era gordo aunque parecía que sus músculos iban reventar la camisa del uniforme. Apenas hablaba y evitaba mirarme. Apuntaba cosas. Hubo un momento que se pasó de chulo y poco después me dirigí a él llamándole apuntador. Eso le molestó un poco. Se ruborizó, pero al rato ya lo había olvidado. Parecía uno de esos tipos que sólo se sienten cómodos en la sala del gimnasio, mirando mal a todo el que llega por primera vez a utilizar sus pesas. Pero créeme si te digo que estos tíos están hechos papilla por dentro. Un pardillo como yo llamándole apuntador y se queda fuera de combate durante un buen rato. Eso sí, imagino que si le vacilas así en otro lugar quizá te suelta una hostia.

Todo aquello estuvo bien porque no hicieron la típica escena de poli bueno y poli malo. Los dos intentaron parecer duros y a los dos se les veía a mil leguas que eran unos blandos. Fueron originales con lo del idioma. El gordo me hablaba en castellano y el otro en catalán. No sé si creían que de esta forma me liaría y empezaría a largar como un tonto. Si me lo hubieran preguntado educadamente les habría explicado todo. Aunque les parezca extraño, soy un tipo educado. Vengo de buena familia, no se piensen. Con algo más de modales les habría dicho que la culpa era de aquel conserje que se creía John Wayne y que me clavaba la mirada cada vez que entraba y salía del trabajo. Que el puñetazo no fue premeditado y que no era cosa mía que se le mearan unos cuantos perros del barrio antes de que lo encontrara allí, tirado, entre aquellos tulipanes que él mismo regaba con tanto mimo. Todo podría haber sido más fácil con algo más de educación. Ya sé que me repito, pero así están las cosas.

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Agosto, en Barcelona

Camina un hombre mirando a ambos lados, a paso del que quiere ser alcanzado, evidentemente sin rumbo. Trata de disimular, por eso, que no tiene adonde ir, que lo está decidiendo mientras camina. Sus lentos bandazos sobre el asfalto le delatan. Es lo que hace todo hombre cuando pasea y no le espera nadie.

Se trata de un solitario más de mi barrio, en una zona donde son mayoría los que veranean fuera. Aquí, muchos comercios aún se pueden permitir el lujo, de otro tiempo, de bajar la persiana hasta septiembre. Entonces, libres de familias con perrito y de pijos disfrazados de hippies, los hombres solos y su sombra se muestran. Por supuesto, estaban allí desde siempre, pero no se les veía tan fácil como ahora, bajo el sol de agosto.

Los bares que permanecen abiertos parecen estar vacíos, pero resulta difícil encontrar mesa libre. Reina el silencio en esos sitios donde por un mes una sola persona puede ocupar una mesa para cuatro. Los sin familia se sientan a leer sus diarios o miran a los otros, sin que pase nada ni se oiga nada más que la cafetera del bar. A veces, nace un cruce de palabras entre dos solitarios, aunque no acostumbra a extenderse más allá de unas cuantas frases. En ese preciso momento Barcelona logra asemejarse más al París que yo viví. La fría ciudad llena de tipos que perdían el tiempo consigo mismos, pensando en sus cosas. O de aquellos otros que se deleitaban ante la vida de los demás, mientras pasaban las húmedas tardes de otoño sentados en la terraza de un café, fumando, utilizando el humo como cortina que ocultaba esos ojos que tanto miraban.

El agosto de Barcelona, de mi Barcelona, es el de las viudas y de los alcohólicos. De los chavales que vienen de otros barrios y esperan en la boca de metro para darle el palo a los quinceañeros de la zona; con sus bolsillos llenos y su fobia al dejo cani, propio del parloteo del adolescente de suburbio. Es el mes, también, de los separados y de los eternos solteros que se buscan y se encuentran en los bares oscuros con cortinas en los cristales, donde los gin tonics van a cinco euros. Se apropian de las calles las niñas rebeldes que se niegan a veranear con sus padres. Cuando no pasean regalando miradas, esperan, en sus casas vacías, al novio, que nunca se parece a mí cuando tenía su edad. Es el momento de los viejos, que se han quedado sin casa en la playa, porque van sus hijos con los niños. Son ellos los que ocupan los bancos en sombra, y forman improvisadas reuniones donde discuten sobre muchas cosas pero, sobre todo, en las que fardan de nietos.

Agosto es el mes del hombre que se lanzó a montar un quiosco cuando los quiosqueros renunciaban al oficio. Que se arruinó en año y medio y se puso de portero en la escalera de enfrente. Con los brazos en jarra, plantado en medio de la calle y  aburrido por la falta de vecinos a los que atender, siente el sol quemar su coronilla mientras mira, desde lo alto de Barcelona, el mar que brilla a lo lejos, como si fuera de papel de plata. 

Gorka Ellakuría

 

La Monumental, plaza fantasma

La polución mezclada con polvo cubre levemente los huevos blancos y azules que coronan la centenaria plaza de toros estilo bizantino. Unas finas grietas recorren la fachada de La Monumental de Barcelona y las contraventanas de madera que dan a la calle permanecen cerradas, incluso de día. En sus muros aún se pueden ver los disparos de bala de la Guerra Civil que detuvo para siempre la plaza. Fuera, si uno se fija, aún hay restos de pintura roja y un casi ilegible “asesino” escrito con pintura azul en uno de los escalones de entrada al coso.

La entrada izquierda permanece abierta y hoy, mayo de 2014, una familia con aspecto y acento yanki accede y pregunta en taquilla: “¿Cuándo es el siguiente espectáculo (when will be the next show)?” Les ofrecen el tour por la plaza y la visita al museo del toro por seis euros, pero nada de corridas (“no shows“). Poco después, un rubio alto y una asiática enfilan el camino hacia a las taquillas. Probablemente desconozcan también que desde hace casi tres años es imposible ver una corrida de toros en Barcelona. Desde la prohibición, la Monumental, último feudo taurino en activo de los tres que tuvo la ciudad Condal, malvive de mostrarse al turista y de albergar en su arena algún que otro circo ambulante.

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¡Adiós, Nick!

Creo recordarla bastante bien. Aunque la tuve muchos años, sólo la leí una vez. Seguramente invento cosas y olvido otras, pero aquella carta decía algo parecido a: 

Al fin me llegó el aviso. Espero ser el único, y que mientras escribo esto no haya ninguno de vosotros que este escribiendo algo parecido y que sienta el mismo miedo que se mueve por mi estomago como una maldita serpiente.

Aún no se lo he dicho a mis padres ni a Rebecca. Ni siquiera me atrevo a mirarles a los ojos. No quiero ser yo el que les de la noticia, ni ser el culpable de que su alegría se rompa por palabras que salgan de mi boca. Me pasa lo mismo con vosotros, así que prefiero no veros hasta que vuelva de Europa. Tampoco quiero que os apiadéis de mi.

Brindad por mí.

Hasta pronto amigos.

Nick

La caligrafía era clara, pero a ratos las letras se tumbaban hacia delante y en otras partes ocurría todo lo contrario, se echaban hacia atrás. La leí en el café frente al mercadillo, en la época que coleccionaba fotos antiguas de personas extrañas.

Estaba en París y mi francés no logró hacerle entender a la señora de la parada, donde poco rato antes había comprado la instantánea, que le quería devolver aquella fotografía, con la excusa de que estaba escrita por la parte trasera. Así que me la tuve que quedar.

Para librarme de ella intenté hacer ver que la olvidaba en algún otro café, pero siempre ocurría algo que me lo impedía. Unas veces el camarero u otro cliente me perseguían con la imagen del maldito americano en la mano, gritando “¡monsieur, monsieur!”, devolviéndome lo que pensaban que era mío. Otras, el plan parecía funcionar, pero varias calles después de lograrlo sentía una serpiente en el estomago, similar a la descrita por Nick en la carta. Y volvía a por ella, rezando porque aún estuviera donde la dejé, temblando de miedo. Ni siquiera me sirvió esconder la instantánea en un cajón y esperar a que el tiempo me echara una mano para zanjar el asunto. De nuevo la serpiente. 

Vencí el temor muchas veces, pero me resultó imposible separarme de ella. La fotografía se hizo un hueco en mi cartera y cada día, aunque me propusiera no hacerlo, veía varias veces la imagen de aquel sonriente rubio americano, que posaba con su camiseta sucia mientras arreglaba una moto. Me pasaba lo mismo con la portera portuguesa de mi estudio de Montmartre. 

Entonces era estudiante. Tenía, más o menos la misma edad que Nick, el de la foto, y mucho tiempo libre. Imagino que por eso inventé mil teorías del porqué había llegado a mí aquella maldita carta escrita tras un retrato. Pero no se trataba de una casualidad, seguro. Tenía que ser yo. Y fui yo durante muchos años. Las carteras envejecían y se deshilachaban. Cada vez me alejaba más de la edad del chico de la foto. La fotografía, en cambio, se mantenía casi intacta. Nunca me acostumbré a esa dependencia. Tampoco es cierto que la donase para premiar a nadie ni que lo hiciera para dar una lección de vida. Simplemente intenté librarme de ella, como tantas otras veces, pero esta vez funcionó. 

Al fin resultó bastante sencillo, aunque no me siento orgulloso de como lo conseguí. Hace unos meses celebramos el cumpleaños de mi hijo menor, su dieciocho aniversario. Compré un sobre y muy ceremonioso le entregue la foto de Nick y le dije: “Parece poca cosa, pero ya verás como te enseña mucho”. Después de cenar, acompañé a mi suegra a su casa. Volviendo conduje en dirección contraria a mi casa, dejando atrás aquella angustia que me tenía esclavizado hasta entonces. Abrí la ventanilla. El frío y el viento me impedían abrir los ojos. Sentía como el aire me deformaba las partes flácidas de mi cara. El retrovisor me reveló la patética expresión que tenía con la cabeza fuera del coche. Y  grité, fuerte, muy fuerte, un: “¡Adiós, Nick!”. 

 

GORKA ELLAKURÍA 

 

Con los puños en la masa

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Estuvo a punto de competir en las olimpiadas de Atlanta 1996, pero un accidente lo apartó del boxeo y del sueño olímpico. Derrotado, Fabián Martín supo reinventarse hasta convertirse en campeón del mundo de pizzas. Hoy tiene cuatro restaurantes y planea abrir un negocio en Nueva York. 

Habla del futuro con cautela. Se niega a bajar los brazos, como si se cubriera la cara ante un poderoso contrincante invisible. Fabián Martín, campeón del mundo de pizzas, exboxeador profesional y famoso restaurador barcelonés asegura que casi todo en la vida le ha llegado por casualidad. “Ni celebré mucho los premios, por si acaso”, cuenta él mismo.  El miedo a lo que vendrá está presente en la mirada de un hombre que ha conocido los caprichosos giros del destino. Su cara apenas revela su pasado de púgil, más allá de una nariz hundida a lo De Niro y un pequeño hoyo en el pómulo que sólo aparece cuando el cocinero sonríe. Sus manos son menos fieles y le delatan, pues cuando habla las mueve como solo lo haría un boxeador.

Acostumbrado a perder contra la mala suerte, el 3 de marzo de 2007, Fabián logró noquear a la sombra que no le dejaba triunfar. Aquel día se proclama campeón del mundo de pizzas. La victoria de su vida la cuenta en directo el mismísimo Matías Prats en el informativo de la noche de Antena 3, en un conexión con Nueva York que abrió el telediario. El ganador habla entonces a cámara con ese acento suyo entre almeriense y francés. El espectador ve a un español convertido en el primer no italiano en ganar este título culinario (ganó también en la modalidad de malabarismo). Lo que desconoce es que están viendo a un tipo al que por primera vez le sonríe la suerte. De ahí a la primera fila mediática. Miles de entrevistas, campañas de publicidad, apariciones en programas de televisión. Hoy, seis años después, cuenta con tres restaurantes en Barcelona y uno en Llívia (Pirineo catalán) y tiene pensado, como proyecto definitivo, abrir una pizzería en Nueva York. Por el camino se embolsó otro campeonato mundial, en 2009 y en Nápoles, la tierra que vio nacer a las pizzas.

Estamos ante el Fabián de hoy. Pero antes hubo otro. Un chico de 26 años que se entrenaba en Madrid con la selección nacional de boxeo. Que estaba preseleccionado para competir en las olimpiadas de Atlanta 1996. Un peso Welter que se había hecho un nombre en Francia y después en España. De la quinta de los Hermanos Trozzo, Charpantier, Castañeda, Guerrero, Faustino Reyes o el Potro de Vallecas.

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Nebraska, tierra prometida

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Primera escena. Un viejo, que a duras penas se aguanta en pie, camina junto a una carretera hasta que un coche de policía lo detiene. El agente le pregunta que a dónde va y de dónde viene. Dos cuestiones lanzadas sin más, pero que desde la butaca del cine impactan como lo que son: los dos grandes interrogantes de la vida de todo hombre. Así, con ese momento veladamente trascendente, arranca la extraordinaria película Nebraska (2013). Rodada por Alexander Payne (Los descendientes, Entre copas…) y desde el pasado sábado, nuevo largometraje víctima (y ya son centenares) de las injusticias de los premios Oscars. 

Payne, nacido curiosamente en el estado de Nebraska en 1961, se sirve de la carretera como cordón umbilical entre el pasado y el presente de la vida de los protagonistas. De nuevo una historia con tintes existencialistas, lo que es ya una constante en su carrera como director. Es Nebraska el más brillante trabajo de Payne, además de una road movie al uso, grabada en blanco y negro, los colores del asfalto.

La película se mueve tan lento como conduce uno de los protagonistas, pero huye del bostezo gracias a la antológica interpretación de Bruce Dern (1936) de un anciano a medio camino entre la senilidad y el alcoholismo lúcido. La mirada se lleva gran parte del peso interpretativo, por como transmite la obcecación del viejo por recoger ese premio de un millón de dólares, pese a que todo el mundo le advierte de que es un timo. Demasiado tarde, ya se ha convertido en su objetivo vital, aunque uno llega a dudar durante el film si el anciano de pelo alborotado y barba de cinco días también no sabe que aquel billete es publicidad engañosa sin ningún valor. Pero qué importa. Se aferra a ello, es su motivo para seguir viviendo. Así lo dice su propio hijo (Will Forte) que al darse cuenta se siente empujado a acompañar a su anciano padre en ese loco viaje intrageneracional, mano a mano, a lo Paradise y Moriarty. Y de nuevo una duda: ¿Quién de los dos necesita más de ese viaje?  El marchar como redención, como escapatoria de la incomoda realidad, como búsqueda de las raíces. Concepto muy manido pero plasmado de forma acertadísima en esta película de Payne.

Más de 2000 km hasta la fría Nebraska, tierra prometida para el viejo y auténtico faro de este aparentemente inútil viaje. En medio del camino, como las sirenas que amenazan a Ulises, el antiguo pueblo de los padres, Hawthorne. Allí está el origen, los familiares que se convirtieron hace tiempo en desconocidos y los amigos de la infancia que se tornaron en temibles enemigos. Entre tabernas de pueblo, donde los hombre empezaban a beber con apenas 15 años. “Aquí no hay otra cosa que hacer”, como argumenta una antigua novia del padre. Y al fin, el hijo que descubre al padre, lejos de casa y por boca de desconocidos.

Y todo parte de esa pregunta inicial del policía que rompe el silencio del film.  El anciano tras unos segundos responde: “Vengo de allí (señalando atrás) y voy hacía allí (señalando al infinito)”. Ni sabe muy bien de dónde viene ni hacía qué lugar se dirige. Como nos pasa a todos, vamos. 

Gorka Ellakuría

Derby vintage

El derby madrileño fue un extraño espejismo del fútbol de antaño. Cuando se consideraba carga legal a empujones capaces de descalabrar a un toro y las tarjetas amarillas eran el último recurso del colegiado cuando la agresividad rozaba la violencia. En mi memoria, los últimos 80 y primeros 90. Aunque seguramente aquella manera de jugar partía de los orígenes del fútbol (1872), deporte inglés, gestado en las mismas tierras donde antes nació el boxeo (1743) y el rugby (1871). 

Lo que algunos tildan de permisividad arbitral como algo negativo a otros nos causa un autentico gozo. Que el ritmo no pare. Las peleas dentro del área de Costa y Sergio Ramos, la dureza de Pepe y Godín, o el imperialista juego de Xavi Alonso. Todo tan bello. Incluso las tácticas lazarilleras de Pepe y Costa para engañar al arbitro son actos sublimes, sobre todo teniendo en cuenta que saben que hay cien cámaras dando fe de su treta.

El empate fue una victoria para ambos. Para el Madrid porque se mantiene arriba y se sabe el más fuerte. Los atléticos comprobaron que la fe en esa pseudo-religión denominada Cholismo les sirve al menos para empatar contra el equipo más fuerte de Europa,  que no es poca cosa. Aunque después de 14 años sigan sin ganar a los blancos en su casa. Pero ahora el Atlético vuelve a estar entre los grandes, y sus derrotas se producen en las alturas, como las de Di Caprio en los Oscars. Quedaron atrás los añitos en el infierno. Ni siquiera escuece ya el recuerdo inevitable que se viene al ver al Mono Burgos por los banquillos del Calderón. Ejerce ya de abuelo cenizo que se empeña en recordar lo mal que lo pasaron en el pasado, inofensivo al fin.

Lo tiene más crudo el Barça, que ni se encuentra (como el Madrid) ni va sobrado de autoestima (como el Atlético). Los blaugranas siguen perdidos buscando, entre pitidos, el santo grial del “jogo bonito”. Al pobre Martino ya nadie le escucha, por más que les recuerde que aquello que persiguen ya murió, que los tiempos han cambiado y que a los blaugranas sólo les queda reinventarse. 

 Publicado antes en El Cotidiano

 

Dalí y Barcelona, un divorcio que dura ya 25 años

Existen muchas frases dichas o atribuidas a Salvador Dalí. “El que quiere interesar a los demás tiene que provocarlos”, es una de ellas. Pero 25 años después de su muerte, parece que al genio surrealista lo que le acompaña es un desinterés institucional nada casual. Desaire en Cataluña (exceptuando su Figueras natal y su rincón estival de Cadaqués), pero sobre todo en Barcelona. La realidad es que el pintor ampurdanés es todavía un personaje incomodo. “La izquierda nunca le perdonó su adscripción vaticana y franquista”, señala Josep Massot, periodista cultural y experto en Dalí y Miró. Y añade: “Y el nacionalismo, además de su colaboración con la dictadura, tiene aún presente su pose a favor de una España imperial”.

La efeméride del cuarto de siglo de la muerte del autor, que se cumplió el pasado día 23 de enero, se dibujaba como un momento ideal para Barcelona. Para potenciar la imagen de ciudad cosmopolita y firmar la paz con la memoria de Dalí. Pero de nuevo, silencio institucional. No se fijó en la agenda municipal ningún gran acto en memoria del pintor catalán. Tampoco se bautizó, al fin, una calle, plaza o estación con su nombre. La ciudad sigue adeudando al genio del surrealismo un espacio emblemático en su recuerdo.

 La explicación oficial del Ayuntamiento de Barcelona continua siendo la misma que ha mantenido durante todos estos años. SEGUIR LEYENDO

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El milagro de Santa Coloma

Faltan diez minutos para la misa de 12 y la parroquia San Juan Bautista de Santa Coloma de Gramanet (Barcelona) está casi llena. Por los altavoces se oye cantar a capela al párroco Francesc Espinar, que se detiene y con una media sonrisa dice: “¿Qué pasa, qué hoy no quieren cantar?“. Las señoras ríen. El cura vuelve a empezar. Lo hace con tanta efusividad que se le enrojece la cara. Camina de lado a lado, sobre un altar por el que se mueve como si fuese un escenario.

Hay algo de italiano en su forma de hablar, una especie de reminiscencia de sus años de formación en un pequeño pueblo napolitano. Los bancos de delante están ocupados por mujeres españolas de entre 70 y 80 años. “¿Tu hijo ya ha encontrado trabajo?“, pregunta una. La otra baja la mirada y niega con la cabeza. A un lado, los maridos comentan el tropiezo de liga del Barça contra el Valencia. Uno lleva el Marca y se queja: “Ay mi Betis, ese si que me hace sufrir”. SEGUIR LEYENDO

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Casillas, con ojos de Rimbaud

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Lo de Casillas es casi nuestra historia de los últimos años. Vivía en la cresta de la ola, se le acabó el mar y acabó por toparse con la arena. Ahora esta con ojos de Rimbaud, melancólico y con el orgullo hecho trizas. Un poco como un parado al que no le llegan ofertas. Su despertar fue Mourinho, que siguiendo con la metáfora sería algo así como la crisis personal del portero blanco. Primero llega sibilino, se instala y al tercer año te destroza (a Casillas y a la imagen del Madrid). Para redondear el drama de Shakespeare nos falta un italiano. Ese es Carleto, hombre de gesto amable, de ceja alta y maestro en el escapismo de problemas. Muy Rajoniano en su manera de entender la vida.

Y ahí sigue Casillas, de protagonista a jugador comparsa. “Para la Copa”, dicen los más desalmados. Los tipos tan grandes como Casillas pasaron una barrera por la que ya no pueden ser segundos. Son reyes o no son.  No me imagino a Pedro J. Ramírez deambulando por El Mundo satisfecho por haber acabado su columna mientras otros manejan el timón. Ya no sirven para la Copa.

A Iker se le ha puesto cara triste y cada día que pasa se habla menos de él. De indiscutible a discutido y de allí a olvidado, a la velocidad del rayo. Mou lo torturó y jugó con él, como también lo hizo con Adán y con Diego López, a los que puso en el disparadero mediático, a modo de chaleco anti-balas para cubrirse de su muy discutible manera de actuar y su pobrísima eficacia (una liga y una copa en tres años).

El portugués se marchó a Londres para afirmar aquello de que él es del Chelsea y del Inter. Pese a ello, aquí, en Madrid, muchos siguen dando palmas a ese entrenador que renegó de madridista y que se cargó a una de las leyendas del club blanco. El infortunio de Casillas es celebrado por algunos blancos, como si no existiera pasado merengue más allá de Mou. Es para ponerse melancólico. 

Gorka Ellakuría

Publicado antes en El Cotidiano

Cholismo contra la crisis

Cholismo

Salió Simeone antes del partido de Liga frente al Barça y dijo aquello de que eran el equipo del pueblo. Lo que en otro entrenador de otro equipo hubiese sido populismo barato, fue un momento (casi) místico. Reafirmó entonces algo que muchos intuíamos y deseábamos secretamente. El Cholo renunció a ser el último de los grandes y optó por tirar del carro de los diecisiete equipos restantes. El de los pobres. Un grupo lleno de deudas, desahucios, dimisiones, ansiedades y alguna que otra depresión. En la línea de lo que está viviendo el país. La vida del Madrid y del Barça, en cambio, continua siendo como la de los Blesa y cia, en sus tiempos en los que se creían los Lobos de Wall Street españoles: vida chulesca, cínica y tremendamente ostentosa; pornográfica pura.

El filosofo alemán G.W.F. Hegel afirmó que: “Sin pasión nada grande se ha llevado a cabo ni podrá llevarse.” En esa frase está la clave del éxito de este Cholismo que va camino de convertirse en un autentico movimiento social. Un tremendo chute anímico en una época de Orfidal y Prozak .

Los medios afines a los dos grandes lo miran como un capricho de pobre y nos machacan con esa cenizada de que sin rotaciones el Atleti se quedará sin fuerzas para pelear la liga. El discurso parece haber calado en la gente, y se repite por infinidad de voceros de barra de bar. Lo dicen pero no desean que sea así. Se puede ver en sus caras. El Cholo nos ha recordado que no siempre ganan los mismos, y no hablo sólo de fútbol.

Costa, Villa, Arda, Miranda, Gabi, Raúl García, Godín... Frente a las estrellas de los dos grandes estos tipos parecen arapientos vaqueros de vuelta de todo. Son El Grupo Salvaje de la Liga. Sin nada que perder. El sueño sigue mientras permanezcan arriba, en la pelea. El partido a partido de toda la vida, que en este Atleti tiene poco de topicazo.Un día llegarán a México, como en la peli de Sam Peckinpah, y todo se habrá acabado. Pero por favor, entonces, no escuchen a los que digan que ya lo decían, ni olviden tampoco lo bonito que está siendo el camino. 

Gorka Ellakuría

*Publicado antes en El Cotidiano

El BMW

No fue hasta la tercera vez que oí esos gritos que me levanté y me asomé por la ventana. “Abra la puerta del coche”, repetía todo el rato el hombre que armaba jaleo en la calle. Eran las 18:30, pero ya era de noche. El del coche no se decidía a entrar en el parking pese a que la compuerta estaba abierta. Quieto, en su asiento y con las manos al volante, permanecía sin hacer nada, y por supuesto, sin abrir la puerta. El hombre que estaba cabreado se cansó de esperar y la abrió desde fuera. Tenía acento argentino y lo hizo con tanta fuerza que se oyó un clack

Ahora que no había cristal entre ambos, empezó a gritar más. Esta vez cambio de frase, pero como antes hizo, la repitió más de cinco veces. “¿No ves que es una criatura, la querías chafar o qué?” Al otro lado del coche, junto a la puerta del copiloto, había un niño de unos ocho años, con unos rizos rubios.  

La gente que pasaba andando como si nada de aquello estuviese ocurriendo. El niño parecía estar ausente. Miraba unos cromos que lleva en su pequeña mano de niño de ocho años. No los pasaba, ni buscaba uno en concreto, observaba el taco en general, de una forma que alguno diría melancólica.

La voz del hombre del coche trataba de luchar con la del ofendido, pero poco pudo hacer. Era una voz de anciano, leve y aguda, que repetía todo el rato que lo sentía mucho. Conducía un BMW con llantas deportivas. Me fijé cuando el argentino le dijo la frase con la que zanjó la trifulca: “¿Qué te crees, que por tener un coche lo tenés todo en la vida?” Pensé que el coche era muy bonito, que me gustaría tenerlo a mí, y que el hombre del niño tenía muchos más problemas que aquel casi atropello de la criatura.

El BMW quedó parado con el motor aún encendido y las luces iluminando la compuerta del parking. Hacía como dos minutos que se había cerrado. El argentino y el niño marchaban calle abajo y al pasar bajo mi ventana el pequeño dijo: “Papa, me faltan cinco para acabar la cole”. Entonces supe que aquel tipo era su padre, y supe también que la voz del niño era leve y aguda.

Me senté en el sofá y volví a reemprender la lectura de un libro de detectives, muy malo y muy guarro. Cuando acabé la segunda página oí como se habría la compuerta del parking. Entonces supe también que el anciano, al fin, había decido entrar.

>>Gorka Ellakuría

El día que conocí a Lediakhov

En un verano en el que aún no perseguíamos a las chicas, y mi amigo I todavía estaba vivo, empezamos a colarnos en un club deportivo de la zona pija de Barcelona. Resultaba muy fácil saltar la verja y no teníamos que discutir con nadie por una portería.

Las niñas del club, con sus largas melenas y finas figuras, nos miraban jugar al fútbol mientras tomaban el sol. Nosotros intentábamos capturar una imagen de esos cuerpos casi desnudos, de reojo, para que no se notara; deseándolas y odiándolas de la misma forma, sin saber muy bien si les gustábamos o nos despreciaban. Recuerdo marcar un gol y ver a una rubia aplaudir con fuerza mientras me sonreía. Fue la primera vez que me sonrió una chica, de esa forma, claro.

Desde entonces mi obsesión fue el gol. Me enfadaba cuando no me la pasaban y me chupaba todas las jugadas (así llamábamos entonces a no pasar el balón. Pecar de individualista, vamos). Cada tanto mío, por malo que fuera, era ovacionado por aquella preciosa chica, que al parecer, tanto me admiraba. Sus palmas resonaban por todo el club, en un lugar donde lo normal era el silencio.

Aquel mes de julio me convertí, por primera vez, en el pichichi de mis amigos y probablemente en el jugador más joven en contar con una fan tan incondicional. Mis colegas se burlaban, decían que estaba enamorado y que esa niña no tenía ni idea de fútbol, porque de lo contrario no me aplaudiría precisamente a mí.

Desde aquel verano, ya lejano, se sentó una máxima en el grupo de amigos que aún hoy perdura: si había un guapo entre nosotros, ese era yo. Diez años después, nadie duda de ello. Siempre he pensado que tuve un golpe de suerte como el de Fermín, al que para hacerle rabiar le pusimos el mote de Fermín-galarga, y la broma acabó por alzarlo hasta el olimpo de los sementales. Incluso en el curso de mi hermano mayor hablaban del pene legendario de Fermín, y no sólo los chicos.

Aquel éxito me reportó una fama, que como he dicho, me ha acompañado desde entonces. Cuando conocíamos a una chica, siempre había alguno que le decía aquello de que yo era el guapo, y aunque seguramente hasta entonces no se había fijado en mí (no soy muy distinto al resto de mis amigos), desde ese momento pasaba a ser su objetivo de conquista. Las hermanas de mis amigos bajaban la mirada cuando entraba en sus casas, y sus madres me hablaban más a mí que al resto, cosa que tampoco es que me hiciera mucha gracia, salvo alguna excepción.

Han pasado más de diez años y creo que ha llegado el momento de reconocer que mi fama es tan inmerecida como lo fue la del pene de Fermín. Estas cosas no se pueden alargar, porque uno se acaba creyendo sus propias mentiras.

Mi status de guapo se lo debo a un saludo que hice a principios de aquel verano. Un día que, buscando un baño dentro del edificio del club, me encontré a unos cuantos compañeros del colegio y me preguntaron con sorna que qué coño hacía yo allí. Entonces rompí un silencio de varios segundos al grito de: ¡Lediakhov!

Por ese club de Barcelona se ejercitaba aquel ex jugador del Sporting de Gijón, ahora fofo, más triste que de costumbre, pero igual de rubio. En términos futbolísticos diré que el bueno de Lediakhov me había brindado un pase de la muerte que rematé de forma certera, salvándome así de las preguntas indiscretas de aquellos imbéciles de mi colegio.

Se me acercó, y su cara de bobalicón se iluminó. Me agitó mi fina mano varias veces al tiempo que me hacía saber que le parecía increíble que un crío de 14 años y de Barcelona supiese quien era él. Detrás suyo escuchaba y me observaba, con una mirada azul, su hija, una preciosa rusa de más o menos mi edad, la misma rubia que me aplaudiría durante todo aquel verano, quien sabe si para agradecerme aquel saludo que le alegró el día a su padre.

Gorka Ellakuría

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

 

 

 

 

 

Habitación con vistas

La habitación está mal decorada pero limpia. Joan Antoni descorre la cortina y la vuelve a correr. Con suerte su mujer no mirará las vistas y se ahorrará una nueva discusión. Lo cierto es que ella tenía razón, en aquellas fechas y en Santiago iba a ser difícil encontrar una habitación de hotel. Apenas la escuchó; sus  advertencias se habían convertido en rutinarias, habían perdido toda la fuerza que una advertencia requiere para que se considere como tal.

Unas semanas después llegó la gran bronca. No la voy a describir. Quizá les sirva recordar las discusiones entre sus padres o sus abuelos; mejor dicho, imagínense a ella abroncándole a él durante una larga media hora, por no mencionar los comentarios sobre el mismo tema que se cuelan en las siguientes conversaciones hasta dios sabe cuándo. La pareja se tuvo que conformar con aquella habitación a tres kilómetros de Santiago. Por si fuera poco, el hotel estaba junto a las vías del tren. Esto último me lo iba a guardar, pero ya que he empezado, lo cuento todo.

-Pues el baño no está nada mal, dijo ella al poco de llegar.

Entonces oyeron esa tremenda explosión. Miraron por la ventana y él le dijo que iría a la calle a ver qué había pasado; la mujer esperó en la habitación obedientemente. Joan Antoni bajó las escaleras a toda prisa- le parecieron más seguras que el ascensor, después de lo ocurrido- y a medida que se acercaba a la planta baja era más consciente que aquel tren descarrilado, que habían visto desde su habitación, estaría repleto de muertos.  Una vez fuera, y sin saber a dónde ir, se dejó llevar por los vecinos de la zona que, sin mediar palabra, lo cogieron del brazo y lo condujeron a las vías.

Al día siguiente estaban de vuelta en Girona o Barcelona -aunque parezca un narrador omnisciente hay cosas que se me escapan-. Algunos amigos y familiares se instalaron en su salón para que la pareja les explicara lo ocurrido. Habían visto a Joan Antoni sosteniendo a un herido en una fotografía que se publicó en muchos diarios. Él estaba en shock y se explicó de forma vaga, en apenas dos frases. Su mujer tampoco estaba para recibir invitados.

Pero lo cierto es que casi nada de esto pasó. Ni Joan Antoni estuvo allí, ni ayudó a los heridos, ni tuvo que aguantar la macabra curiosidad de sus conocidos. Lo que sí hizo fue dibujar una viñeta en la que se veía una vía retorcida junto a un toro de Osborne y un letrero que decía: Marca España.

Supongamos que lo que he contado hubiese ocurrido-y sé que es mucho suponer- el viñetista Joan Antoni hubiese seguido con sus ideales políticos, sus filias y sus fobias-como todos tenemos-, pero seguro que ni se le hubiese pasado por la cabeza esa indecente viñeta que salió en la web del Punt Avui (29 de julio) y que posteriormente tuvieron que retirar. Esa falta de humanidad se habría aplacado con un hecho traumático. Para solventar otros defectillos del dibujante (como su toque racista que demostró en su viñeta de unos días antes de la del tren y que ilustra el texto), para eso tendría que inventar otra historia, pero el calor aprieta y el personaje no merece tanta atención.

>>Gorka Ellakuría

Viñeta de Joan antoni Poch, publicada el 25 de julio de 2013 en el Punt Avui

Viñeta de Joan antoni Poch, publicada el 25 de julio de 2013 en el Punt Avui.

Un libro al día

Ochenta albóndigas de un tirón. Yo he visto comer eso a un chaval que apenas medía 1’50. Dudo que hayas visto algo parecido. Ni que jamás estuvieras en clase de sociales pendiente de la ventana por los diez minutos que un tonto como Riki juró que estaría colgado del alfeizar, a veinte metros del suelo. No quiero ser impertinente, pero sigo pensando que es imposible que conocieras a alguien como él. Podría decirte que era un loco, pero entonces simplificaría demasiado las cosas. Hablo en pasado porque a estas alturas dudo que esté vivo. Si lo está, es un milagro. Aunque ahora que pienso, de los tres años que fue compañero nuestro, siempre nos pareció que todo lo que hacía estaba rodeado de un aura milagrosa.

Aún recuerdo el día que llegó por primera vez a la escuela y cómo alguno de los chicos se rio de su acento. Por aquel entonces lo de la inmigración no era tan habitual como ahora, y que viniese un peruano a nuestro colegio de la zona alta de Barcelona era algo digno de contar el domingo, durante la comida familiar. Las burlas se acabaron cuando el nuevo lanzó su primer “reto”, como él los llamaba. Ahora no recuerdo cuál era, pero debía ser una burrada tan grande que ninguno de nosotros se atrevió a hacerlo. Él sí, por supuesto. Formaba parte de su particular regla de los retos: si lo proponías, lo tenías que hacer. En tres meses ya era el líder de la clase. Se enfrentó a todos los gallitos retándoles a que hicieran algo, y como no se atrevían, los bajaba al terreno de los no-guays. Tengo que recordarte que guay era una palabra que utilizábamos por entonces, lo digo por si lo has olvidado.

Saltar de un árbol altísimo a otro, matar una paloma con las manos, lanzarle desde la ventana un brick de zumo de melocotón (lleno, claro) al policía que dirigía el trafico frente al colegio, volverlo a intentar varios días hasta acertar en aquella cabezota con sombrero; todas aquellas cosas y muchas más las había hecho Riki. Se sentía obligado. “Un reto es un reto”, decía con solemnidad.

Nada le frenaba, así que se convirtió en el líder del colegio en apenas un año. Ni siquiera los mayores se atrevieron a aceptar uno de sus retos, precisamente porque, aunque fuéramos unos niñatos, sabíamos perfectamente que él no era como nosotros, él no tenía límite. Todos admirábamos a ese pirado que había cruzado el Atlántico para venir a nuestro colegio de barrio. Arturo, en cambio, pasaba. Era el empollón de clase y todo lo que no fuera estudiar parecía no existir para él. Fue entonces cuando Riki lanzó el último de sus retos. “Arturo, te reto a leer un libro al día durante un año”, le dijo con tanta formalidad como si le entregara un mensaje real. El empollón, ni contestó, pero la apuesta ya estaba echada.

Cuando estaba en la universidad me encontré con Alba, una amiga del colegio que era vecina de Riki. Me contó que en realidad no le habían expulsado. Aquello había sido un invento de la directora para que no supiéramos la verdad. A Riki lo ingresaron en San Boi, en un centro para locos, con un cristal en el pasillo que les impedía (a él y al resto de dementes) escaparse y con enfermeras que cuidaban de su medicación. Aquello ocurrió unos meses más tarde de que el peruano empezara a cumplir el reto de leer un libro al día. Al poco ya no hablábamos con él. Utilizaba unas palabras que nos parecían rarísimas a nosotros que apenas teníamos 12 años. En el patio se concentraba por acabar el libro que tenía entre manos. Recuerdo una de las extrañas palabras que empezó a utilizar. “Perorata” y no la he olvidado porque me la dijo a mí y porque la busqué en el diccionario mientras dábamos clase de matemáticas.

Alba también me dijo que la madre de Riki le había contado a la suya que de vez en cuando alguien se acercaba al psiquiátrico y dejaba un libro junto a una de las puertas de cristal. Al otro lado, Riki se desgañitaba y se daba golpes contra el cristal blindado, quién sabe si por cumplir con la apuesta o porque se había vuelto loco del todo. Alba dijo “alguien” y no pude creer que fuera tan ilusa. Era increíble que no hubiese caído que el cabrón que le dejaba los libros no podía ser otro que Arturo, “el matriculas”. >>Gorka Ellakuría

un libro al día

Los peligros de un Leonard Cohen feo

Un día me dí cuenta de que me seguía un tipo y me metí en una casa de quinielas. Bueno, la verdad es que no me seguían a mí, fue a un amigo, pero éste me lo contó. Prefiero explicarlo tal y como fue. Yo ya tengo bastante con lo mío, porque la verdad es que no es muy creíble la historia, y uno ya tiene el San Benito de inventarse cosas.

El caso es que hay dos, uno parece que sigue al otro y el perseguido se mete en la tienda de loterías esperando dar esquinazo al que le persigue. Hace la quiniela y la sella; ya puestos. En la calle, apoyado en un coche, un señor de unos 60 años parece esperar a alguien, con el coxis hacia delante, a lo torero, y las manos en los bolsillos. Aquel era el que le estaba tocando las pelotas a mi amigo. Una especie de Leonard Cohen pero en feo. O eso me contó mi amigo, pero con lo poco que sabe de música, vete a saber si no se refería a Johnny Cash o alguno por el estilo, porque tenerle miedo a Leonard Cohen es de cobardón que no veas- eso no se lo dije, claro-. Estamos en que el Cohen feo seguía con lo suyo, a metro y medio de mi amigo, girando cuando el giraba, acelerando el paso cuando éste lo hacía y parándose a mirar los mismos escaparates en los que se detenía mi amigo.

¡Ah!, lo olvidaba, mi colega se llama Bruno, o se llamaba. Antes de conocerle pensaba que todos los que se llamaban Bruno eran tipos duros a los que les gustaba mandar, machos alfa vamos, pero te juro que si lo hubieras conocido habrías pensado que este tío no se podía llamar Bruno. Alguno de mis antiguos profes habrían dicho ahora aquello de la excepción que confirma la regla, pero no lo voy a decir yo, porque es una frase que siempre he pensado que debería ir acompañada de una buena hostia. Lo mismo me pasa con muchas otras, como con macho alfa.

Sigo, que me pierdo. A todo esto, Bruno no tenía suficientes agallas para girarse y preguntarle al Cohen feo o Cash feo que qué coño quería, así que se le ocurrió empezar a seguir a otro tío. Un pardillo, según me dijo. Hace gracia cuando un pardillo como Bruno habla de otros como él como si no fuera con él la cosa. Eran tres y al poco rato ya eran 10 y aquello parecía que no tenía fin. Cuando Bruno me escribió aquel What’s Up eterno eran unos 30 borregos sin rumbo alguno. El mensaje era para explicarme todo y para avisarme de que no saliera a la calle. En breve serían un gusano humano tan grande como la Diagonal de Barcelona. Tenía miedo de que me captaran a mí también. Menudo imbécil, pensé, ¡a mí me van a pillar! Luego me pareció todo tan raro que creí que era una mentira, pero no me cuadraba, el que se inventaba cosas era yo. Lo cierto es que de esto hace 10 días y no sé nada de él. Aún le tengo que contestar su What’s up. Quizá mañana. >>Gorka Ellakuría

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Sit Down

“Sit Down”– dijo con voz grave aquel negro inmenso y las dos señoras obedecieron descendiendo lentamente hasta quedar en cuclillas. Ahora sus caras estaban a la altura de los dos mastines. Les habían advertido que Nueva York era una ciudad muy peligrosa. Que debían ir con cuidado con los negros porque eran implacables con los blancos y también con los veteranos del Vietnam, que arrastraban su locura por la gran manzana fruto de los empachos de guerra y drogas. Que vigilaran con los tipos con gabardina que aguardaban en las esquinas para mostrarles sus encantos y, sobre todo, que estuvieran alerta en el metro con los locos que vivían obsesionados con lanzar a la vía al resto de usuarios, como si desearan eliminar a los demás con la finalidad de viajar solos. Por último, que no se dejaran engañar por las buenas formas de los hippies, ni confiaran de los que hablaban castellano.

Uyyy, esos son los peores- les dijo su amiga Carmeta mientras les advertía, en uno de los mejores cafés de l’Eixample barcelonés. Ella había estado varias veces y sus dos amigas, una viuda y la otra harta de su marido, habían acordado ir hasta allí, porque no les faltaba dinero, porque querían ver los escenarios de las películas de Hollywood y, sobre todo, por la aventura. Necesitaban de algún peligro que les hiciera sentir vivas. Las historias de su amiga, contadas con la malicia de una niña que disfruta asustando a los demás, no habían hecho más que acrecentar sus ganas de ir hasta allí.

Pero de todas las amenazas contadas e imaginadas, jamás se les pasó por la cabeza que debían ir con cuidado en los ascensores del hotel. ¿Quién iba a pensar que justo allí, bajando de la planta 22 al hall de entrada del Hilton, les iba a asaltar un negro con dos perros? No querían aventura, pues ya la tenían, y sin salir a la calle.

Cuando las dos burguesas del viejo continente miraron fijamente a los ojos de esos dos perros, sonó una risotada tan grave como el sonido de una tuba. El negro les hizo un gesto para que se incorporaran y comprendieron que lo de “sit down” iba dirigido a sus perros, no a ellas. Durante la brevísima bajada, aquel tipo no dejó de reír. Una vez abajo, con un gesto cortés dejó salir primero a las señoras y se despidió de ellas aún emborrachado de humor y con lágrimas en los ojos.

Ocho días después, ya de vuelta en Barcelona, invitaron a su amiga Carmeta a comer. Fueron a un buen restaurante porque en el viaje habían gastado mucho menos de lo previsto. No solo no les habían robado, sino que las siete noches en el Hilton les salieron gratis.

Lo supieron al marcharse. Cuando fueron a pagar, un conserje del hotel les entregó una tarjeta con algo escrito en inglés que no lograron entender. Un empleado mexicano les ayudó a descifrar la nota. Al parecer, aquel negro corría con todos los gastos, porque según había dejado escrito, no se había reído tanto en años. Su firma iba acompañada de un 23.

Ya de vuelta, al explicarle la historia a sus hijos y mostrarles la tarjeta, supieron que aquel tipo, a quién tanta gracia habían hecho como para pagarles siete noches en el Hilton, era Michel Jordan, el mejor jugador de baloncesto de la historia.

>>Gorka Ellakuría

La Barcelona que conoció a Bolaño

La vida de Roberto Bolaño (1953-2003) tuvo distintos escenarios. Santiago de Chile, México D.F., Girona, Blanes, y durante tres años, también Barcelona. «En aquel tiempo yo tenía veinte años y estaba loco. Había perdido un país pero había ganado un sueño», escribió el autor chileno en Perros Románticos, uno de sus poemas sobre su etapa en la capital catalana. Llegó en 1977, cuando para muchos jóvenes sudamericanos Barcelona había sustituido a París como destino soñado. Todo era más barato que en la capital francesa, el idioma era el mismo y llegaban a una España que dejaba atrás una dictadura militar, mientras que en países como Chile, Argentina o Uruguay no habían hecho más que empezar.

Bolaño, en la terraza del bar Universitari de Barcelona

El Bolaño de Barcelona tuvo un gran vínculo con el barrio del Raval. Durante su primer año en España vivió en el número 45 de la calle Tallers, en la cuarta planta de un antiguo convento. Su piso apenas tenía 25 metros cuadrados y el baño lo compartía con el resto de vecinos de rellano. Tenía dos ventanas que daban a otro bloque de pisos idéntico, separado por un camino adoquinado con la amplitud idónea para que en un pasado, aún más lejano, pudieran entrar los carruajes. «Su casa era muy humilde. No sé cómo podía vivir allí», explica Martín Fernández, vecino por aquel entonces de Bolaño. Recuerda que el escritor, que entonces tenía 24 años, fumaba tabaco constantemente, aunque reconoce que no tuvo gran relación con él: «Era serio. A veces saludaba y otras no». En aquella época aún no había portero automático y la verja que separaba el pasaje del antiguo convento y la calle Tallers permanecía cerrada. Era un impedimento que quienes lo iban a visitar a salvaban gritando: «¡Roberto!», para que éste bajara.

Entonces, el joven de mirada miope y pelo alborotado, se encontraba con alguno de sus amigos: el escritor barcelonés A. G. Porta, los poetas Bruno Montané y Xavier Sabater, Álvaro Montané o Inma Marcos, entre otros. Se reunían en los futbolines que había en Tallers 39. Allí hablaban sobre poesía, jugaban al futbolín, o echaban una peseta en el millón del local —en la mayoría de sitios costaba cinco pesetas. Eran los últimos 70 y a muchos sitios ya habían llegado los juegos de «marcianitos». Sus amigos recuerdan que ése era el juego preferido del joven Bolaño. Frente a los futbolines estaba, y sigue estando, el bar Cèntric. Un local de estilo modernista que hace meses que no abre la persiana. Según cuenta un vecino, el negocio lo han traspasado y los nuevos dueños pretenden hacer una cervecería de época. Aquél era uno de los sitios donde se podía ver al chileno tomando un café, en las ocasiones en que se podía permitir tomar algo.

El que apenas ha cambiado es el café Parisienne, también en Tallers. En aquel lugar había una gramola con la que el grupo de amigos obligaba al resto de clientes a escuchar algo de Jimmy Hendrix o de The Alan Parsons Project. Aunque la verdadera debilidad musical de Bolaño era Patty Smith. Años después, cuando el escritor hacía siete años que había fallecido y ya se había convertido en un fenómeno literario en los EE.UU, la cantante de Chicago se declaró admiradora de las obras del chileno. «Leer a Bolaño ha sido una revelación para mí», confesó Smith en 2010.

Amigos de su época de Barcelona recuerdan que el autor de Los detectives salvajes solía dar largos paseos por las calles de la ciudad. Lo hacía cuando su obsesión por escribir o cuando los múltiples y precarios trabajos que ejerció le dejaban algo de tiempo libre. Por el camino se paraba en la antigua Bodega de la calle Fortuny, en el Estudiantil de la plaza Universitat o iba a las sesiones doble del cine Cèntric, que estaba en la calle Peu de la Creu, donde ahora está la sede de una conocida editorial. 
Más tarde se trasladaría a vivir con su hermana, su madre y la pareja de ésta, a un edificio de estilo modernista situado en Gran Vía 399, próximo a la plaza España. Entonces le salió un trabajo de vigilante en el camping La Estrella de Mar, y tuvo que desplazarse a diario hasta Castelldefels.

En 1980 se fue a vivir a Girona y no volvió a instalarse en la capital catalana. Se marchó habiendo escrito ya una primera versión de su novela Amberes, donde habla de una ciudad condal en la que: «Los polis están cansados, hay escasez de gasolina y miles de jóvenes desempleados dando vueltas por Barcelona».

A pesar del poco tiempo que Bolaño vivió en Barcelona, la ciudad se hizo un hueco en su mundo literario. Las novelas y poemas del chileno cuentan con numerosas referencias a la época en que vivía en la calle Tallers o en la Gran Vía. Barcelona es un elemento más del «universo Bolaño»: aquél en que la ficción se mezcla con los lugares y personas que pasaron por la vida del escritor. >>Gorka Ellakuría

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El cuarto Cardhu

Con un Habano en la mano y sin saber como fumarlo, veíamos como la novia se acercaba a las mesas a saludar. Algún amigo nos hacía creer que sí sabía y nos explicaba como se debía prender el puro o de qué forma teníamos que aspirar el humo de aquel cigarro cuyo olor todavía asocio a la vejez. Niños jugando a ser mayores con edad de ser adultos. La imagen de la hermana de nuestros amigos vestida de blanco nos evidenciaba lo que nos resistimos a aceptar.

En los años en los que aún no iba de boda fui un experto esquivando a los hermanos mayores de mis amigos por miedo a ser juzgado por alguien unos años más experimentado. Ahora empleo la misma táctica para no encontrarme con estos mismos paseando a un bebe, que sin culpa alguna, sería el responsable del vértigo existencial que sufriría durante unos días.

Tanto yo como mis amigos, después de un chute tan fuerte y prolongado de dura realidad, salimos disparados hacía la barra libre. Bailando y bebiendo como animales, nos sentíamos capaces de restregar nuestra juventud al resto. Queríamos infundir a todo aquel que mirara el mismo vértigo que el hijo de un amigo nos producía a nosotros. Pero por más que bailáramos, por más bebiéramos, no lográbamos diferenciarnos de los demás. Nos sentíamos como ciclistas mediocres que atacan en un puerto de montaña al líder y éste los alcanza poco después y sin esfuerzo. Miraras donde miraras un hombre, con edad de estar jubilado, bailaba, bebía y hacía reír al resto más que nosotros.

Entonces algunos nos sentamos en las mesas. Junto a mí había un octogenario con un whisky en la mano. Me dijo que era su cuarto Cardhu y que lo tomaba sin hielo porque eso era “desgraciarlo”. Escondí mi copa. Si el hielo le parecía un pecado imagínate el sermón que me podía caer si se enteraba de que además lo mezclaba con Coca-Cola. Luego me di cuenta de que yo no le importaba nada, tan sólo era la excusa para decir lo que quería y que no le acusaran de hablar sólo. Al poco rato empezó a hablar de mujeres , insistiendo en la suerte que teníamos los jóvenes de ahora pudiendo besarlas sin antes pasar por el altar. Repitió el argumento varias veces pero al final en vez de “besarlas” decía “hacerles el amor”. Luego se ruborizó, se quitó las gafas y me pidió disculpas, porque según él, estaba “desbarrando”. Le dije que no pasaba nada. Estuvimos en silencio. Él miraba a las mujeres bailar y yo le miraba a él. Nos separaba una vida, y aún así, no éramos tan distintos.

>Gorka Ellakuría 

Barcelona no quiere más turistas

Iryna, una turista rusa de 22 años, colgó cinco fotos en Instagram de su viaje a Barcelona. De esta forma sus conocidos pudieron saber de su paseo por el Barrio Gótico y de su visita a la Sagrada Familia y al Aquarium. En otra de las fotos la joven aparece posando en el Parque Güell, junto a dos pilares gaudinianos con los jardines de fondo. Hasta aquí nada extraño. La quinta instantánea es de una pared de cemento armado que poco tiene que ver con el genial arquitecto catalán, pero que se encuentra en los aledaños del lugar. En ese muro hay una pintada que reza: Tourist go home (turista vete a casa). La visitante moscovita publicó la fotografía junto a la siguiente frase escrita en ruso: “Barcelona hospitalaria”.

Tourist Go Home

Lo que podría ser una anécdota se ha convertido en una de las imágenes que Barcelona está transmitiendo al mundo. La de una ciudad que no quiere más turistas, que está saturada de tanta gente de paso. Una de las pruebas de que el mensaje se ha recibido en el exterior son los numerosos artículos hablando sobre las pintadas que han venido apareciendo en la prensa extranjera desde 2014. Varios medios anglosajones como The Guardian, Bloomberg o Reuters ya se han hecho eco del descontento de parte de los ciudadanos de la ciudad ante el incremento constante de turistas.

La redes sociales están llenas de imágenes tomadas en la ciudad. Instantáneas de paredes, escaleras mecánicas, buzones de correos, bancos del parque… un sinfín de fotografías que esconden mensajes contra el turista, la mayoría de las veces en inglés. El caso más flagrante quizá sea el de una factura compartida por un turista inglés. La captura nos muestra la cuenta de un bar del barrio de Vallcarca (junto al Parque Güell). Aunque parezca difícil de creer, el ticket también esconde una frase contra el visitante extranjero. “35, 70 euros. Mesa 10. Gracias por su visita. Gaudí hates you (Gaudí os odia)”.

Gaudíhatesyou

UN TURISMO EN CONSTANTE AUMENTO

El atractivo de la capital catalana parece no haber encontrado techo. Según datos de la oficina de turismo de Barcelona, en el año 1990 (dos años antes de las Olimpiadas) hubo 1.732.000 turistas que pasaron más de un día en la ciudad. Diez años después, en el 2000, casi se duplicó esa cifra alcanzando algo más de tres millones de visitas. Las cifras del último registro son de 2014 y nos revelan un aumento espectacular en el número de turistas: casi ocho millones de visitantes pernoctaron en la ciudad. En la actualidad, Barcelona es la cuarta ciudad europea preferida por el viajero internacional, por detrás solamente de Londres, París y Roma.

“Es un error señalar al turista como el culpable cuando los responsables están en el sector privado”, comenta el portavoz de la Asamblea de Barrios por un Turismo Sostenible (ABTS), que prefiere no revelar su identidad. “No es nuestra línea de actuación”, añade. La ABTS es una de las agrupaciones que han abanderado las protestas contra lo que consideran un turismo excesivo que está desvirtuando la esencia de la ciudad. Aunque reconoce: “cargando contra el turista logramos captar la atención mediática, de otra forma no se nos escucha”. El portavoz de esta asociación asegura no tener conocimiento de quién está detrás de las mencionadas pintadas y afirma que la organización no tiene vinculación con BComú (partido de Ada Colau) ni con cualquier otro partido político.

“La extrema izquierda se ha apropiado del discurso contra el turismo”, asegura Paco Sierra, portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Barcelona. “En las recientes manifestaciones okupas se pudieron ver lemas de este tipo. Es una actitud alentada por la CUP y BComú”.

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El presunto hacker de TV3 se sienta en el banquillo

Este jueves se inicia en Barcelona el juicio contra Gustavo Cerdà, el trabajador de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA) acusado de obtener de forma ilícita y revelar los salarios de más de 2.000 empleados de TV3 y de Catalunya Ràdio. La Fiscalía solicita siete años de prisión para este ingeniero de telecomunicaciones de 36 años que, cuatro años después de los hechos, sigue manteniendo que es inocente y que se le ha utilizado como cabeza de turco.

Desde que fue detenido durante 48 horas en 2013, el acusado se encuentra hundido psicológicamente, anclado en esos dos días en que los Mossos de Esquadra lo tuvieron retenido. “Fue una detención muy conflictiva. Lo arrestaron a las nueve de la mañana, registraron su casa y TV3, y hasta la tarde nadie le informó de sus derechos” afirma Carlos S. Almeida, abogado del acusado. Una vez puesto en libertad, Cerdà acudió a urgencias médicas, afectado por un shock postraumático del que asegura no haberse recuperado.

La fiscalía solicita siete años por los delitos de obtención y revelación de secretos. En el escrito de acusación el fiscal sostiene que fue Cerdà, valiéndose de sus conocimientos de informática, quien entró de forma anónima y remota en el correo electrónico del director de la CCMA, Brauli Duart, donde encontró el mensaje que contenía los datos salariales que posteriormente difundiría. Pero el fiscal aporta pruebas que demuestran que también se hackeó el correo de Eugeni Sallent, director de TV3. “Cerdà no tenía la capacidad técnica ni ninguna motivación que justificara poner en peligro su empleo para revelar esa información” asegura Almeida, al tiempo que niega que el informático tuviera relación con algún partido político.

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El independentismo pincha en su protesta contra Fernández Díaz

A cuatro días para que se celebren elecciones generales, parece que ni siquiera las filtraciones de las conversaciones entre el entonces Ministro del Interior (ahora en funciones) Jorge Fernández Díaz y Daniel de Alfonso, director de la Oficina Antifraude de Catalunya, han logrado despertar a un independentismo catalán que apenas ha sido protagonista durante la campaña electoral.

Las tres principales organizaciones independentistas de Catalunya han logrado movilizar a poco más de mil personas en un acto de protesta que se ha celebrado frente a la delegación de gobierno en Barcelona para pedir “un nuevo país libre de corrupción de Estado”.

“Hay cuatro gatos”, le comenta en castellano Roser de la Osa (48 años) a un participante al que conoce mientras en su mano sujeta una estelada todavía por desplegar. No esconde su decepción ante la escasa participación cuando se le pregunta, aunque lo excusa: “aquí en Catalunya trabajamos hasta las ocho” (la manifestación se ha convocado a las siete y media).

“España es una tierra amiga” apunta Roser. Con familia en Murcia y voluntaria de la ANC (una de las asociaciones organizadoras). “Estoy enfadada y decepcionada. No entiendo como en España siguen votando al Partido Popular”. Pero tampoco se fía de Podemos: “Aunque ganen no aceptarán un referéndum. El de la coleta ha demostrado que sus líneas rojas son de color salmón”.

El acto ha empezado con la lectura de un manifiesto. “El estado español trata a los catalanes como ciudadanos de segunda”. “No garantizan ninguno de los derechos básicos”. Pocas referencias al asunto Fernández Díaz- De Alfonso, más allá de un cantico pidiendo la dimisión.

La gente se saluda, muchos parecen conocerse de actos independentistas como el de la tarde. La delegación está en el centro de Barcelona pero muy pocas personas se suman al acto ya empezado. Un hombre ataviado con una capa de superman y una barretina vende camisetas con lemas independentistas. A su lado unos jóvenes miran el acto desde la distancia, atentos a las intervenciones mientras beben cerveza.

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Iglesias apuesta en Barcelona por un referéndum de independencia para Cataluña

En su segunda parada electoral, Pablo Iglesias ha despejado pronto la incógnita de su postura frente a los anhelos soberanistas. El líder de Unidos Podemos ha reconocido en Barcelona que la formación que él lidera está por la labor de brindarle un referéndum de autodeterminación a Catalunya. Las varias miles de personas que se han acercado para arropar a Iglesias han celebrado tímidamente esa declaración de intenciones. En cambio, se han mostrado mucho más efusivos cuando las consignas iban dirigidas contra el Partido Popular (PP) o contra Albert Rivera, que han provocado el “Sí, se puede” general.

Ahora Podemos buscó un lugar con simbología para su acto en Catalunya. Con el Arco del Triunfo como telón de fondo, situado en el Paseo Lluís Companys. A la cita han acudido grupos de jubilados de pueblos cercanos a Catalunya ataviados con sombreros de paja con la marca de Podemos, camisetas lilas y banderas republicanas. También se han acercado muchos padres con hijos adolescentes, pese a la amenaza del sol de junio, en esta ocasión amortiguado por unas nubes que han regalado bastantes momentos de sombra. Y como viene siendo habitual desde que naciera Podemos, muchos universitarios, la mayoría luciendo camisetas con mensaje, del tipo: “Yo voté a Pablo”.

Ada Colau ha arrancado el acto, muy cómoda en su rol de alcaldesa y marcando terreno. “Siempre me hacen hablar la última y ahora me apetece hablar la primera”, ha apuntado. Ella ha sido la que ha mencionado por primera vez la necesidad de un referéndum para Catalunya y ha inaugurado dos términos que se repitieron en todos los discursos: fraternidad y pueblos. Pero la incógnita ha empezado a sobrevolar en el multitudinario ambiente tras las intervenciones de Íñigo Errejón y de Alberto Garzón. Ninguno ha mencionado el tema catalán. Solo los miembros de En Comú Podem habían insistido en el referéndum para Catalunya. Dos horas después de iniciarse el mitin ha tomado la palabra Pablo Iglesias en una intervención de apenas diez minutos. Errejón y Garzón le habían guardado la exclusiva al líder, pues fue Iglesias el que finalmente ha reconocido apostar por el derecho de los catalanes a votar su continuidad en España: “Queremos un referéndum en Catalunya y que los catalanes decidan su futuro”. Y ha añadido: “Aspiro a ser el presidente que escucha a Catalunya, que le reconoce sus derechos y que tiende puestos que otros volaron”.

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