El opio del pueblo

>Gorka Ellakuría

Es habitual que algunos intelectuales, pseudo-intelectuales o aquellos deseosos de ser considerados personas cultas comulguen con una posición ideológica determinada para reforzar su imagen ante el resto (que antiguamente estos mismo denominaban “el vulgo”). A medida que pasa el  tiempo estas cantinelas van cambiando, pero no son difíciles de detectar para cualquiera que sea un poco “puta”(como decimos en Cataluña).

Aunque la idea haya sido creada por otro, los tipos de los que hablamos la acostumbran a emitir como si fuera de cosecha propia, nacida del genial raciocinio de uno, que por algo es una persona leída. La última moda es volver a pregonar que el fútbol es el opio del pueblo. Ya sea en una barra de bar, en una tertulia política de televisión, en twitter, o en la comida familiar de turno, alguno verá la oportunidad de quedar más inteligente, más sensato que el resto, y tirara de mensaje rancio y manido creyéndose culto y progre. Tanto esfuerzo para llegar a ser, a ojos del resto, lo que un día Butragueño dijo que era Florentino: Un ser superior.

Me pregunto por qué consideran opio al fútbol y no también a: la moda, la política, el cine, la familia, las tragaperras, la poesía, el alcohol, el sexo, la filosofía, los diarios, el trabajo, el propio opio y demás drogas, los coach, los hijos, los sueños, la religión, la bolsa, la televisión, la comida, los coches; los iphone, ipod, ipad y no sé cuantos más, los viajes, la literatura, el gimnasio, internet, el bricolaje, la ropa, las mascotas, y un largo etcétera que nos permiten olvidar, aunque a algunos les duela, que desde que nacemos tenemos activada una cuenta atrás(por decirlo finamente).

El colmo es recriminar a los felices seguidores de la selección española (o griega) que celebren las alegrías que les llegan de la Eurocopa. Algunos incluso parecen deseosos de reprocharnos tal falta de inconsciencia, a poder ser desde un púlpito, sin dejar de recordarnos lo mucho que deberíamos llorar y lamentar, porque no hay futuro para nosotros más allá del duro y nada remunerado trabajo. Demasiado feudal para el siglo XXI.

Como dijo Kurt Cobain: “Es mejor quemarse que apagarse lentamente”. Disfrutemos de lo que podamos.

#Gracias Sara

>Gorka Ellakuría

Desde el inicio de la Eurocopa se empezaron a suceder mensajes en Twitter mofándose de las intervenciones de la periodista Sara Carbonero, encargada de cubrir los partidos a pie de campo para Telecinco. La mayoría de estos tweets (#graciasara) ingeniosos, pero que por cantidad, ha convertido la broma inicial en un movimiento de ensañamiento cruel e irrespetuoso contra la joven periodista. Algunos compañeros de profesión como Ramón Trecet ya han salido en su defensa y ha dicho que estos mensajes son de un sexismo repugnante.  

Seamos justos. Es cierto que sus aportaciones a pie de campo no son brillantes, pero tampoco lo son la de muchos otros periodistas que cubren los partidos para televisión. Para informar de qué  jugadores están calentando o de las reacciones de los entrenadores no hace falta ser un aspirante al Pulitzer o un experto del fútbol.

De nuevo aparece la envidia de muchos frente al éxito de unos pocos. Algo, que por desgracia, es muy habitual en nuestro país. Dicen que está por su “cara bonita”. Y si es cierto, ¿qué importa? Todo el mundo está donde está por alguna razón. Porque vale, porque vende (como Sara Carbonero) o por enchufe, pero siempre hay alguna razón.

La libertad que nos concede la red no debería servir para lapidar públicamente la carrera de nadie, y menos la de una chica que sólo tiene 28 años y no hace tanto que empezó en esto del periodismo.

España no es una avioneta

>Gorka Ellakuría

Átense los cinturones y agárrense fuerte porque el avión está en caída libre y las turbulencias no nos dejan remontar el vuelo. Según nos cuentan, “los bancos”, aquellos tipos que en el hangar se encargan de subministrar la gasolina, no han llenado del todo el depósito y el combustible no es de la pureza necesaria para tan largo viaje. Nada nuevo. Esto ocurre desde hace años, pero los motores se han resentido y no pueden más. Por si fuera poco, nos faltan piezas que al parecer, han sido robadas. El aterrizaje es inevitable. Los pasajeros están asustados y  muchos llevan meses, incluso años viviendo al límite. Los más pesimistas dicen que lo que se suponía el 10º avión más potente del mundo es en realidad una avioneta(“una pandereta”, dicen). El piloto habla poco y no parece mucho más hábil que el anterior. Desde las centralitas de los distintos países envían mensajes poco alentadores. Entre ellos está el Financial Times o The Economist, que hace poco más de 4 años mostraban su admiración al imponente avión español. “El milagro español” decían, en cambio ahora no confían en que lleguemos a pista. Éramos el toro y ahora somos la siesta. O Moody’s que en 2010 hizo un informe donde calificaba la banca española como la tercera más solvente de Europa, sólo por detrás de las de Finlandia y Francia. Que no cunda el pánico. Parece que nos reponen en pleno vuelo 100.000 litros de gasolina para poder llegar hasta un aeropuerto. Un combustible que nos saldrá caro a cada uno de los pasajeros pero que parece imprescindible para llegar hasta la pista más cercana. La incertidumbre es insoportable. Un recuerdo difícil de olvidar para los pasajeros(47 millones, para ser exactos). Hagan lo que hagan, vivan donde vivan, siempre tendrán tras de sí la sombra de estos meses, como una  amenaza que en cualquier momento puede reaparecer. Se debe perseguir a los responsables de todo esto. A los que nos timaron con la gasolina, a los que robaron piezas durante años, y también a los que lo permitieron o a aquellos que tratarán de evitar la investigación de lo sucedido. Las victimas no superan el duelo si no sienten que los culpables están pagando por el daño causado. Pero no hemos de olvidar lo más importante: aún hemos de aterrizar. Que los pilotos y ex-pilotos se dejen de peleas y acusaciones para coger los mandos. Que el ánimo de los pasajeros no decaiga y no se dejen tentar por el pesimismo y la crítica fácil y maniquea. Como indican las instrucciones de vuelo, en situaciones críticas lo mejor es mantener la calma. De peores nos hemos librado. Pero aterrizemos primero, no vaya a ser que entre tanta discusión, nos estampemos(mejor dicho, nos ostiemos) y sólo podamos construir una avioneta de los restos de este avión. Como decían en una serie americana:  “Clear eyes, full hearts, can´t lose!”.

Mi vecino y amigo

En la calle donde vivo no hay árboles. No es que sea muy larga, sólo hay unos 60 números, pero no hay ni un solo árbol. Lo curioso es que en mi calle hay de todo. Hay dos papelerías, “la Dorita y la Boston”. Hay un locutorio, dos peluquerías, una pollería y una empresa de ventanas que no hace mucho era una tienda de videojuegos, donde nos reuníamos los niños de los colegios de la zona a jugar al Street Fighter o al Mario Bros. Hay una autoescuela que antes fue una discoteca de “skinheads”. Hay una pizzería de dueños españoles y dos panaderías, un edificio de empresas abandonado y un local de intercambio de parejas. Antes había dos, pero el otro cerró. También tenemos un estanco que durante un tiempo fue de la madre de una compañera del colegio y dos supermercados. Hay una escuela de música, una ferretería de toda la vida, una rampa vertiginosa que lleva a un mecánico especialista en coches antiguos y dos bares de barrio, de los de menú a ocho euros. Pero por mucho que te fijes no verás ni un árbol.

Antes vivía en la calle de al lado, que estaba repleta de árboles y había una finca abandonada con un gran jardín donde crecía la vegetación de forma descontrolada y donde convivían vagabundos y gatos. Recuerdo que íbamos a una papelería que ya no exíste con mi vecino y gran amigo, que falleció hace poco, a comprar cromos o a mirar los cómics de Son Goku. El tipo del kiosko, del que ya no sé nada, era alto, flaco y serio, y tenía un bigote que le tapaba gran parte de la cara. Se llamaba Modest y siempre le decía a todo el mundo que lo que él quería era tener una librería. Aunque era pequeño, me daba cuenta de que conmigo no era tan antipático. Le tenía un gran aprecio a mi hermano por aquello de que era un “niño que leía”, y debía pensar que yo era igual. Aún guardo una caja de lápices Caran d’Ache (de los caros, vaya) que me regaló al hacer la comunión.

También recuerdo que a la salida del colegio mi madre me solía llevar a merendar una ensaimada tostada a la Granja Catalana, cuando aún no era moderna y tenía dos entradas. Me encantaba sentarme en la barra y ver como los niños se apelotonaban en la puerta que daba a una especie de despensa de chucherías y helados donde los propios camareros del café vendían “escalofríos” o “popeyes” a esos “niños bien” llenos de dinero para gastar.

Me acuerdo del parking donde mi padre tenía su moto. Por entonces me mareaba el olor a gasolina y no solía entrar, pero cuando lo hacía, corría para llegar a la moto antes que mi hermano y sentarme delante de aquella Norton con la que ambos soñábamos ser los nuevos Sito Pons. O el colmado al que iba con mi vecino, los dos sólos como chicos mayores, y comprábamos chucherías que muchas veces ni pagábamos porque nos las regalaban; o perdíamos las horas en la tienda de videojuegos, que por cierto se llamaba Game Over, donde había muchas teles con consolas y que por 25 pesetas podías jugar y discutir durante media hora.

Cuando paseo por estas calles, que aún siento muy mías aunque hayan cambiado tanto, no puedo evitar pensar en aquella época. Cuando vivía en la calle con árboles y todos los comerciantes me saludaban mientras iba al colegio con mi canguro, una andaluza dulce y mayor llamada Marina que me decía: “ A quién madruga Dios le ayuda”. Un corto paseo hasta el colegio que se me hacía eterno y  durante el cual esperaba encontrarme a mi vecino y amigo, que además iba a mi clase, para hablar de cualquier tontería que por entonces seguro nos parecía muy importante. >>Gorka Ellakuría

El compromiso del canterano

Gorka Ellakuría

La traición más dolorosa es la que proviene de tu propia familia. Como el mismísimo Padrino podría afirmar, es en estos casos cuando se debe actuar rápido y desprenderse del  lastre, no vaya a ser que influya en el resto. Para el Espanyol, el núcleo familiar son sus aficionados y los jugadores de la cantera. La negativa de renovar de Javi Márquez y Álvaro es un desplante con sabor a traición. Los pericos sabemos asumir cualquier marcha, pero nos trastorna cuando se trata de un canterano. Es un club que al encontrarse con constantes contrariedades ha hecho una selección natural de sus aficionados (al igual que la de los animales salvajes) y se ha ido formando sólo de los seguidores más fieles. En el Espanyol no hay espacio para la indiferencia: o se está con nosotros o se está contra nosotros. Reconozco que a mí también me dolió la actitud de Márquez y la posición adoptada por Álvaro. Pero pasada la decepción inicial, creo imprescindible desprenderse de ambos, aunque sea a precio de saldo. No nos podemos permitir una actitud así en nuestros jugadores, y menos de los que han salido de la cantera. Aquellos que se han criado vistiendo nuestros colores, que han sido cuidados por el club y que en cuanto han debutado con el primer equipo han recibido el aplauso y el ánimo de una de las aficiones que más se entrega con sus jugadores (especialmente si son de la cantera). Tanto los queremos que pensamos que son estrellas en potencia y muchas veces, cuando salen del club, se demuestra que no es así. Un canterano ha de querer al club, sentirlo como parte de él. El resto de cualidades son un extra, pero no un requisito. Si hemos de subir jugadores del plantel comprometidos pero con menos calidad, hagámoslo. Desconozco si la gestión del club está llevándose como debería. Imagino que no. Ya son muchos renuncios seguidos: Marqués, Osvaldo y ahora Márquez y Álvaro. Pero si es así, y si tanto quieren al club, tendrían que alzar la voz y denunciar aquello que se está haciendo mal. Eso es estar comprometido. Muchos criticaron a Tamudo por no hacer declaraciones. Decían que no merecía el brazalete de capitán por entender que no estaba implicado. Imagino que ya no recuerdan las lágrimas del 23 en su viaje a Glasgow, cuando iba a fichar por el Rangers. Eso es compromiso y no el de ir pregonando lo mucho que se quiere al Espanyol, besar el escudo tras un gol y después querer marcharse a la segunda temporada. Quizá Márquez con aquella buena media temporada suya o Álvaro con sus cinco goles en liga piensen que el equipo blanquiazul les queda pequeño. Yo pienso lo contrario. Ahora, y viendo como han actuado, el Espanyol les queda demasiado grande. Tanto, que ya no tienen espacio aquí. 

Javi Márquez, en la temporada 2010-2011

El rey Smith

>;Gorka Ellakuría

The Cure son una banda capaz de hacerle replantear a cualquiera eso de tener un grupo (Wilco, sin ir más lejos). Los de Robert Smith tocaron durante más de dos horas; y digo tocaron porque no encuentro otro verbo, pero aún así, creo que se queda corto. La gente estaba emocionada, excitada, en trance. The Cure ha sido la banda sonora de la adolescencia de varias generaciones y una vez los enganchó les ha acompañado toda la vida. No es para menos la excitación. Robert Smith lo sabe y con esa voz tierna y angelical, que no ha perdido pese a sus 53 años, se esforzó en repasar sus grandes éxitos y tocó muchas de las canciones del último disco.

Después la nada. El listón quedó tan alto que muchos decidieron marcharse a casa. Los que se fueron se perdieron a M83. Los franceses son una de las niñas bonitas de la crítica. La verdad es que después del concierto muchos entendieron el porqué. Su pop electrónico obliga a mover las piernas, a saltar, a perder la vergüenza. Los críticos, esos tipos sin corazón y movidos en ocasiones por intereses ocultos, a veces tienen razón. En este caso, 83 razones.

The Cure Primavera Sound 2012