Lance, esto es América

En lo más profundo de la cultura yanki, en la raíz misma del patriotismo de barras y estrellas permanece el recuerdo de los primeros colonizadores. Aquellos granjeros con pistola que Hollywood mitificó y que a diario ponían en juego sus vidas para mantener el ganado, el negocio o aquello tan antiguo y que antes era tan valioso denominado honor. Ciudades llenas de rateros, prostitutas, altivos holandeses – eso no ha cambiado- e irlandeses que llevaban años alimentándose de patata y whisky. Un tiempo en que se mitificaba a ciertos personajes- normalmente los más perversos-, se escribían novelas sobre sus hazañas y los cuentos populares los tomaban como protagonistas. Era una sociedad nueva, un país a estrenar que necesitaba tener sus propias leyendas. La gloria duraba unos años. Al venerado héroe le esperaba una caída sin red. Sin la malla de las manos de aquellos que parecían venerarle y que se suponía que estarían allí eternamente.

Qué se lo digan a Lance Armstrong, el chico bonito de América. Superviviente de un cáncer, siete veces campeón del Tour, marido de una countrygirl, y con una cara de tejano que ni el mismo John Wayne. Un tipo que no se inmutaba subiendo los puertos de montaña más duros de Francia, mientras a sus colegas de profesión se les desfiguraba la cara intentando seguir a aquel rubio que bailaba sobre la bicicleta. Ligero como Mohamed Ali– otra victima de la aún adolescente y puritana Norteamérica-. La lista de destronados es larga y en ella están algunos de los más brillantes “hijos de América”. En un repaso rápido y poco exhaustivo me viene a la mente: Tiger Woods, Michael Jackson, Bill Clinton, Elvis Presley, Marilyn Monroe, Scott Fitzgerald, y el mismo Ali. El puritanismo y la envidia son implacables.

A Amstrong le van a retirar los siete tours que ganó de forma magistral por, según cuentan, haberse dopado. Entre los chivatos está Hincapie, un ciclista que asegura haber tomado “sustancias prohibidas” junto al tejano y obligado por él, pero que nunca pasó de ciclista segundón. Quizá sea el motivo por el que éste y otros ex–compañeros de Armstrong hayan decido ahora, después de casi 10 años, revelar que eran unos tramposos y que el cabecilla de la gran farsa era el tejano. Un tiro a quemarropa y por la espalda, que como la leyenda cuenta, fue el fin de otro mito llamado Jesse James.

Dopado o no, Armstrong dio un recital de ciclismo y de lucha. Fue el mejor  de una generación de oro. La de los Ullrich, Beloki, Heras, Vinokurov, “el Chava” Giménez y el final del gran Pantani. La mayoría de ellos manchados por eso que llaman “dopaje” y  que, curiosamente, tanto interesa a los menos aficionados a este deporte.

La supremacía de Armstrong– porque fue eso- era odiosa para los que soñábamos con un nuevo Indurain y que por momentos pensamos que el relevo estaba en manos de Beloki, Heras o Mayo. Aún más irritante era la adulación de los medios y de las marcas deportivas , que exprimían su pasado de enfermo y su presente de triunfador hasta la última gota. A la cabeza, Nike, que se hizo de oro con el ciclista americano y que le sirvió para colocar su marca en un deporte en el que nunca había encontrado su espacio. La multinacional afincada en Oregón (Portland) y la fundación “Livestrong”, que tanto dinero ha recaudado para los enfermos de cáncer sirviéndose de la imagen de Armstrong, le han dado la espalda como aquellos malos amigos que desaparecen en cuanto las cosas se ponen feas.

A cada desplante estilo judas, a cada acusación contra el corredor, el mito de Armstrong se hace más grande. Lo quiera él o no, ya forma parte de la nómina de poetas malditos. Aquellos que comprasteis la pulserita amarilla y paseabais con ella sin haber visto nunca una etapa de ciclismo, aquellos que estáis pensando en tirarla porque el americano os “ha fallado”; os equivocáis, ahora es cuando deberías lucir con mas orgullo la cinta de goma que puso de moda un paleto que decidió luchar contra su destino de caravana y paternidad adolescente. >>Gorka Ellakuría

A la derecha le gusta jugar

La crisis tiene dos manos, y ya hace tiempo que aprieta el cuello de los españoles y el aire empieza a escasear. Son las manos del ministro de finanzas alemán agarrando el pescuezo de De Guindos. O las de Artur Mas moviéndose al tiempo que anuncia que en “este momento histórico” lo que toca es remar para conseguir el ansiado Estado propio. La respuesta del PP inmediata y de chiste. Las manos también de Wert , Cospedal o Mayor Oreja arrojando gasolina al fuego catalán.  

Ahora, cuando estamos asfixiados y con pocas fuerzas como para pensar, Oriol Pujol, el de las ITV, el hijo del que en treinta años no quiso o no se le ocurrió que la solución era dejar España, recuerda los relatos de aquella pesadilla llamada franquismo para defender la “necesidad” de emanciparse de nuestros rancios vecinos. Juego de manos. Mientras tanto al PP se le hace la boca agua con la oportunidad que le brindan sus socios -habituales- de Convergència. Ahora lo que importa es qué hacemos con “el problema catalán” mientras nos despedimos de las discusiones sobre el futuro del estado del bienestar, el desplome de la economía española o de aquel pesado seguimiento televisivo de la prima de riesgo.

El juego del olvido también ha surtido efecto aquí. El brillo de Itaca ha borrado del imaginario catalán los polémicos recortes del ahora mesiánico Artur Mas, que hace unos meses tanto polvo levantó o aquel cuento que ya pocos recuerdan titulado “Cas Palau” (Millet, Montull y la sede de CIU embargada por el juez).

Juegos de derechas mientras la izquierda ni las ve venir. Miopes en un partido de tenis. Un juego inofensivo al fin y al cabo. Ni a Convergència le preocupa tanto ser independiente, ni a España (excepto por el tema económico) le quita el sueño, como antes, esta posibilidad. Mientras la tasa de paro no deja de crecer, los jóvenes emigran a otros países en busca de trabajo, los centros sociales se quedan sin recursos y los jubilados mantienen con su exigua pensión al resto de la familia. Entiendan que algunos no estemos para juegos. >>Gorka Ellakuría

El cuarto Cardhu

Con un Habano en la mano y sin saber como fumarlo, veíamos como la novia se acercaba a las mesas a saludar. Algún amigo nos hacía creer que sí sabía y nos explicaba como se debía prender el puro o de qué forma teníamos que aspirar el humo de aquel cigarro cuyo olor todavía asocio a la vejez. Niños jugando a ser mayores con edad de ser adultos. La imagen de la hermana de nuestros amigos vestida de blanco nos evidenciaba lo que nos resistimos a aceptar.

En los años en los que aún no iba de boda fui un experto esquivando a los hermanos mayores de mis amigos por miedo a ser juzgado por alguien unos años más experimentado. Ahora empleo la misma táctica para no encontrarme con estos mismos paseando a un bebe, que sin culpa alguna, sería el responsable del vértigo existencial que sufriría durante unos días.

Tanto yo como mis amigos, después de un chute tan fuerte y prolongado de dura realidad, salimos disparados hacía la barra libre. Bailando y bebiendo como animales, nos sentíamos capaces de restregar nuestra juventud al resto. Queríamos infundir a todo aquel que mirara el mismo vértigo que el hijo de un amigo nos producía a nosotros. Pero por más que bailáramos, por más bebiéramos, no lográbamos diferenciarnos de los demás. Nos sentíamos como ciclistas mediocres que atacan en un puerto de montaña al líder y éste los alcanza poco después y sin esfuerzo. Miraras donde miraras un hombre, con edad de estar jubilado, bailaba, bebía y hacía reír al resto más que nosotros.

Entonces algunos nos sentamos en las mesas. Junto a mí había un octogenario con un whisky en la mano. Me dijo que era su cuarto Cardhu y que lo tomaba sin hielo porque eso era “desgraciarlo”. Escondí mi copa. Si el hielo le parecía un pecado imagínate el sermón que me podía caer si se enteraba de que además lo mezclaba con Coca-Cola. Luego me di cuenta de que yo no le importaba nada, tan sólo era la excusa para decir lo que quería y que no le acusaran de hablar sólo. Al poco rato empezó a hablar de mujeres , insistiendo en la suerte que teníamos los jóvenes de ahora pudiendo besarlas sin antes pasar por el altar. Repitió el argumento varias veces pero al final en vez de “besarlas” decía “hacerles el amor”. Luego se ruborizó, se quitó las gafas y me pidió disculpas, porque según él, estaba “desbarrando”. Le dije que no pasaba nada. Estuvimos en silencio. Él miraba a las mujeres bailar y yo le miraba a él. Nos separaba una vida, y aún así, no éramos tan distintos.

>Gorka Ellakuría