El cuarto Cardhu

Con un Habano en la mano y sin saber como fumarlo, veíamos como la novia se acercaba a las mesas a saludar. Algún amigo nos hacía creer que sí sabía y nos explicaba como se debía prender el puro o de qué forma teníamos que aspirar el humo de aquel cigarro cuyo olor todavía asocio a la vejez. Niños jugando a ser mayores con edad de ser adultos. La imagen de la hermana de nuestros amigos vestida de blanco nos evidenciaba lo que nos resistimos a aceptar.

En los años en los que aún no iba de boda fui un experto esquivando a los hermanos mayores de mis amigos por miedo a ser juzgado por alguien unos años más experimentado. Ahora empleo la misma táctica para no encontrarme con estos mismos paseando a un bebe, que sin culpa alguna, sería el responsable del vértigo existencial que sufriría durante unos días.

Tanto yo como mis amigos, después de un chute tan fuerte y prolongado de dura realidad, salimos disparados hacía la barra libre. Bailando y bebiendo como animales, nos sentíamos capaces de restregar nuestra juventud al resto. Queríamos infundir a todo aquel que mirara el mismo vértigo que el hijo de un amigo nos producía a nosotros. Pero por más que bailáramos, por más bebiéramos, no lográbamos diferenciarnos de los demás. Nos sentíamos como ciclistas mediocres que atacan en un puerto de montaña al líder y éste los alcanza poco después y sin esfuerzo. Miraras donde miraras un hombre, con edad de estar jubilado, bailaba, bebía y hacía reír al resto más que nosotros.

Entonces algunos nos sentamos en las mesas. Junto a mí había un octogenario con un whisky en la mano. Me dijo que era su cuarto Cardhu y que lo tomaba sin hielo porque eso era “desgraciarlo”. Escondí mi copa. Si el hielo le parecía un pecado imagínate el sermón que me podía caer si se enteraba de que además lo mezclaba con Coca-Cola. Luego me di cuenta de que yo no le importaba nada, tan sólo era la excusa para decir lo que quería y que no le acusaran de hablar sólo. Al poco rato empezó a hablar de mujeres , insistiendo en la suerte que teníamos los jóvenes de ahora pudiendo besarlas sin antes pasar por el altar. Repitió el argumento varias veces pero al final en vez de “besarlas” decía “hacerles el amor”. Luego se ruborizó, se quitó las gafas y me pidió disculpas, porque según él, estaba “desbarrando”. Le dije que no pasaba nada. Estuvimos en silencio. Él miraba a las mujeres bailar y yo le miraba a él. Nos separaba una vida, y aún así, no éramos tan distintos.

>Gorka Ellakuría 

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