2012: Seguimos siendo domingueros

-¿Cuánto ganas al año con tus novelas del Oeste?

– Mil.

-Antes de impuestos. Yo gano treinta mil netas. Es la moda. En estos tiempos nadie piensa en los seres humanos, hombre. Si no lo hacen los gobiernos, ¿por qué vamos a hacerlo nosotros? Hablan del pueblo y del proletariado, y yo hablo de primos. Es lo mismo. Ellos tienen planes quinquenales y yo también.

-Antes eras católico.

-Y sigo creyendo, hombre. En Dios, en la misericordia y en todo eso. No daño el alma de nadie con lo que estoy haciendo. Los muertos están más felices muertos. No se pierden mucho aquí, pobres diablos- añadió con aquel extraño toque de auténtica piedad cuando la barquilla llegaba a las plataformas y los rostros de los condenados a ser víctimas, los rostros domingueros y cansados que buscaban diversión, les miraban fijamente-. Podrías entrar en el negocio, ¿sabes? Sería útil. 

Extracto de “El tercer hombre” de GRAHAM GREENE.Escrita el año 1950

parque de tracciones antiguo

 

Sit Down

“Sit Down”– dijo con voz grave aquel negro inmenso y las dos señoras obedecieron descendiendo lentamente hasta quedar en cuclillas. Ahora sus caras estaban a la altura de los dos mastines. Les habían advertido que Nueva York era una ciudad muy peligrosa. Que debían ir con cuidado con los negros porque eran implacables con los blancos y también con los veteranos del Vietnam, que arrastraban su locura por la gran manzana fruto de los empachos de guerra y drogas. Que vigilaran con los tipos con gabardina que aguardaban en las esquinas para mostrarles sus encantos y, sobre todo, que estuvieran alerta en el metro con los locos que vivían obsesionados con lanzar a la vía al resto de usuarios, como si desearan eliminar a los demás con la finalidad de viajar solos. Por último, que no se dejaran engañar por las buenas formas de los hippies, ni confiaran de los que hablaban castellano.

Uyyy, esos son los peores- les dijo su amiga Carmeta mientras les advertía, en uno de los mejores cafés de l’Eixample barcelonés. Ella había estado varias veces y sus dos amigas, una viuda y la otra harta de su marido, habían acordado ir hasta allí, porque no les faltaba dinero, porque querían ver los escenarios de las películas de Hollywood y, sobre todo, por la aventura. Necesitaban de algún peligro que les hiciera sentir vivas. Las historias de su amiga, contadas con la malicia de una niña que disfruta asustando a los demás, no habían hecho más que acrecentar sus ganas de ir hasta allí.

Pero de todas las amenazas contadas e imaginadas, jamás se les pasó por la cabeza que debían ir con cuidado en los ascensores del hotel. ¿Quién iba a pensar que justo allí, bajando de la planta 22 al hall de entrada del Hilton, les iba a asaltar un negro con dos perros? No querían aventura, pues ya la tenían, y sin salir a la calle.

Cuando las dos burguesas del viejo continente miraron fijamente a los ojos de esos dos perros, sonó una risotada tan grave como el sonido de una tuba. El negro les hizo un gesto para que se incorporaran y comprendieron que lo de “sit down” iba dirigido a sus perros, no a ellas. Durante la brevísima bajada, aquel tipo no dejó de reír. Una vez abajo, con un gesto cortés dejó salir primero a las señoras y se despidió de ellas aún emborrachado de humor y con lágrimas en los ojos.

Ocho días después, ya de vuelta en Barcelona, invitaron a su amiga Carmeta a comer. Fueron a un buen restaurante porque en el viaje habían gastado mucho menos de lo previsto. No solo no les habían robado, sino que las siete noches en el Hilton les salieron gratis.

Lo supieron al marcharse. Cuando fueron a pagar, un conserje del hotel les entregó una tarjeta con algo escrito en inglés que no lograron entender. Un empleado mexicano les ayudó a descifrar la nota. Al parecer, aquel negro corría con todos los gastos, porque según había dejado escrito, no se había reído tanto en años. Su firma iba acompañada de un 23.

Ya de vuelta, al explicarle la historia a sus hijos y mostrarles la tarjeta, supieron que aquel tipo, a quién tanta gracia habían hecho como para pagarles siete noches en el Hilton, era Michel Jordan, el mejor jugador de baloncesto de la historia.

>>Gorka Ellakuría

Un robo a la italiana

Me vuelve a frenar el semáforo de todos los días. 17 segundos y pasa a verde. Es de noche y mi vieja moto rompe el silencio de las calles vacías. Desde mi casa hasta aquí no he visto a nadie. No hay padres dando vueltas a recién nacidos que se niegan a dormir, ni parejas aprovechando la oscuridad para magrearse en cualquier portal, ni siquiera está el vecino NiNi que siempre pasea un buldog tan feo que parece de una raza aún por descubrir. El silencio le concede un momento de gloria a mi scooter. Se pavonea haciendo traquetear el motor como si fuera una Harley. Lo cierto es que se está apunto de calarse pero ella lo disimula muy bien. Dignidad japonesa, imagino. Entonces un brazo me rodea y me tira del cuello hacia atrás. Cuando trato de acelerar tengo otro tipo a mi lado que me empuja y me hace caer al suelo. Lo hago con estilo, como cuando cornean a José Tomás. Levanto la moto y ante la imposibilidad de escapar afronto el peligro, tan inconsciente como el de Galapagar. Saco la llave y me la guardo en el bolsillo. Aún no he visto a los tipos pero oigo como uno grita:

-“Esta moto no es tuya moto, esta moto no es tuya …”

No siento miedo. Me viene a la mente el viejo truco con el que nos daban el palo a los chicos de los colegios bien, a la salida de clase. A veces nos seguían unos cuantos quinquis de nuestra edad- nosotros les llamábamos pelaos- y nos preguntaban si conocíamos a un tal Luís o a un tal Jordi, el nombre era lo de menos, lo importante era que fuera común. Cuando uno de nosotros se paraba pecando de esa inocencia conservada por una vida cómoda, los lazarillos modernos lo rodeaban como hienas y antes de que pudiéramos darnos cuenta ya le habían robado lo poco que tenía para la merienda, y si se ponía tonto, incluso se llevaba de regalo la primera ostia de su vida. A mi nunca me robaron. Me incomodaban, pero no sentía el miedo que les producía a alguno de mis compañeros. Lo bueno de tener un hermano mayor es que te acostumbras a recibir de lo lindo, hasta que le coges el gustillo a eso de dar y encajar.

Mientras recuerdo otras épocas, me saco el casco, y al tiempo que les repito lo cobardes que son, lo levanto a modo de amenaza. Los chicos son de mi edad, como veis, desde que soy pequeño me andan jodiendo los de mi generación. Uno es fuerte y tiene cara de mala leche, pero a su compañero, de aspecto surfero, le sale el miedo por los ojos. Cuando estamos en ese impasse en el que unos y otros esperan a ver quien abre la veda del primer golpe, y corriendo el riesgo de que aquello se alargara demasiado y cayéramos en el más absoluto de los ridículos- como pasa en casi todas las discusiones que he visto en mi vida- una señora, a unos 50 metros de distancia, comienza a gritar en nuestra dirección, de la forma que sólo había visto antes hacer a las actrices italianas de los cincuenta.

-“Desgraciado. ¡Mi moto, mi moto!”, me dice esa cuarentona a la que le acompaña una fuerte fragancia a whisky del malo.

Mientras, siguiendo con su actuación, llora y me golpea en el pecho con el puño cerrado. Toda la historia de que me habían intentado robar se me cae como un castillo de naipes hecho por un aficionado con demasiada imaginación. Me siento absurdo convenciendo a esa señora de que aquella vieja scooter es mía. Los chicos permanecen inmoviles, convertidos en meros espectadores. Tras repetir los argumentos varias veces la señora entra en razón.

En cuanto a los chicos, qué decir. Ella les brindó la oportunidad de ser héroes por un día. Entiendo que actuaran así. Yo hice lo mismo jugándome el tipo por una moto con más años que yo y que a duras penas me lleva.

 >>Gorka Ellakuría @gorkanov

También publicado en: http://www.culturamas.es/blog/2012/12/03/un-robo-a-la-italiana/

niños malos 2