El hechizo gitano

Nunca antes había bailado. Los que me conocéis podéis dar fe de ello. Incluso alguno puede salir con que le robe a su chica mientras él bailaba. Eso ya no lo puedo negar. Sé que suena extraño que un tío que no baila aparezca dos días después con la misma ropa diciendo que vuelve de bailar, pero debéis creerme. No fui yo, fueron ellos. Yo sólo entré a por cocacolas en un pub inglés.

En realidad hacía tiempo que aquel sitio había dejado de ser un pub inglés. Me di cuenta cuando ya estaba dentro. Las paredes estaban pintadas con unos dibujos a lo Mortadelo y Filemón, pero en cutre. En la entrada había una mesa larga-tipo banquete- con un grupo que parecía salido de una peli española de los 70. Se reían y conversaban hasta que me vieron entrar y, todos, como si lo tuvieran ensayado, hicieron un gran gesto de desaprovación. Cada uno a su estilo, claro. Me acerqué a la barra y un albano kosovar con un chándal adidas de los que llevan los ultras ingleses me dijo que fuera a la barra de dentro que allí no servían nada. Sus palabras sonaron a amenaza de muerte, de esas que no se repiten una segunda vez. Crucé aquel local, la pista de baile y sus pantallazas planas con la cara de Paz Padilla dando la matraca hasta que llegué a la segunda barra. Aquello era distinto, dos borrachines de bar, que en fin de año aún parecen más melancólicos, me observaban esperando a que cometiera algún error de bebedor novel, para hacérmelo saber.

–Dos cocacolas para llevar, dije, y ambos se miraron como diciéndose: “menudo marica”.

El camarero me dio las dos latas y al levantar el brazo le vi una gran marca amarilla de sudor que recorría su costado. Me fui cagando leches odiando a mis colegas que les había dado ultimamente por aquel esnobismo de beber el whisky sólo con hielos. 

Al seguir mis pasos me encontré la sala de baile abarrotada. Pasé sin mirar pero una mano me cogió y me arrastró al centro de la pista. Aquella gente hablaba un idioma muy extraño y tenían cabras, niños que bailan como mayores y viejos con sonrisas infantiles, con puros, bastones y acordeones. Solo faltaba Kosturica, que si estaba, no lo vi. Me hablaban y yo sonreía como un imbécil. Les debía hacer gracia el chico que había ido a por cocacolas. Lo entiendo, a mí también me haría gracia. Me haría mucha gracia, y si llego a estar con amigos quizá también me hubiera reído de él durante dos días. Porque hoy es el segundo día del año y no he dejado de bailar. La culpa fue de esos gitanos, lo juro. Sus ritmos y sus risas me debieron hechizar. No se qué han hecho conmigo, sólo recuerdo bailar, como si no existiera vida o muerte, imitando a ese crío que sentía la música como si hubiera vivido mucho más que yo.

Gorka Ellakuría

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