Latas de plaza

-Un euro amigo, me dijo el latero de la plaza.
Mi amigo de verdad hacía rato que me esperaba en un banco y ya tenía su cerveza en la mano. Llegué tarde adrede. Él hizo ver que no le molestaba, adrede también. Bebí la cerveza como si nada pero empecé a imaginar en qué sitios habría estado antes de ser morreada por mí. Cuentan historias, ¿sabes?, y no creérselas es tan insensato como tragarse a pies juntillas todo lo que dicen por ahí. No quiero ser desagradable, pero lo menos repulsivo que puede haber pasado es que estuvieran apiladas en un zulo lleno de ratas y de cucarachas, o que el pobre vendedor se las guardara en el culo temiendo que algún policía se las pudiera requisar.
La plaza estaba sucia y los niños corrían molestando a adultos que no eran sus padres. Yo miraba como un niño chutaba un balón con intención de dar a las parejitas de los bancos mientras esperaba a que mi amigo se dignara a hablar.
-Sabes que aquello es una entrada a un refugio anti aereo, dijo tras unos minutos de duelo silencioso.
-Claro tío, lo sabe cualquiera.
Pero en realidad no lo sabía. Sentí vergüenza y me juré que me convertiría en un experto de ese refugio de la Guerra Civil que ahora mismo no recuerdo como se llama.

>>Gorka Ellakuría

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