El día que conocí a Lediakhov

En un verano en el que aún no perseguíamos a las chicas, y mi amigo I todavía estaba vivo, empezamos a colarnos en un club deportivo de la zona pija de Barcelona. Resultaba muy fácil saltar la verja y no teníamos que discutir con nadie por una portería.

Las niñas del club, con sus largas melenas y finas figuras, nos miraban jugar al fútbol mientras tomaban el sol. Nosotros intentábamos capturar una imagen de esos cuerpos casi desnudos, de reojo, para que no se notara; deseándolas y odiándolas de la misma forma, sin saber muy bien si les gustábamos o nos despreciaban. Recuerdo marcar un gol y ver a una rubia aplaudir con fuerza mientras me sonreía. Fue la primera vez que me sonrió una chica, de esa forma, claro.

Desde entonces mi obsesión fue el gol. Me enfadaba cuando no me la pasaban y me chupaba todas las jugadas (así llamábamos entonces a no pasar el balón. Pecar de individualista, vamos). Cada tanto mío, por malo que fuera, era ovacionado por aquella preciosa chica, que al parecer, tanto me admiraba. Sus palmas resonaban por todo el club, en un lugar donde lo normal era el silencio.

Aquel mes de julio me convertí, por primera vez, en el pichichi de mis amigos y probablemente en el jugador más joven en contar con una fan tan incondicional. Mis colegas se burlaban, decían que estaba enamorado y que esa niña no tenía ni idea de fútbol, porque de lo contrario no me aplaudiría precisamente a mí.

Desde aquel verano, ya lejano, se sentó una máxima en el grupo de amigos que aún hoy perdura: si había un guapo entre nosotros, ese era yo. Diez años después, nadie duda de ello. Siempre he pensado que tuve un golpe de suerte como el de Fermín, al que para hacerle rabiar le pusimos el mote de Fermín-galarga, y la broma acabó por alzarlo hasta el olimpo de los sementales. Incluso en el curso de mi hermano mayor hablaban del pene legendario de Fermín, y no sólo los chicos.

Aquel éxito me reportó una fama, que como he dicho, me ha acompañado desde entonces. Cuando conocíamos a una chica, siempre había alguno que le decía aquello de que yo era el guapo, y aunque seguramente hasta entonces no se había fijado en mí (no soy muy distinto al resto de mis amigos), desde ese momento pasaba a ser su objetivo de conquista. Las hermanas de mis amigos bajaban la mirada cuando entraba en sus casas, y sus madres me hablaban más a mí que al resto, cosa que tampoco es que me hiciera mucha gracia, salvo alguna excepción.

Han pasado más de diez años y creo que ha llegado el momento de reconocer que mi fama es tan inmerecida como lo fue la del pene de Fermín. Estas cosas no se pueden alargar, porque uno se acaba creyendo sus propias mentiras.

Mi status de guapo se lo debo a un saludo que hice a principios de aquel verano. Un día que, buscando un baño dentro del edificio del club, me encontré a unos cuantos compañeros del colegio y me preguntaron con sorna que qué coño hacía yo allí. Entonces rompí un silencio de varios segundos al grito de: ¡Lediakhov!

Por ese club de Barcelona se ejercitaba aquel ex jugador del Sporting de Gijón, ahora fofo, más triste que de costumbre, pero igual de rubio. En términos futbolísticos diré que el bueno de Lediakhov me había brindado un pase de la muerte que rematé de forma certera, salvándome así de las preguntas indiscretas de aquellos imbéciles de mi colegio.

Se me acercó, y su cara de bobalicón se iluminó. Me agitó mi fina mano varias veces al tiempo que me hacía saber que le parecía increíble que un crío de 14 años y de Barcelona supiese quien era él. Detrás suyo escuchaba y me observaba, con una mirada azul, su hija, una preciosa rusa de más o menos mi edad, la misma rubia que me aplaudiría durante todo aquel verano, quien sabe si para agradecerme aquel saludo que le alegró el día a su padre.

Gorka Ellakuría

 

 

 

 

 

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