Con los puños en la masa

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Estuvo a punto de competir en las olimpiadas de Atlanta 1996, pero un accidente lo apartó del boxeo y del sueño olímpico. Derrotado, Fabián Martín supo reinventarse hasta convertirse en campeón del mundo de pizzas. Hoy tiene cuatro restaurantes y planea abrir un negocio en Nueva York. 

Habla del futuro con cautela. Se niega a bajar los brazos, como si se cubriera la cara ante un poderoso contrincante invisible. Fabián Martín, campeón del mundo de pizzas, exboxeador profesional y famoso restaurador barcelonés asegura que casi todo en la vida le ha llegado por casualidad. “Ni celebré mucho los premios, por si acaso”, cuenta él mismo.  El miedo a lo que vendrá está presente en la mirada de un hombre que ha conocido los caprichosos giros del destino. Su cara apenas revela su pasado de púgil, más allá de una nariz hundida a lo De Niro y un pequeño hoyo en el pómulo que sólo aparece cuando el cocinero sonríe. Sus manos son menos fieles y le delatan, pues cuando habla las mueve como solo lo haría un boxeador.

Acostumbrado a perder contra la mala suerte, el 3 de marzo de 2007, Fabián logró noquear a la sombra que no le dejaba triunfar. Aquel día se proclama campeón del mundo de pizzas. La victoria de su vida la cuenta en directo el mismísimo Matías Prats en el informativo de la noche de Antena 3, en un conexión con Nueva York que abrió el telediario. El ganador habla entonces a cámara con ese acento suyo entre almeriense y francés. El espectador ve a un español convertido en el primer no italiano en ganar este título culinario (ganó también en la modalidad de malabarismo). Lo que desconoce es que están viendo a un tipo al que por primera vez le sonríe la suerte. De ahí a la primera fila mediática. Miles de entrevistas, campañas de publicidad, apariciones en programas de televisión. Hoy, seis años después, cuenta con tres restaurantes en Barcelona y uno en Llívia (Pirineo catalán) y tiene pensado, como proyecto definitivo, abrir una pizzería en Nueva York. Por el camino se embolsó otro campeonato mundial, en 2009 y en Nápoles, la tierra que vio nacer a las pizzas.

Estamos ante el Fabián de hoy. Pero antes hubo otro. Un chico de 26 años que se entrenaba en Madrid con la selección nacional de boxeo. Que estaba preseleccionado para competir en las olimpiadas de Atlanta 1996. Un peso Welter que se había hecho un nombre en Francia y después en España. De la quinta de los Hermanos Trozzo, Charpantier, Castañeda, Guerrero, Faustino Reyes o el Potro de Vallecas.

Publicado en ZOOMNEWS.es

Nebraska, tierra prometida

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Primera escena. Un viejo, que a duras penas se aguanta en pie, camina junto a una carretera hasta que un coche de policía lo detiene. El agente le pregunta que a dónde va y de dónde viene. Dos cuestiones lanzadas sin más, pero que desde la butaca del cine impactan como lo que son: los dos grandes interrogantes de la vida de todo hombre. Así, con ese momento veladamente trascendente, arranca la extraordinaria película Nebraska (2013). Rodada por Alexander Payne (Los descendientes, Entre copas…) y desde el pasado sábado, nuevo largometraje víctima (y ya son centenares) de las injusticias de los premios Oscars. 

Payne, nacido curiosamente en el estado de Nebraska en 1961, se sirve de la carretera como cordón umbilical entre el pasado y el presente de la vida de los protagonistas. De nuevo una historia con tintes existencialistas, lo que es ya una constante en su carrera como director. Es Nebraska el más brillante trabajo de Payne, además de una road movie al uso, grabada en blanco y negro, los colores del asfalto.

La película se mueve tan lento como conduce uno de los protagonistas, pero huye del bostezo gracias a la antológica interpretación de Bruce Dern (1936) de un anciano a medio camino entre la senilidad y el alcoholismo lúcido. La mirada se lleva gran parte del peso interpretativo, por como transmite la obcecación del viejo por recoger ese premio de un millón de dólares, pese a que todo el mundo le advierte de que es un timo. Demasiado tarde, ya se ha convertido en su objetivo vital, aunque uno llega a dudar durante el film si el anciano de pelo alborotado y barba de cinco días también no sabe que aquel billete es publicidad engañosa sin ningún valor. Pero qué importa. Se aferra a ello, es su motivo para seguir viviendo. Así lo dice su propio hijo (Will Forte) que al darse cuenta se siente empujado a acompañar a su anciano padre en ese loco viaje intrageneracional, mano a mano, a lo Paradise y Moriarty. Y de nuevo una duda: ¿Quién de los dos necesita más de ese viaje?  El marchar como redención, como escapatoria de la incomoda realidad, como búsqueda de las raíces. Concepto muy manido pero plasmado de forma acertadísima en esta película de Payne.

Más de 2000 km hasta la fría Nebraska, tierra prometida para el viejo y auténtico faro de este aparentemente inútil viaje. En medio del camino, como las sirenas que amenazan a Ulises, el antiguo pueblo de los padres, Hawthorne. Allí está el origen, los familiares que se convirtieron hace tiempo en desconocidos y los amigos de la infancia que se tornaron en temibles enemigos. Entre tabernas de pueblo, donde los hombre empezaban a beber con apenas 15 años. “Aquí no hay otra cosa que hacer”, como argumenta una antigua novia del padre. Y al fin, el hijo que descubre al padre, lejos de casa y por boca de desconocidos.

Y todo parte de esa pregunta inicial del policía que rompe el silencio del film.  El anciano tras unos segundos responde: “Vengo de allí (señalando atrás) y voy hacía allí (señalando al infinito)”. Ni sabe muy bien de dónde viene ni hacía qué lugar se dirige. Como nos pasa a todos, vamos. 

Gorka Ellakuría

Derby vintage

El derby madrileño fue un extraño espejismo del fútbol de antaño. Cuando se consideraba carga legal a empujones capaces de descalabrar a un toro y las tarjetas amarillas eran el último recurso del colegiado cuando la agresividad rozaba la violencia. En mi memoria, los últimos 80 y primeros 90. Aunque seguramente aquella manera de jugar partía de los orígenes del fútbol (1872), deporte inglés, gestado en las mismas tierras donde antes nació el boxeo (1743) y el rugby (1871). 

Lo que algunos tildan de permisividad arbitral como algo negativo a otros nos causa un autentico gozo. Que el ritmo no pare. Las peleas dentro del área de Costa y Sergio Ramos, la dureza de Pepe y Godín, o el imperialista juego de Xavi Alonso. Todo tan bello. Incluso las tácticas lazarilleras de Pepe y Costa para engañar al arbitro son actos sublimes, sobre todo teniendo en cuenta que saben que hay cien cámaras dando fe de su treta.

El empate fue una victoria para ambos. Para el Madrid porque se mantiene arriba y se sabe el más fuerte. Los atléticos comprobaron que la fe en esa pseudo-religión denominada Cholismo les sirve al menos para empatar contra el equipo más fuerte de Europa,  que no es poca cosa. Aunque después de 14 años sigan sin ganar a los blancos en su casa. Pero ahora el Atlético vuelve a estar entre los grandes, y sus derrotas se producen en las alturas, como las de Di Caprio en los Oscars. Quedaron atrás los añitos en el infierno. Ni siquiera escuece ya el recuerdo inevitable que se viene al ver al Mono Burgos por los banquillos del Calderón. Ejerce ya de abuelo cenizo que se empeña en recordar lo mal que lo pasaron en el pasado, inofensivo al fin.

Lo tiene más crudo el Barça, que ni se encuentra (como el Madrid) ni va sobrado de autoestima (como el Atlético). Los blaugranas siguen perdidos buscando, entre pitidos, el santo grial del “jogo bonito”. Al pobre Martino ya nadie le escucha, por más que les recuerde que aquello que persiguen ya murió, que los tiempos han cambiado y que a los blaugranas sólo les queda reinventarse. 

 Publicado antes en El Cotidiano