Agosto, en Barcelona

Camina un hombre mirando a ambos lados, a ritmo del que quiere ser alcanzado, evidentemente sin rumbo. Trata de disimular que no tiene adonde ir, que lo está decidiendo mientras camina. Sus lentos bandazos sobre el asfalto le delatan. Es lo que hace todo hombre cuando pasea y no tiene a nadie que le espere.

Se trata de un solitario más de mi barrio, en una zona donde son mayoría los que veranean fuera. Aquí, muchos comercios aún se pueden permitir el lujo de bajar la persiana hasta septiembre. Entonces, libres de familias con perrito y de pijos disfrazados de hippies, los hombres solos y su sombra al fin se muestran. Por supuesto, estaban allí desde siempre, pero no se les veía tan fácil como ahora, bajo el sol de agosto.

Los bares que permanecen abiertos están casi vacíos, pero resulta difícil encontrar mesa libre. Reina el silencio en esos sitios donde, por un mes, una sola persona puede ocupar una mesa para cuatro. Los sin familia se sientan a leer sus diarios o miran a los otros, sin que pase nada ni se oiga nada más que la cafetera del bar. En alguna ocasión nace un cruce de palabras entre dos solitarios, aunque la conversación no acostumbra a extenderse más allá de unas cuantas frases. Es en ese preciso momento cuando Barcelona logra asemejarse más al París que yo viví. La fría ciudad francesa llena de tipos que perdían el tiempo consigo mismos, pensando en sus cosas. O de aquellos otros que se deleitaban ante la vida de los demás, mientras pasaban las húmedas tardes de otoño sentados en la terraza de un café, fumando, utilizando el humo como cortina que ocultaba esos ojos que tanto miraban.

El agosto de Barcelona, de mi Barcelona, es el de las viudas y de los alcohólicos. De los chavales que vienen de otros barrios y esperan en la boca de metro para darle el palo a los quinceañeros de la zona; con sus bolsillos llenos y su fobia al dejo cani, propio del parloteo del adolescente de suburbio. Es el mes, también, de los separados y de los eternos solteros que se buscan y se encuentran en los bares oscuros con cortinas en los cristales, donde los gin tonics van a cinco euros. Se apropian de las calles las niñas rebeldes que se niegan a veranear con sus padres. Cuando no pasean regalando miradas, esperan, en sus casas vacías, al novio, que nunca se parece a mí cuando tenía su edad. Es el momento de los viejos, que se han quedado sin casa en la playa, porque van sus hijos con los niños. Son ellos los que ocupan los bancos en sombra, y forman improvisadas reuniones donde discuten sobre muchas cosas pero, sobre todo, hablan sobre sus nietos.

Agosto es el mes del hombre que se lanzó a montar un quiosco cuando los quiosqueros renunciaban al oficio. Que se arruinó en año y medio y se puso de portero en la escalera de enfrente. Con los brazos en jarra, plantado en medio de la calle y  aburrido por la falta de vecinos a los que atender, siente el sol quemar su coronilla mientras mira, desde lo alto de Barcelona, el mar que brilla a lo lejos, como si fuera de papel de plata. 

Gorka Ellakuría

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