Susana

5

Salió a fumar fuera, dejando el abrigo en la silla. El invierno de Madrid le hizo temblar. Encendió un cigarro frunciendo el ceño y apretando los labios, como si algo le doliera. Aquella mueca la arrastraba desde que era adolescente, cuando intentaba parecer interesante. Alguien que lo conociera de toda la vida habría dicho que era la misma mueca de siempre, pero lo cierto es que Carlos ya no pretendía conseguir nada con ese gesto. En la puerta de aquel salón estaba Susana mirando de forma nerviosa su móvil. No se percató de que aquel hombre que había en la puerta era Carlos. Durante unos segundos permanecieron los dos en silencio. Él si la vio y dio una larga calada a su Camel esperando  recobrar las fuerzas para hablar con la chica. Soltó un  “Hola” y puso cara de simpático. La chica lo miró entre ofendida y asustada, como si un extraño le hubiese ofrecido sexo, y entró a toda prisa.

Susana no era de su clase, pero coincidieron en la optativa de latín y una vez hicieron un trabajo juntos porque la profesora Elena los emparejó. Ella ofreció su casa para hacer el trabajo. Dijo, “está más cerca”, aunque en realidad desconocía donde vivía Carlos. En su habitación había pocas cosas pero todo estaba ordenado. El segundo de los dos días su hermana se asomó por la puerta con la carpeta de la universidad y preguntó con malicia si eran novios. Susana enrojeció y no dijo nada. Carlos no se inmutó. Mientras hacían el trabajo notó la pierna de la chica reposar junto a la suya. De vuelta a casa, podía sentir aún el calor de la pierna de Susana en el lateral de su pierna derecha.

Durante un tiempo hablaron en los pasillos del colegio. A ella también le gustaba la música de los 70 y tenían amigos en común de la Sala Abbey Road. Llegó a pensar que estaba enamorada de él y, durante unos meses, Carlos no pudo pensar en ninguna otra. Su corte de pelo a la altura de la mejilla le llegó a obsesionar, y se repetía a sus adentros como decía ella el “-los” de Carlos, haciendo hincapié en la “L”. Lo cierto es que en sus labios su nombre sonaba a algo sexual.

Fue más que nunca a Abbey Road, para ver si coincidían; pero nunca estaba allí, casi siempre se acababa de ir. Aquello duró unas semanas. Con el tiempo volvieron a ser dos semidesconocidos de clases distintas en aquel inmenso colegio de curas. En el último curso coincidieron bastantes veces en salas y bares de Madrid; a veces se saludaban y otras no. Un día Carlos se acercó a hablar con Susana para intentar ligar con la amiga que le acompañaba. Cuando dejaron el colegio, Susana dejó de ir por esos sitios. Carlos se enteró por terceros que se había ido a estudiar a Barcelona y que vivía en casa de su tía. Por como se lo dijeron pensó que la gente creía que estaba colado por ella.

“¿Os acordáis de Ernesto, el profe de gimnasia? Cuando nos hacía aguantar la farola como castigo.” Del salón seguían saliendo las voces de los que cogían el micro, que después de unas copas se animaban a contar sus recuerdos escolares. Carlos no entró, parecía como si se hubiera equivocado de día y la reunión fuera de otro colegio. Si no se hubiese dejado la chaqueta dentro se habría ido a su casa, sin cruzarse de nuevo con ninguno de aquellos antiguos compañeros. Nadie parecía recordarle allí dentro. Un rato antes Carlos se ruborizó varias veces, pues al saludar de forma efusiva a varios hombres que habían sido sus amigos estos reaccionaron de forma extraña. Aún más patético le parecieron los que simularon saber quien era.

Se quedó pasando frío, a la intemperie. Nunca había entendido aquella expresión de una noche cerrada, pero pensó que debía ser algo así. Los ejecutivos volvían de trabajar mientras al fondo algún indigente rebuscaba entre las basuras de Chamberí. Una pareja se enrollaba en el portal de enfrente. Varias veces le miraron con desprecio pensando que Carlos les espiaba.

¿Me he equivocado de reunión?, se dijo. Pero entonces, ¿cómo se acordaba él de ellos?. Encendió otro cigarro con la rabia que le sobrevino al pensar que todos estos años se había preguntado por el devenir de esa gente que hacía mucho tiempo que se habían olvidado de él. Por haber recordado tantas veces la voz ronca y la media melena de Susana, y aquel calor en la pierna.

Gorka Ellakuría

Anuncios

Deja un comentario (no es necesario que rellenes los campos del nombre y del e-mail)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s