¿Hacia dónde vamos?

El Hyundai granate, que unas horas antes habían alquilado en el aeropuerto, empezó a sonar de forma extraña. Bromearon diciendo que era un coche para viejos y ahora parecía que les iba a dejar tirados en esa carretera que dividía el desierto en dos. Cada vez que Lucas aceleraba, el motor emitía un sonido parecido al del fuego cuando consume la humedad de una rama que se retuerce entre las llamas.

—Seguimos, ¿no? — preguntó Lucas.

Clara no contestó, y siguieron. Se movían por una infinita recta que conducía a un horizonte borroso y en movimiento. El sol parecía estar esperando al final de esa carretera de dos carriles. Llevaban más de una hora de viaje y solo se habían cruzado con dos coches y con un camión lleno de paja. Estaban tan solos que por un momento Lucas imaginó que les estaban rodando, que eran los protagonistas de una película y que todo el mundo se escondía tras la cámara, en algún lugar que no alcanzaban a ver.

Según les indicó el empleado que les alquiló el coche les quedaba una hora más de viaje hasta el Hotel que habían reservado, a medio camino de donde vivía la hermana de Clara. Con la mirada fija en la carretera, Lucas parecía estar demasiado atento para lo sencilla que resultaba la conducción en esa amplia recta, a esa velocidad reglamentaria que al principio les pareció desquiciante. Estaba preocupado por los baches y por invadir parte del carril contrario en las zonas donde la línea divisoria de la carretera había desparecido.

—¿Tendrán wifi en el Hotel?— preguntó Clara. Estaba ansiosa por llamar a su exmarido y poder hablar con su hijo Marc. En un principio el niño iba a viajar con ellos, pero Lucas se opuso. Con cinco años no disfrutaría de ese viaje y, además, necesitaban unos días para estar solos. Al principio Clara aceptó de buena gana, pero desde ese día hasta que finalmente despegaron rumbo al sur de los Estados Unidos las conversaciones de la pareja se vieron amenazadas por una insinuación que Clara era capaz de acomodar en la charla más banal, y que sostenía lo siguiente: de ser hijo suyo no hubiese propuesto viajar sin él.

A la pregunta del wifi Lucas respondió que seguro que tendrían, que aquello era Norteamérica. Lo hizo bromeando y logró que Clara se riera durante un breve instante.

Ante sus ojos, la carretera permanecía invariable y cambiante al mismo tiempo. Era como estar mirando a un río durante horas hasta entrar en una especie de trance hipnótico. ¿Realmente se movían o eran las señales las que se acercaban a ellos?

No encendieron la radio porque a Lucas no le gustaba conducir con música. Viajaban escuchando el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto y, era tan constante, que no tardaron en confundirlo con el silencio. Solo el crujir del motor estropeado y alguna esporádica frase se colaban de tanto en tanto en ese falso silencio.

Fue un coche de policía el que irrumpió en esa escena que corría el peligro de convertirse en eterna. Se dejó ver primero por el retrovisor de nuestros protagonistas, a tanta distancia que el calor emborronaba la forma del coche. Los policías se acercaron tan lentamente que la pareja no tuvo dudas de que ellos eran la presa. Finalmente pudieron oír las sirenas del coche patrulla. Lucas disminuyó la velocidad, hasta casi quedar parados. El coche de los agentes les adelantó, y tanto el copiloto como el conductor se giraron para mirar a la pareja y sonrieron divertidos. Al poco se perdían en la distancia, directos hacía al sol, perdiendo de nuevo la forma para convertirse en una acuarela. El Hyundai recuperó la velocidad que indicaba las señales de tráfico. Siguieron su camino, directos también hacía el sol, que parecía no recular.

­—¿Hacia dónde vamos?—preguntó Clara.

Y esta vez Lucas no supo qué contestar.

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