Barcelona no quiere más turistas

Iryna, una turista rusa de 22 años, colgó cinco fotos en Instagram de su viaje a Barcelona. De esta forma sus conocidos pudieron saber de su paseo por el Barrio Gótico y de su visita a la Sagrada Familia y al Aquarium. En otra de las fotos la joven aparece posando en el Parque Güell, junto a dos pilares gaudinianos con los jardines de fondo. Hasta aquí nada extraño. La quinta instantánea es de una pared de cemento armado que poco tiene que ver con el genial arquitecto catalán, pero que se encuentra en los aledaños del lugar. En ese muro hay una pintada que reza: Tourist go home (turista vete a casa). La visitante moscovita publicó la fotografía junto a la siguiente frase escrita en ruso: “Barcelona hospitalaria”.

Tourist Go Home

Lo que podría ser una anécdota se ha convertido en una de las imágenes que Barcelona está transmitiendo al mundo. La de una ciudad que no quiere más turistas, que está saturada de tanta gente de paso. Una de las pruebas de que el mensaje se ha recibido en el exterior son los numerosos artículos hablando sobre las pintadas que han venido apareciendo en la prensa extranjera desde 2014. Varios medios anglosajones como The Guardian, Bloomberg o Reuters ya se han hecho eco del descontento de parte de los ciudadanos de la ciudad ante el incremento constante de turistas.

La redes sociales están llenas de imágenes tomadas en la ciudad. Instantáneas de paredes, escaleras mecánicas, buzones de correos, bancos del parque… un sinfín de fotografías que esconden mensajes contra el turista, la mayoría de las veces en inglés. El caso más flagrante quizá sea el de una factura compartida por un turista inglés. La captura nos muestra la cuenta de un bar del barrio de Vallcarca (junto al Parque Güell). Aunque parezca difícil de creer, el ticket también esconde una frase contra el visitante extranjero. “35, 70 euros. Mesa 10. Gracias por su visita. Gaudí hates you (Gaudí os odia)”.

Gaudíhatesyou

UN TURISMO EN CONSTANTE AUMENTO

El atractivo de la capital catalana parece no haber encontrado techo. Según datos de la oficina de turismo de Barcelona, en el año 1990 (dos años antes de las Olimpiadas) hubo 1.732.000 turistas que pasaron más de un día en la ciudad. Diez años después, en el 2000, casi se duplicó esa cifra alcanzando algo más de tres millones de visitas. Las cifras del último registro son de 2014 y nos revelan un aumento espectacular en el número de turistas: casi ocho millones de visitantes pernoctaron en la ciudad. En la actualidad, Barcelona es la cuarta ciudad europea preferida por el viajero internacional, por detrás solamente de Londres, París y Roma.

“Es un error señalar al turista como el culpable cuando los responsables están en el sector privado”, comenta el portavoz de la Asamblea de Barrios por un Turismo Sostenible (ABTS), que prefiere no revelar su identidad. “No es nuestra línea de actuación”, añade. La ABTS es una de las agrupaciones que han abanderado las protestas contra lo que consideran un turismo excesivo que está desvirtuando la esencia de la ciudad. Aunque reconoce: “cargando contra el turista logramos captar la atención mediática, de otra forma no se nos escucha”. El portavoz de esta asociación asegura no tener conocimiento de quién está detrás de las mencionadas pintadas y afirma que la organización no tiene vinculación con BComú (partido de Ada Colau) ni con cualquier otro partido político.

“La extrema izquierda se ha apropiado del discurso contra el turismo”, asegura Paco Sierra, portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Barcelona. “En las recientes manifestaciones okupas se pudieron ver lemas de este tipo. Es una actitud alentada por la CUP y BComú”.

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El presunto hacker de TV3 se sienta en el banquillo

Este jueves se inicia en Barcelona el juicio contra Gustavo Cerdà, el trabajador de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA) acusado de obtener de forma ilícita y revelar los salarios de más de 2.000 empleados de TV3 y de Catalunya Ràdio. La Fiscalía solicita siete años de prisión para este ingeniero de telecomunicaciones de 36 años que, cuatro años después de los hechos, sigue manteniendo que es inocente y que se le ha utilizado como cabeza de turco.

Desde que fue detenido durante 48 horas en 2013, el acusado se encuentra hundido psicológicamente, anclado en esos dos días en que los Mossos de Esquadra lo tuvieron retenido. “Fue una detención muy conflictiva. Lo arrestaron a las nueve de la mañana, registraron su casa y TV3, y hasta la tarde nadie le informó de sus derechos” afirma Carlos S. Almeida, abogado del acusado. Una vez puesto en libertad, Cerdà acudió a urgencias médicas, afectado por un shock postraumático del que asegura no haberse recuperado.

La fiscalía solicita siete años por los delitos de obtención y revelación de secretos. En el escrito de acusación el fiscal sostiene que fue Cerdà, valiéndose de sus conocimientos de informática, quien entró de forma anónima y remota en el correo electrónico del director de la CCMA, Brauli Duart, donde encontró el mensaje que contenía los datos salariales que posteriormente difundiría. Pero el fiscal aporta pruebas que demuestran que también se hackeó el correo de Eugeni Sallent, director de TV3. “Cerdà no tenía la capacidad técnica ni ninguna motivación que justificara poner en peligro su empleo para revelar esa información” asegura Almeida, al tiempo que niega que el informático tuviera relación con algún partido político.

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El independentismo pincha en su protesta contra Fernández Díaz

A cuatro días para que se celebren elecciones generales, parece que ni siquiera las filtraciones de las conversaciones entre el entonces Ministro del Interior (ahora en funciones) Jorge Fernández Díaz y Daniel de Alfonso, director de la Oficina Antifraude de Catalunya, han logrado despertar a un independentismo catalán que apenas ha sido protagonista durante la campaña electoral.

Las tres principales organizaciones independentistas de Catalunya han logrado movilizar a poco más de mil personas en un acto de protesta que se ha celebrado frente a la delegación de gobierno en Barcelona para pedir “un nuevo país libre de corrupción de Estado”.

“Hay cuatro gatos”, le comenta en castellano Roser de la Osa (48 años) a un participante al que conoce mientras en su mano sujeta una estelada todavía por desplegar. No esconde su decepción ante la escasa participación cuando se le pregunta, aunque lo excusa: “aquí en Catalunya trabajamos hasta las ocho” (la manifestación se ha convocado a las siete y media).

“España es una tierra amiga” apunta Roser. Con familia en Murcia y voluntaria de la ANC (una de las asociaciones organizadoras). “Estoy enfadada y decepcionada. No entiendo como en España siguen votando al Partido Popular”. Pero tampoco se fía de Podemos: “Aunque ganen no aceptarán un referéndum. El de la coleta ha demostrado que sus líneas rojas son de color salmón”.

El acto ha empezado con la lectura de un manifiesto. “El estado español trata a los catalanes como ciudadanos de segunda”. “No garantizan ninguno de los derechos básicos”. Pocas referencias al asunto Fernández Díaz- De Alfonso, más allá de un cantico pidiendo la dimisión.

La gente se saluda, muchos parecen conocerse de actos independentistas como el de la tarde. La delegación está en el centro de Barcelona pero muy pocas personas se suman al acto ya empezado. Un hombre ataviado con una capa de superman y una barretina vende camisetas con lemas independentistas. A su lado unos jóvenes miran el acto desde la distancia, atentos a las intervenciones mientras beben cerveza.

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Iglesias apuesta en Barcelona por un referéndum de independencia para Cataluña

En su segunda parada electoral, Pablo Iglesias ha despejado pronto la incógnita de su postura frente a los anhelos soberanistas. El líder de Unidos Podemos ha reconocido en Barcelona que la formación que él lidera está por la labor de brindarle un referéndum de autodeterminación a Catalunya. Las varias miles de personas que se han acercado para arropar a Iglesias han celebrado tímidamente esa declaración de intenciones. En cambio, se han mostrado mucho más efusivos cuando las consignas iban dirigidas contra el Partido Popular (PP) o contra Albert Rivera, que han provocado el “Sí, se puede” general.

Ahora Podemos buscó un lugar con simbología para su acto en Catalunya. Con el Arco del Triunfo como telón de fondo, situado en el Paseo Lluís Companys. A la cita han acudido grupos de jubilados de pueblos cercanos a Catalunya ataviados con sombreros de paja con la marca de Podemos, camisetas lilas y banderas republicanas. También se han acercado muchos padres con hijos adolescentes, pese a la amenaza del sol de junio, en esta ocasión amortiguado por unas nubes que han regalado bastantes momentos de sombra. Y como viene siendo habitual desde que naciera Podemos, muchos universitarios, la mayoría luciendo camisetas con mensaje, del tipo: “Yo voté a Pablo”.

Ada Colau ha arrancado el acto, muy cómoda en su rol de alcaldesa y marcando terreno. “Siempre me hacen hablar la última y ahora me apetece hablar la primera”, ha apuntado. Ella ha sido la que ha mencionado por primera vez la necesidad de un referéndum para Catalunya y ha inaugurado dos términos que se repitieron en todos los discursos: fraternidad y pueblos. Pero la incógnita ha empezado a sobrevolar en el multitudinario ambiente tras las intervenciones de Íñigo Errejón y de Alberto Garzón. Ninguno ha mencionado el tema catalán. Solo los miembros de En Comú Podem habían insistido en el referéndum para Catalunya. Dos horas después de iniciarse el mitin ha tomado la palabra Pablo Iglesias en una intervención de apenas diez minutos. Errejón y Garzón le habían guardado la exclusiva al líder, pues fue Iglesias el que finalmente ha reconocido apostar por el derecho de los catalanes a votar su continuidad en España: “Queremos un referéndum en Catalunya y que los catalanes decidan su futuro”. Y ha añadido: “Aspiro a ser el presidente que escucha a Catalunya, que le reconoce sus derechos y que tiende puestos que otros volaron”.

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Un perro libre

Corre un perro por la ciudad. Sin rumbo, desorientado, despeinado. Corre entre la gente que compra los regalos de Navidad. Un collar sin correa, un perro solo. Al borde de la locura, babea y corre ahora que es libre, cambiando de rumbo sin cesar, con ojos de lobo. Cruza una calle mientras los peatones esperan.  Sin una correa que le robe su libertad, sin un amo que le domine. Corre. Libre, libre, libre, pero parece triste y perdido. Pobre perro libre. Pobre amo que perdió a quién amar.

Susana

5

Salió a fumar fuera, dejando el abrigo en la silla. El invierno de Madrid le hizo temblar. Encendió un cigarro frunciendo el ceño y apretando los labios, como si algo le doliera. Aquella mueca la arrastraba desde que era adolescente, cuando intentaba parecer interesante. Alguien que lo conociera de toda la vida habría dicho que era la misma mueca de siempre, pero lo cierto es que Carlos ya no pretendía conseguir nada con ese gesto. En la puerta de aquel salón estaba Susana mirando de forma nerviosa su móvil. No se percató de que aquel hombre que había en la puerta era Carlos. Durante unos segundos permanecieron los dos en silencio. Él si la vio y dio una larga calada a su Camel esperando  recobrar las fuerzas para hablar con la chica. Soltó un  “Hola” y puso cara de simpático. La chica lo miró entre ofendida y asustada, como si un extraño le hubiese ofrecido sexo, y entró a toda prisa.

Susana no era de su clase, pero coincidieron en la optativa de latín y una vez hicieron un trabajo juntos porque la profesora Elena los emparejó. Ella ofreció su casa para hacer el trabajo. Dijo, “está más cerca”, aunque en realidad desconocía donde vivía Carlos. En su habitación había pocas cosas pero todo estaba ordenado. El segundo de los dos días su hermana se asomó por la puerta con la carpeta de la universidad y preguntó con malicia si eran novios. Susana enrojeció y no dijo nada. Carlos no se inmutó. Mientras hacían el trabajo notó la pierna de la chica reposar junto a la suya. De vuelta a casa, podía sentir aún el calor de la pierna de Susana en el lateral de su pierna derecha.

Durante un tiempo hablaron en los pasillos del colegio. A ella también le gustaba la música de los 70 y tenían amigos en común de la Sala Abbey Road. Llegó a pensar que estaba enamorada de él y, durante unos meses, Carlos no pudo pensar en ninguna otra. Su corte de pelo a la altura de la mejilla le llegó a obsesionar, y se repetía a sus adentros como decía ella el “-los” de Carlos, haciendo hincapié en la “L”. Lo cierto es que en sus labios su nombre sonaba a algo sexual.

Fue más que nunca a Abbey Road, para ver si coincidían; pero nunca estaba allí, casi siempre se acababa de ir. Aquello duró unas semanas. Con el tiempo volvieron a ser dos semidesconocidos de clases distintas en aquel inmenso colegio de curas. En el último curso coincidieron bastantes veces en salas y bares de Madrid; a veces se saludaban y otras no. Un día Carlos se acercó a hablar con Susana para intentar ligar con la amiga que le acompañaba. Cuando dejaron el colegio, Susana dejó de ir por esos sitios. Carlos se enteró por terceros que se había ido a estudiar a Barcelona y que vivía en casa de su tía. Por como se lo dijeron pensó que la gente creía que estaba colado por ella.

“¿Os acordáis de Ernesto, el profe de gimnasia? Cuando nos hacía aguantar la farola como castigo.” Del salón seguían saliendo las voces de los que cogían el micro, que después de unas copas se animaban a contar sus recuerdos escolares. Carlos no entró, parecía como si se hubiera equivocado de día y la reunión fuera de otro colegio. Si no se hubiese dejado la chaqueta dentro se habría ido a su casa, sin cruzarse de nuevo con ninguno de aquellos antiguos compañeros. Nadie parecía recordarle allí dentro. Un rato antes Carlos se ruborizó varias veces, pues al saludar de forma efusiva a varios hombres que habían sido sus amigos estos reaccionaron de forma extraña. Aún más patético le parecieron los que simularon saber quien era.

Se quedó pasando frío, a la intemperie. Nunca había entendido aquella expresión de una noche cerrada, pero pensó que debía ser algo así. Los ejecutivos volvían de trabajar mientras al fondo algún indigente rebuscaba entre las basuras de Chamberí. Una pareja se enrollaba en el portal de enfrente. Varias veces le miraron con desprecio pensando que Carlos les espiaba.

¿Me he equivocado de reunión?, se dijo. Pero entonces, ¿cómo se acordaba él de ellos?. Encendió otro cigarro con la rabia que le sobrevino al pensar que todos estos años se había preguntado por el devenir de esa gente que hacía mucho tiempo que se habían olvidado de él. Por haber recordado tantas veces la voz ronca y la media melena de Susana, y aquel calor en la pierna.

Gorka Ellakuría

Un poco de educación

Me preguntaron muchas cosas. Es su trabajo, no les reprocho nada. Sólo me molestó aquel gordo y su puta manía de hablarme tan cerca. Podía sentir aterrizar en mi cara la saliva disparada por su enorme bocaza. Me dijo palabras crueles y las dijo en alto. Intentó que sonaran como dichas por un tipo duro, pero sus ojos le delataban. Quizá es normal que se le escapara algún salivajo, pobre hombre. La verdad es que tampoco le guardo rencor. Le llamo gordo porque no sé su nombre, pero no tengo nada en contra de los gordos, aunque sean polis. Ahora que pienso creo que se llamaba Toni, pero no estoy seguro. Toni es un buen nombre para un poli gordo, así que imagino que es posible que se llamara así.

A Toni le acompañaba otro poli, que no era gordo aunque parecía que sus músculos iban reventar la camisa del uniforme. Apenas hablaba y evitaba mirarme. Apuntaba cosas. Hubo un momento que se pasó de chulo y poco después me dirigí a él llamándole apuntador. Eso le molestó un poco. Se ruborizó, pero al rato ya lo había olvidado. Parecía uno de esos tipos que sólo se sienten cómodos en la sala del gimnasio, mirando mal a todo el que llega por primera vez a utilizar sus pesas. Pero créeme si te digo que estos tíos están hechos papilla por dentro. Un pardillo como yo llamándole apuntador y se queda fuera de combate durante un buen rato. Eso sí, imagino que si le vacilas así en otro lugar quizá te suelta una hostia.

Todo aquello estuvo bien porque no hicieron la típica escena de poli bueno y poli malo. Los dos intentaron parecer duros y a los dos se les veía a mil leguas que eran unos blandos. Fueron originales con lo del idioma. El gordo me hablaba en castellano y el otro en catalán. No sé si creían que de esta forma me liaría y empezaría a largar como un tonto. Si me lo hubieran preguntado educadamente les habría explicado todo. Aunque les parezca extraño, soy un tipo educado. Vengo de buena familia, no se piensen. Con algo más de modales les habría dicho que la culpa era de aquel conserje que se creía John Wayne y que me clavaba la mirada cada vez que entraba y salía del trabajo. Que el puñetazo no fue premeditado y que no era cosa mía que se le mearan unos cuantos perros del barrio antes de que lo encontrara allí, tirado, entre aquellos tulipanes que él mismo regaba con tanto mimo. Todo podría haber sido más fácil con algo más de educación. Ya sé que me repito, pero así están las cosas.

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Agosto, en Barcelona

Camina un hombre mirando a ambos lados, a paso del que quiere ser alcanzado, evidentemente sin rumbo. Trata de disimular, por eso, que no tiene adonde ir, que lo está decidiendo mientras camina. Sus lentos bandazos sobre el asfalto le delatan. Es lo que hace todo hombre cuando pasea y no le espera nadie.

Se trata de un solitario más de mi barrio, en una zona donde son mayoría los que veranean fuera. Aquí, muchos comercios aún se pueden permitir el lujo, de otro tiempo, de bajar la persiana hasta septiembre. Entonces, libres de familias con perrito y de pijos disfrazados de hippies, los hombres solos y su sombra se muestran. Por supuesto, estaban allí desde siempre, pero no se les veía tan fácil como ahora, bajo el sol de agosto.

Los bares que permanecen abiertos parecen estar vacíos, pero resulta difícil encontrar mesa libre. Reina el silencio en esos sitios donde por un mes una sola persona puede ocupar una mesa para cuatro. Los sin familia se sientan a leer sus diarios o miran a los otros, sin que pase nada ni se oiga nada más que la cafetera del bar. A veces, nace un cruce de palabras entre dos solitarios, aunque no acostumbra a extenderse más allá de unas cuantas frases. En ese preciso momento Barcelona logra asemejarse más al París que yo viví. La fría ciudad llena de tipos que perdían el tiempo consigo mismos, pensando en sus cosas. O de aquellos otros que se deleitaban ante la vida de los demás, mientras pasaban las húmedas tardes de otoño sentados en la terraza de un café, fumando, utilizando el humo como cortina que ocultaba esos ojos que tanto miraban.

El agosto de Barcelona, de mi Barcelona, es el de las viudas y de los alcohólicos. De los chavales que vienen de otros barrios y esperan en la boca de metro para darle el palo a los quinceañeros de la zona; con sus bolsillos llenos y su fobia al dejo cani, propio del parloteo del adolescente de suburbio. Es el mes, también, de los separados y de los eternos solteros que se buscan y se encuentran en los bares oscuros con cortinas en los cristales, donde los gin tonics van a cinco euros. Se apropian de las calles las niñas rebeldes que se niegan a veranear con sus padres. Cuando no pasean regalando miradas, esperan, en sus casas vacías, al novio, que nunca se parece a mí cuando tenía su edad. Es el momento de los viejos, que se han quedado sin casa en la playa, porque van sus hijos con los niños. Son ellos los que ocupan los bancos en sombra, y forman improvisadas reuniones donde discuten sobre muchas cosas pero, sobre todo, en las que fardan de nietos.

Agosto es el mes del hombre que se lanzó a montar un quiosco cuando los quiosqueros renunciaban al oficio. Que se arruinó en año y medio y se puso de portero en la escalera de enfrente. Con los brazos en jarra, plantado en medio de la calle y  aburrido por la falta de vecinos a los que atender, siente el sol quemar su coronilla mientras mira, desde lo alto de Barcelona, el mar que brilla a lo lejos, como si fuera de papel de plata. 

Gorka Ellakuría

 

La Monumental, plaza fantasma

La polución mezclada con polvo cubre levemente los huevos blancos y azules que coronan la centenaria plaza de toros estilo bizantino. Unas finas grietas recorren la fachada de La Monumental de Barcelona y las contraventanas de madera que dan a la calle permanecen cerradas, incluso de día. En sus muros aún se pueden ver los disparos de bala de la Guerra Civil que detuvo para siempre la plaza. Fuera, si uno se fija, aún hay restos de pintura roja y un casi ilegible “asesino” escrito con pintura azul en uno de los escalones de entrada al coso.

La entrada izquierda permanece abierta y hoy, mayo de 2014, una familia con aspecto y acento yanki accede y pregunta en taquilla: “¿Cuándo es el siguiente espectáculo (when will be the next show)?” Les ofrecen el tour por la plaza y la visita al museo del toro por seis euros, pero nada de corridas (“no shows“). Poco después, un rubio alto y una asiática enfilan el camino hacia a las taquillas. Probablemente desconozcan también que desde hace casi tres años es imposible ver una corrida de toros en Barcelona. Desde la prohibición, la Monumental, último feudo taurino en activo de los tres que tuvo la ciudad Condal, malvive de mostrarse al turista y de albergar en su arena algún que otro circo ambulante.

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Publicado en ZoomNews.es

¡Adiós, Nick!

Creo recordarla bastante bien. Aunque la tuve muchos años, sólo la leí una vez. Seguramente invento cosas y olvido otras, pero aquella carta decía algo parecido a: 

Al fin me llegó el aviso. Espero ser el único, y que mientras escribo esto no haya ninguno de vosotros que este escribiendo algo parecido y que sienta el mismo miedo que se mueve por mi estomago como una maldita serpiente.

Aún no se lo he dicho a mis padres ni a Rebecca. Ni siquiera me atrevo a mirarles a los ojos. No quiero ser yo el que les de la noticia, ni ser el culpable de que su alegría se rompa por palabras que salgan de mi boca. Me pasa lo mismo con vosotros, así que prefiero no veros hasta que vuelva de Europa. Tampoco quiero que os apiadéis de mi.

Brindad por mí.

Hasta pronto amigos.

Nick

La caligrafía era clara, pero a ratos las letras se tumbaban hacia delante y en otras partes ocurría todo lo contrario, se echaban hacia atrás. La leí en el café frente al mercadillo, en la época que coleccionaba fotos antiguas de personas extrañas.

Estaba en París y mi francés no logró hacerle entender a la señora de la parada, donde poco rato antes había comprado la instantánea, que le quería devolver aquella fotografía, con la excusa de que estaba escrita por la parte trasera. Así que me la tuve que quedar.

Para librarme de ella intenté hacer ver que la olvidaba en algún otro café, pero siempre ocurría algo que me lo impedía. Unas veces el camarero u otro cliente me perseguían con la imagen del maldito americano en la mano, gritando “¡monsieur, monsieur!”, devolviéndome lo que pensaban que era mío. Otras, el plan parecía funcionar, pero varias calles después de lograrlo sentía una serpiente en el estomago, similar a la descrita por Nick en la carta. Y volvía a por ella, rezando porque aún estuviera donde la dejé, temblando de miedo. Ni siquiera me sirvió esconder la instantánea en un cajón y esperar a que el tiempo me echara una mano para zanjar el asunto. De nuevo la serpiente. 

Vencí el temor muchas veces, pero me resultó imposible separarme de ella. La fotografía se hizo un hueco en mi cartera y cada día, aunque me propusiera no hacerlo, veía varias veces la imagen de aquel sonriente rubio americano, que posaba con su camiseta sucia mientras arreglaba una moto. Me pasaba lo mismo con la portera portuguesa de mi estudio de Montmartre. 

Entonces era estudiante. Tenía, más o menos la misma edad que Nick, el de la foto, y mucho tiempo libre. Imagino que por eso inventé mil teorías del porqué había llegado a mí aquella maldita carta escrita tras un retrato. Pero no se trataba de una casualidad, seguro. Tenía que ser yo. Y fui yo durante muchos años. Las carteras envejecían y se deshilachaban. Cada vez me alejaba más de la edad del chico de la foto. La fotografía, en cambio, se mantenía casi intacta. Nunca me acostumbré a esa dependencia. Tampoco es cierto que la donase para premiar a nadie ni que lo hiciera para dar una lección de vida. Simplemente intenté librarme de ella, como tantas otras veces, pero esta vez funcionó. 

Al fin resultó bastante sencillo, aunque no me siento orgulloso de como lo conseguí. Hace unos meses celebramos el cumpleaños de mi hijo menor, su dieciocho aniversario. Compré un sobre y muy ceremonioso le entregue la foto de Nick y le dije: “Parece poca cosa, pero ya verás como te enseña mucho”. Después de cenar, acompañé a mi suegra a su casa. Volviendo conduje en dirección contraria a mi casa, dejando atrás aquella angustia que me tenía esclavizado hasta entonces. Abrí la ventanilla. El frío y el viento me impedían abrir los ojos. Sentía como el aire me deformaba las partes flácidas de mi cara. El retrovisor me reveló la patética expresión que tenía con la cabeza fuera del coche. Y  grité, fuerte, muy fuerte, un: “¡Adiós, Nick!”. 

 

GORKA ELLAKURÍA 

 

Con los puños en la masa

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Estuvo a punto de competir en las olimpiadas de Atlanta 1996, pero un accidente lo apartó del boxeo y del sueño olímpico. Derrotado, Fabián Martín supo reinventarse hasta convertirse en campeón del mundo de pizzas. Hoy tiene cuatro restaurantes y planea abrir un negocio en Nueva York. 

Habla del futuro con cautela. Se niega a bajar los brazos, como si se cubriera la cara ante un poderoso contrincante invisible. Fabián Martín, campeón del mundo de pizzas, exboxeador profesional y famoso restaurador barcelonés asegura que casi todo en la vida le ha llegado por casualidad. “Ni celebré mucho los premios, por si acaso”, cuenta él mismo.  El miedo a lo que vendrá está presente en la mirada de un hombre que ha conocido los caprichosos giros del destino. Su cara apenas revela su pasado de púgil, más allá de una nariz hundida a lo De Niro y un pequeño hoyo en el pómulo que sólo aparece cuando el cocinero sonríe. Sus manos son menos fieles y le delatan, pues cuando habla las mueve como solo lo haría un boxeador.

Acostumbrado a perder contra la mala suerte, el 3 de marzo de 2007, Fabián logró noquear a la sombra que no le dejaba triunfar. Aquel día se proclama campeón del mundo de pizzas. La victoria de su vida la cuenta en directo el mismísimo Matías Prats en el informativo de la noche de Antena 3, en un conexión con Nueva York que abrió el telediario. El ganador habla entonces a cámara con ese acento suyo entre almeriense y francés. El espectador ve a un español convertido en el primer no italiano en ganar este título culinario (ganó también en la modalidad de malabarismo). Lo que desconoce es que están viendo a un tipo al que por primera vez le sonríe la suerte. De ahí a la primera fila mediática. Miles de entrevistas, campañas de publicidad, apariciones en programas de televisión. Hoy, seis años después, cuenta con tres restaurantes en Barcelona y uno en Llívia (Pirineo catalán) y tiene pensado, como proyecto definitivo, abrir una pizzería en Nueva York. Por el camino se embolsó otro campeonato mundial, en 2009 y en Nápoles, la tierra que vio nacer a las pizzas.

Estamos ante el Fabián de hoy. Pero antes hubo otro. Un chico de 26 años que se entrenaba en Madrid con la selección nacional de boxeo. Que estaba preseleccionado para competir en las olimpiadas de Atlanta 1996. Un peso Welter que se había hecho un nombre en Francia y después en España. De la quinta de los Hermanos Trozzo, Charpantier, Castañeda, Guerrero, Faustino Reyes o el Potro de Vallecas.

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Nebraska, tierra prometida

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Primera escena. Un viejo, que a duras penas se aguanta en pie, camina junto a una carretera hasta que un coche de policía lo detiene. El agente le pregunta que a dónde va y de dónde viene. Dos cuestiones lanzadas sin más, pero que desde la butaca del cine impactan como lo que son: los dos grandes interrogantes de la vida de todo hombre. Así, con ese momento veladamente trascendente, arranca la extraordinaria película Nebraska (2013). Rodada por Alexander Payne (Los descendientes, Entre copas…) y desde el pasado sábado, nuevo largometraje víctima (y ya son centenares) de las injusticias de los premios Oscars. 

Payne, nacido curiosamente en el estado de Nebraska en 1961, se sirve de la carretera como cordón umbilical entre el pasado y el presente de la vida de los protagonistas. De nuevo una historia con tintes existencialistas, lo que es ya una constante en su carrera como director. Es Nebraska el más brillante trabajo de Payne, además de una road movie al uso, grabada en blanco y negro, los colores del asfalto.

La película se mueve tan lento como conduce uno de los protagonistas, pero huye del bostezo gracias a la antológica interpretación de Bruce Dern (1936) de un anciano a medio camino entre la senilidad y el alcoholismo lúcido. La mirada se lleva gran parte del peso interpretativo, por como transmite la obcecación del viejo por recoger ese premio de un millón de dólares, pese a que todo el mundo le advierte de que es un timo. Demasiado tarde, ya se ha convertido en su objetivo vital, aunque uno llega a dudar durante el film si el anciano de pelo alborotado y barba de cinco días también no sabe que aquel billete es publicidad engañosa sin ningún valor. Pero qué importa. Se aferra a ello, es su motivo para seguir viviendo. Así lo dice su propio hijo (Will Forte) que al darse cuenta se siente empujado a acompañar a su anciano padre en ese loco viaje intrageneracional, mano a mano, a lo Paradise y Moriarty. Y de nuevo una duda: ¿Quién de los dos necesita más de ese viaje?  El marchar como redención, como escapatoria de la incomoda realidad, como búsqueda de las raíces. Concepto muy manido pero plasmado de forma acertadísima en esta película de Payne.

Más de 2000 km hasta la fría Nebraska, tierra prometida para el viejo y auténtico faro de este aparentemente inútil viaje. En medio del camino, como las sirenas que amenazan a Ulises, el antiguo pueblo de los padres, Hawthorne. Allí está el origen, los familiares que se convirtieron hace tiempo en desconocidos y los amigos de la infancia que se tornaron en temibles enemigos. Entre tabernas de pueblo, donde los hombre empezaban a beber con apenas 15 años. “Aquí no hay otra cosa que hacer”, como argumenta una antigua novia del padre. Y al fin, el hijo que descubre al padre, lejos de casa y por boca de desconocidos.

Y todo parte de esa pregunta inicial del policía que rompe el silencio del film.  El anciano tras unos segundos responde: “Vengo de allí (señalando atrás) y voy hacía allí (señalando al infinito)”. Ni sabe muy bien de dónde viene ni hacía qué lugar se dirige. Como nos pasa a todos, vamos. 

Gorka Ellakuría