Un poco de educación

Me preguntaron muchas cosas. Es su trabajo, no les reprocho nada. Sólo me molestó aquel gordo y su puta manía de hablarme tan cerca. Podía sentir aterrizar en mi cara la saliva disparada por su enorme bocaza. Me dijo palabras crueles y las dijo en alto. Intentó que sonaran como dichas por un tipo duro, pero sus ojos le delataban. Quizá es normal que se le escapara algún salivajo, pobre hombre. La verdad es que tampoco le guardo rencor. Le llamo gordo porque no sé su nombre, pero no tengo nada en contra de los gordos, aunque sean polis. Ahora que pienso creo que se llamaba Toni, pero no estoy seguro. Toni es un buen nombre para un poli gordo, así que imagino que es posible que se llamara así.

A Toni le acompañaba otro poli, que no era gordo aunque parecía que sus músculos iban reventar la camisa del uniforme. Apenas hablaba y evitaba mirarme. Apuntaba cosas. Hubo un momento que se pasó de chulo y poco después me dirigí a él llamándole apuntador. Eso le molestó un poco. Se ruborizó, pero al rato ya lo había olvidado. Parecía uno de esos tipos que sólo se sienten cómodos en la sala del gimnasio, mirando mal a todo el que llega por primera vez a utilizar sus pesas. Pero créeme si te digo que estos tíos están hechos papilla por dentro. Un pardillo como yo llamándole apuntador y se queda fuera de combate durante un buen rato. Eso sí, imagino que si le vacilas así en otro lugar quizá te suelta una hostia.

Todo aquello estuvo bien porque no hicieron la típica escena de poli bueno y poli malo. Los dos intentaron parecer duros y a los dos se les veía a mil leguas que eran unos blandos. Fueron originales con lo del idioma. El gordo me hablaba en castellano y el otro en catalán. No sé si creían que de esta forma me liaría y empezaría a largar como un tonto. Si me lo hubieran preguntado educadamente les habría explicado todo. Aunque les parezca extraño, soy un tipo educado. Vengo de buena familia, no se piensen. Con algo más de modales les habría dicho que la culpa era de aquel conserje que se creía John Wayne y que me clavaba la mirada cada vez que entraba y salía del trabajo. Que el puñetazo no fue premeditado y que no era cosa mía que se le mearan unos cuantos perros del barrio antes de que lo encontrara allí, tirado, entre aquellos tulipanes que él mismo regaba con tanto mimo. Todo podría haber sido más fácil con algo más de educación. Ya sé que me repito, pero así están las cosas.

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Un libro al día

Ochenta albóndigas de un tirón. Yo he visto comer eso a un chaval que apenas medía 1’50. Dudo que hayas visto algo parecido. Ni que jamás estuvieras en clase de sociales pendiente de la ventana por los diez minutos que un tonto como Riki juró que estaría colgado del alfeizar, a veinte metros del suelo. No quiero ser impertinente, pero sigo pensando que es imposible que conocieras a alguien como él. Podría decirte que era un loco, pero entonces simplificaría demasiado las cosas. Hablo en pasado porque a estas alturas dudo que esté vivo. Si lo está, es un milagro. Aunque ahora que pienso, de los tres años que fue compañero nuestro, siempre nos pareció que todo lo que hacía estaba rodeado de un aura milagrosa.

Aún recuerdo el día que llegó por primera vez a la escuela y cómo alguno de los chicos se rio de su acento. Por aquel entonces lo de la inmigración no era tan habitual como ahora, y que viniese un peruano a nuestro colegio de la zona alta de Barcelona era algo digno de contar el domingo, durante la comida familiar. Las burlas se acabaron cuando el nuevo lanzó su primer “reto”, como él los llamaba. Ahora no recuerdo cuál era, pero debía ser una burrada tan grande que ninguno de nosotros se atrevió a hacerlo. Él sí, por supuesto. Formaba parte de su particular regla de los retos: si lo proponías, lo tenías que hacer. En tres meses ya era el líder de la clase. Se enfrentó a todos los gallitos retándoles a que hicieran algo, y como no se atrevían, los bajaba al terreno de los no-guays. Tengo que recordarte que guay era una palabra que utilizábamos por entonces, lo digo por si lo has olvidado.

Saltar de un árbol altísimo a otro, matar una paloma con las manos, lanzarle desde la ventana un brick de zumo de melocotón (lleno, claro) al policía que dirigía el trafico frente al colegio, volverlo a intentar varios días hasta acertar en aquella cabezota con sombrero; todas aquellas cosas y muchas más las había hecho Riki. Se sentía obligado. “Un reto es un reto”, decía con solemnidad.

Nada le frenaba, así que se convirtió en el líder del colegio en apenas un año. Ni siquiera los mayores se atrevieron a aceptar uno de sus retos, precisamente porque, aunque fuéramos unos niñatos, sabíamos perfectamente que él no era como nosotros, él no tenía límite. Todos admirábamos a ese pirado que había cruzado el Atlántico para venir a nuestro colegio de barrio. Arturo, en cambio, pasaba. Era el empollón de clase y todo lo que no fuera estudiar parecía no existir para él. Fue entonces cuando Riki lanzó el último de sus retos. “Arturo, te reto a leer un libro al día durante un año”, le dijo con tanta formalidad como si le entregara un mensaje real. El empollón, ni contestó, pero la apuesta ya estaba echada.

Cuando estaba en la universidad me encontré con Alba, una amiga del colegio que era vecina de Riki. Me contó que en realidad no le habían expulsado. Aquello había sido un invento de la directora para que no supiéramos la verdad. A Riki lo ingresaron en San Boi, en un centro para locos, con un cristal en el pasillo que les impedía (a él y al resto de dementes) escaparse y con enfermeras que cuidaban de su medicación. Aquello ocurrió unos meses más tarde de que el peruano empezara a cumplir el reto de leer un libro al día. Al poco ya no hablábamos con él. Utilizaba unas palabras que nos parecían rarísimas a nosotros que apenas teníamos 12 años. En el patio se concentraba por acabar el libro que tenía entre manos. Recuerdo una de las extrañas palabras que empezó a utilizar. “Perorata” y no la he olvidado porque me la dijo a mí y porque la busqué en el diccionario mientras dábamos clase de matemáticas.

Alba también me dijo que la madre de Riki le había contado a la suya que de vez en cuando alguien se acercaba al psiquiátrico y dejaba un libro junto a una de las puertas de cristal. Al otro lado, Riki se desgañitaba y se daba golpes contra el cristal blindado, quién sabe si por cumplir con la apuesta o porque se había vuelto loco del todo. Alba dijo “alguien” y no pude creer que fuera tan ilusa. Era increíble que no hubiese caído que el cabrón que le dejaba los libros no podía ser otro que Arturo, “el matriculas”. >>Gorka Ellakuría

un libro al día

Los peligros de un Leonard Cohen feo

Un día me dí cuenta de que me seguía un tipo y me metí en una casa de quinielas. Bueno, la verdad es que no me seguían a mí, fue a un amigo, pero éste me lo contó. Prefiero explicarlo tal y como fue. Yo ya tengo bastante con lo mío, porque la verdad es que no es muy creíble la historia, y uno ya tiene el San Benito de inventarse cosas.

El caso es que hay dos, uno parece que sigue al otro y el perseguido se mete en la tienda de loterías esperando dar esquinazo al que le persigue. Hace la quiniela y la sella; ya puestos. En la calle, apoyado en un coche, un señor de unos 60 años parece esperar a alguien, con el coxis hacia delante, a lo torero, y las manos en los bolsillos. Aquel era el que le estaba tocando las pelotas a mi amigo. Una especie de Leonard Cohen pero en feo. O eso me contó mi amigo, pero con lo poco que sabe de música, vete a saber si no se refería a Johnny Cash o alguno por el estilo, porque tenerle miedo a Leonard Cohen es de cobardón que no veas- eso no se lo dije, claro-. Estamos en que el Cohen feo seguía con lo suyo, a metro y medio de mi amigo, girando cuando el giraba, acelerando el paso cuando éste lo hacía y parándose a mirar los mismos escaparates en los que se detenía mi amigo.

¡Ah!, lo olvidaba, mi colega se llama Bruno, o se llamaba. Antes de conocerle pensaba que todos los que se llamaban Bruno eran tipos duros a los que les gustaba mandar, machos alfa vamos, pero te juro que si lo hubieras conocido habrías pensado que este tío no se podía llamar Bruno. Alguno de mis antiguos profes habrían dicho ahora aquello de la excepción que confirma la regla, pero no lo voy a decir yo, porque es una frase que siempre he pensado que debería ir acompañada de una buena hostia. Lo mismo me pasa con muchas otras, como con macho alfa.

Sigo, que me pierdo. A todo esto, Bruno no tenía suficientes agallas para girarse y preguntarle al Cohen feo o Cash feo que qué coño quería, así que se le ocurrió empezar a seguir a otro tío. Un pardillo, según me dijo. Hace gracia cuando un pardillo como Bruno habla de otros como él como si no fuera con él la cosa. Eran tres y al poco rato ya eran 10 y aquello parecía que no tenía fin. Cuando Bruno me escribió aquel What’s Up eterno eran unos 30 borregos sin rumbo alguno. El mensaje era para explicarme todo y para avisarme de que no saliera a la calle. En breve serían un gusano humano tan grande como la Diagonal de Barcelona. Tenía miedo de que me captaran a mí también. Menudo imbécil, pensé, ¡a mí me van a pillar! Luego me pareció todo tan raro que creí que era una mentira, pero no me cuadraba, el que se inventaba cosas era yo. Lo cierto es que de esto hace 10 días y no sé nada de él. Aún le tengo que contestar su What’s up. Quizá mañana. >>Gorka Ellakuría

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