Un perro libre

Corre un perro por la ciudad. Sin rumbo, desorientado, despeinado. Corre entre la gente que compra los regalos de Navidad. Un collar sin correa, un perro solo. Al borde de la locura, babea y corre ahora que es libre, cambiando de rumbo sin cesar, con ojos de lobo. Cruza una calle mientras los peatones esperan.  Sin una correa que le robe su libertad, sin un amo que le domine. Corre. Libre, libre, libre, pero parece triste y perdido. Pobre perro libre. Pobre amo que perdió a quién amar.

Susana

5

Salió a fumar fuera, dejando el abrigo en la silla. El invierno de Madrid le hizo temblar. Encendió un cigarro frunciendo el ceño y apretando los labios, como si algo le doliera. Aquella mueca la arrastraba desde que era adolescente, cuando intentaba parecer interesante. Alguien que lo conociera de toda la vida habría dicho que era la misma mueca de siempre, pero lo cierto es que Carlos ya no pretendía conseguir nada con ese gesto. En la puerta de aquel salón estaba Susana mirando de forma nerviosa su móvil. No se percató de que aquel hombre que había en la puerta era Carlos. Durante unos segundos permanecieron los dos en silencio. Él si la vio y dio una larga calada a su Camel esperando  recobrar las fuerzas para hablar con la chica. Soltó un  “Hola” y puso cara de simpático. La chica lo miró entre ofendida y asustada, como si un extraño le hubiese ofrecido sexo, y entró a toda prisa.

Susana no era de su clase, pero coincidieron en la optativa de latín y una vez hicieron un trabajo juntos porque la profesora Elena los emparejó. Ella ofreció su casa para hacer el trabajo. Dijo, “está más cerca”, aunque en realidad desconocía donde vivía Carlos. En su habitación había pocas cosas pero todo estaba ordenado. El segundo de los dos días su hermana se asomó por la puerta con la carpeta de la universidad y preguntó con malicia si eran novios. Susana enrojeció y no dijo nada. Carlos no se inmutó. Mientras hacían el trabajo notó la pierna de la chica reposar junto a la suya. De vuelta a casa, podía sentir aún el calor de la pierna de Susana en el lateral de su pierna derecha.

Durante un tiempo hablaron en los pasillos del colegio. A ella también le gustaba la música de los 70 y tenían amigos en común de la Sala Abbey Road. Llegó a pensar que estaba enamorada de él y, durante unos meses, Carlos no pudo pensar en ninguna otra. Su corte de pelo a la altura de la mejilla le llegó a obsesionar, y se repetía a sus adentros como decía ella el “-los” de Carlos, haciendo hincapié en la “L”. Lo cierto es que en sus labios su nombre sonaba a algo sexual.

Fue más que nunca a Abbey Road, para ver si coincidían; pero nunca estaba allí, casi siempre se acababa de ir. Aquello duró unas semanas. Con el tiempo volvieron a ser dos semidesconocidos de clases distintas en aquel inmenso colegio de curas. En el último curso coincidieron bastantes veces en salas y bares de Madrid; a veces se saludaban y otras no. Un día Carlos se acercó a hablar con Susana para intentar ligar con la amiga que le acompañaba. Cuando dejaron el colegio, Susana dejó de ir por esos sitios. Carlos se enteró por terceros que se había ido a estudiar a Barcelona y que vivía en casa de su tía. Por como se lo dijeron pensó que la gente creía que estaba colado por ella.

“¿Os acordáis de Ernesto, el profe de gimnasia? Cuando nos hacía aguantar la farola como castigo.” Del salón seguían saliendo las voces de los que cogían el micro, que después de unas copas se animaban a contar sus recuerdos escolares. Carlos no entró, parecía como si se hubiera equivocado de día y la reunión fuera de otro colegio. Si no se hubiese dejado la chaqueta dentro se habría ido a su casa, sin cruzarse de nuevo con ninguno de aquellos antiguos compañeros. Nadie parecía recordarle allí dentro. Un rato antes Carlos se ruborizó varias veces, pues al saludar de forma efusiva a varios hombres que habían sido sus amigos estos reaccionaron de forma extraña. Aún más patético le parecieron los que simularon saber quien era.

Se quedó pasando frío, a la intemperie. Nunca había entendido aquella expresión de una noche cerrada, pero pensó que debía ser algo así. Los ejecutivos volvían de trabajar mientras al fondo algún indigente rebuscaba entre las basuras de Chamberí. Una pareja se enrollaba en el portal de enfrente. Varias veces le miraron con desprecio pensando que Carlos les espiaba.

¿Me he equivocado de reunión?, se dijo. Pero entonces, ¿cómo se acordaba él de ellos?. Encendió otro cigarro con la rabia que le sobrevino al pensar que todos estos años se había preguntado por el devenir de esa gente que hacía mucho tiempo que se habían olvidado de él. Por haber recordado tantas veces la voz ronca y la media melena de Susana, y aquel calor en la pierna.

Gorka Ellakuría

Agosto, en Barcelona

Camina un hombre mirando a ambos lados, a paso del que quiere ser alcanzado, evidentemente sin rumbo. Trata de disimular, por eso, que no tiene adonde ir, que lo está decidiendo mientras camina. Sus lentos bandazos sobre el asfalto le delatan. Es lo que hace todo hombre cuando pasea y no le espera nadie.

Se trata de un solitario más de mi barrio, en una zona donde son mayoría los que veranean fuera. Aquí, muchos comercios aún se pueden permitir el lujo, de otro tiempo, de bajar la persiana hasta septiembre. Entonces, libres de familias con perrito y de pijos disfrazados de hippies, los hombres solos y su sombra se muestran. Por supuesto, estaban allí desde siempre, pero no se les veía tan fácil como ahora, bajo el sol de agosto.

Los bares que permanecen abiertos parecen estar vacíos, pero resulta difícil encontrar mesa libre. Reina el silencio en esos sitios donde por un mes una sola persona puede ocupar una mesa para cuatro. Los sin familia se sientan a leer sus diarios o miran a los otros, sin que pase nada ni se oiga nada más que la cafetera del bar. A veces, nace un cruce de palabras entre dos solitarios, aunque no acostumbra a extenderse más allá de unas cuantas frases. En ese preciso momento Barcelona logra asemejarse más al París que yo viví. La fría ciudad llena de tipos que perdían el tiempo consigo mismos, pensando en sus cosas. O de aquellos otros que se deleitaban ante la vida de los demás, mientras pasaban las húmedas tardes de otoño sentados en la terraza de un café, fumando, utilizando el humo como cortina que ocultaba esos ojos que tanto miraban.

El agosto de Barcelona, de mi Barcelona, es el de las viudas y de los alcohólicos. De los chavales que vienen de otros barrios y esperan en la boca de metro para darle el palo a los quinceañeros de la zona; con sus bolsillos llenos y su fobia al dejo cani, propio del parloteo del adolescente de suburbio. Es el mes, también, de los separados y de los eternos solteros que se buscan y se encuentran en los bares oscuros con cortinas en los cristales, donde los gin tonics van a cinco euros. Se apropian de las calles las niñas rebeldes que se niegan a veranear con sus padres. Cuando no pasean regalando miradas, esperan, en sus casas vacías, al novio, que nunca se parece a mí cuando tenía su edad. Es el momento de los viejos, que se han quedado sin casa en la playa, porque van sus hijos con los niños. Son ellos los que ocupan los bancos en sombra, y forman improvisadas reuniones donde discuten sobre muchas cosas pero, sobre todo, en las que fardan de nietos.

Agosto es el mes del hombre que se lanzó a montar un quiosco cuando los quiosqueros renunciaban al oficio. Que se arruinó en año y medio y se puso de portero en la escalera de enfrente. Con los brazos en jarra, plantado en medio de la calle y  aburrido por la falta de vecinos a los que atender, siente el sol quemar su coronilla mientras mira, desde lo alto de Barcelona, el mar que brilla a lo lejos, como si fuera de papel de plata. 

Gorka Ellakuría

 

¡Adiós, Nick!

Creo recordarla bastante bien. Aunque la tuve muchos años, sólo la leí una vez. Seguramente invento cosas y olvido otras, pero aquella carta decía algo parecido a: 

Al fin me llegó el aviso. Espero ser el único, y que mientras escribo esto no haya ninguno de vosotros que este escribiendo algo parecido y que sienta el mismo miedo que se mueve por mi estomago como una maldita serpiente.

Aún no se lo he dicho a mis padres ni a Rebecca. Ni siquiera me atrevo a mirarles a los ojos. No quiero ser yo el que les de la noticia, ni ser el culpable de que su alegría se rompa por palabras que salgan de mi boca. Me pasa lo mismo con vosotros, así que prefiero no veros hasta que vuelva de Europa. Tampoco quiero que os apiadéis de mi.

Brindad por mí.

Hasta pronto amigos.

Nick

La caligrafía era clara, pero a ratos las letras se tumbaban hacia delante y en otras partes ocurría todo lo contrario, se echaban hacia atrás. La leí en el café frente al mercadillo, en la época que coleccionaba fotos antiguas de personas extrañas.

Estaba en París y mi francés no logró hacerle entender a la señora de la parada, donde poco rato antes había comprado la instantánea, que le quería devolver aquella fotografía, con la excusa de que estaba escrita por la parte trasera. Así que me la tuve que quedar.

Para librarme de ella intenté hacer ver que la olvidaba en algún otro café, pero siempre ocurría algo que me lo impedía. Unas veces el camarero u otro cliente me perseguían con la imagen del maldito americano en la mano, gritando “¡monsieur, monsieur!”, devolviéndome lo que pensaban que era mío. Otras, el plan parecía funcionar, pero varias calles después de lograrlo sentía una serpiente en el estomago, similar a la descrita por Nick en la carta. Y volvía a por ella, rezando porque aún estuviera donde la dejé, temblando de miedo. Ni siquiera me sirvió esconder la instantánea en un cajón y esperar a que el tiempo me echara una mano para zanjar el asunto. De nuevo la serpiente. 

Vencí el temor muchas veces, pero me resultó imposible separarme de ella. La fotografía se hizo un hueco en mi cartera y cada día, aunque me propusiera no hacerlo, veía varias veces la imagen de aquel sonriente rubio americano, que posaba con su camiseta sucia mientras arreglaba una moto. Me pasaba lo mismo con la portera portuguesa de mi estudio de Montmartre. 

Entonces era estudiante. Tenía, más o menos la misma edad que Nick, el de la foto, y mucho tiempo libre. Imagino que por eso inventé mil teorías del porqué había llegado a mí aquella maldita carta escrita tras un retrato. Pero no se trataba de una casualidad, seguro. Tenía que ser yo. Y fui yo durante muchos años. Las carteras envejecían y se deshilachaban. Cada vez me alejaba más de la edad del chico de la foto. La fotografía, en cambio, se mantenía casi intacta. Nunca me acostumbré a esa dependencia. Tampoco es cierto que la donase para premiar a nadie ni que lo hiciera para dar una lección de vida. Simplemente intenté librarme de ella, como tantas otras veces, pero esta vez funcionó. 

Al fin resultó bastante sencillo, aunque no me siento orgulloso de como lo conseguí. Hace unos meses celebramos el cumpleaños de mi hijo menor, su dieciocho aniversario. Compré un sobre y muy ceremonioso le entregue la foto de Nick y le dije: “Parece poca cosa, pero ya verás como te enseña mucho”. Después de cenar, acompañé a mi suegra a su casa. Volviendo conduje en dirección contraria a mi casa, dejando atrás aquella angustia que me tenía esclavizado hasta entonces. Abrí la ventanilla. El frío y el viento me impedían abrir los ojos. Sentía como el aire me deformaba las partes flácidas de mi cara. El retrovisor me reveló la patética expresión que tenía con la cabeza fuera del coche. Y  grité, fuerte, muy fuerte, un: “¡Adiós, Nick!”. 

 

GORKA ELLAKURÍA 

 

El BMW

No fue hasta la tercera vez que oí esos gritos que me levanté y me asomé por la ventana. “Abra la puerta del coche”, repetía todo el rato el hombre que armaba jaleo en la calle. Eran las 18:30, pero ya era de noche. El del coche no se decidía a entrar en el parking pese a que la compuerta estaba abierta. Quieto, en su asiento y con las manos al volante, permanecía sin hacer nada, y por supuesto, sin abrir la puerta. El hombre que estaba cabreado se cansó de esperar y la abrió desde fuera. Tenía acento argentino y lo hizo con tanta fuerza que se oyó un clack

Ahora que no había cristal entre ambos, empezó a gritar más. Esta vez cambio de frase, pero como antes hizo, la repitió más de cinco veces. “¿No ves que es una criatura, la querías chafar o qué?” Al otro lado del coche, junto a la puerta del copiloto, había un niño de unos ocho años, con unos rizos rubios.  

La gente que pasaba andando como si nada de aquello estuviese ocurriendo. El niño parecía estar ausente. Miraba unos cromos que lleva en su pequeña mano de niño de ocho años. No los pasaba, ni buscaba uno en concreto, observaba el taco en general, de una forma que alguno diría melancólica.

La voz del hombre del coche trataba de luchar con la del ofendido, pero poco pudo hacer. Era una voz de anciano, leve y aguda, que repetía todo el rato que lo sentía mucho. Conducía un BMW con llantas deportivas. Me fijé cuando el argentino le dijo la frase con la que zanjó la trifulca: “¿Qué te crees, que por tener un coche lo tenés todo en la vida?” Pensé que el coche era muy bonito, que me gustaría tenerlo a mí, y que el hombre del niño tenía muchos más problemas que aquel casi atropello de la criatura.

El BMW quedó parado con el motor aún encendido y las luces iluminando la compuerta del parking. Hacía como dos minutos que se había cerrado. El argentino y el niño marchaban calle abajo y al pasar bajo mi ventana el pequeño dijo: “Papa, me faltan cinco para acabar la cole”. Entonces supe que aquel tipo era su padre, y supe también que la voz del niño era leve y aguda.

Me senté en el sofá y volví a reemprender la lectura de un libro de detectives, muy malo y muy guarro. Cuando acabé la segunda página oí como se habría la compuerta del parking. Entonces supe también que el anciano, al fin, había decido entrar.

>>Gorka Ellakuría

El día que conocí a Lediakhov

En un verano en el que aún no perseguíamos a las chicas, y mi amigo I todavía estaba vivo, empezamos a colarnos en un club deportivo de la zona pija de Barcelona. Resultaba muy fácil saltar la verja y no teníamos que discutir con nadie por una portería.

Las niñas del club, con sus largas melenas y finas figuras, nos miraban jugar al fútbol mientras tomaban el sol. Nosotros intentábamos capturar una imagen de esos cuerpos casi desnudos, de reojo, para que no se notara; deseándolas y odiándolas de la misma forma, sin saber muy bien si les gustábamos o nos despreciaban. Recuerdo marcar un gol y ver a una rubia aplaudir con fuerza mientras me sonreía. Fue la primera vez que me sonrió una chica, de esa forma, claro.

Desde entonces mi obsesión fue el gol. Me enfadaba cuando no me la pasaban y me chupaba todas las jugadas (así llamábamos entonces a no pasar el balón. Pecar de individualista, vamos). Cada tanto mío, por malo que fuera, era ovacionado por aquella preciosa chica, que al parecer, tanto me admiraba. Sus palmas resonaban por todo el club, en un lugar donde lo normal era el silencio.

Aquel mes de julio me convertí, por primera vez, en el pichichi de mis amigos y probablemente en el jugador más joven en contar con una fan tan incondicional. Mis colegas se burlaban, decían que estaba enamorado y que esa niña no tenía ni idea de fútbol, porque de lo contrario no me aplaudiría precisamente a mí.

Desde aquel verano, ya lejano, se sentó una máxima en el grupo de amigos que aún hoy perdura: si había un guapo entre nosotros, ese era yo. Diez años después, nadie duda de ello. Siempre he pensado que tuve un golpe de suerte como el de Fermín, al que para hacerle rabiar le pusimos el mote de Fermín-galarga, y la broma acabó por alzarlo hasta el olimpo de los sementales. Incluso en el curso de mi hermano mayor hablaban del pene legendario de Fermín, y no sólo los chicos.

Aquel éxito me reportó una fama, que como he dicho, me ha acompañado desde entonces. Cuando conocíamos a una chica, siempre había alguno que le decía aquello de que yo era el guapo, y aunque seguramente hasta entonces no se había fijado en mí (no soy muy distinto al resto de mis amigos), desde ese momento pasaba a ser su objetivo de conquista. Las hermanas de mis amigos bajaban la mirada cuando entraba en sus casas, y sus madres me hablaban más a mí que al resto, cosa que tampoco es que me hiciera mucha gracia, salvo alguna excepción.

Han pasado más de diez años y creo que ha llegado el momento de reconocer que mi fama es tan inmerecida como lo fue la del pene de Fermín. Estas cosas no se pueden alargar, porque uno se acaba creyendo sus propias mentiras.

Mi status de guapo se lo debo a un saludo que hice a principios de aquel verano. Un día que, buscando un baño dentro del edificio del club, me encontré a unos cuantos compañeros del colegio y me preguntaron con sorna que qué coño hacía yo allí. Entonces rompí un silencio de varios segundos al grito de: ¡Lediakhov!

Por ese club de Barcelona se ejercitaba aquel ex jugador del Sporting de Gijón, ahora fofo, más triste que de costumbre, pero igual de rubio. En términos futbolísticos diré que el bueno de Lediakhov me había brindado un pase de la muerte que rematé de forma certera, salvándome así de las preguntas indiscretas de aquellos imbéciles de mi colegio.

Se me acercó, y su cara de bobalicón se iluminó. Me agitó mi fina mano varias veces al tiempo que me hacía saber que le parecía increíble que un crío de 14 años y de Barcelona supiese quien era él. Detrás suyo escuchaba y me observaba, con una mirada azul, su hija, una preciosa rusa de más o menos mi edad, la misma rubia que me aplaudiría durante todo aquel verano, quien sabe si para agradecerme aquel saludo que le alegró el día a su padre.

Gorka Ellakuría

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

 

 

 

 

 

Habitación con vistas

La habitación está mal decorada pero limpia. Joan Antoni descorre la cortina y la vuelve a correr. Con suerte su mujer no mirará las vistas y se ahorrará una nueva discusión. Lo cierto es que ella tenía razón, en aquellas fechas y en Santiago iba a ser difícil encontrar una habitación de hotel. Apenas la escuchó; sus  advertencias se habían convertido en rutinarias, habían perdido toda la fuerza que una advertencia requiere para que se considere como tal.

Unas semanas después llegó la gran bronca. No la voy a describir. Quizá les sirva recordar las discusiones entre sus padres o sus abuelos; mejor dicho, imagínense a ella abroncándole a él durante una larga media hora, por no mencionar los comentarios sobre el mismo tema que se cuelan en las siguientes conversaciones hasta dios sabe cuándo. La pareja se tuvo que conformar con aquella habitación a tres kilómetros de Santiago. Por si fuera poco, el hotel estaba junto a las vías del tren. Esto último me lo iba a guardar, pero ya que he empezado, lo cuento todo.

-Pues el baño no está nada mal, dijo ella al poco de llegar.

Entonces oyeron esa tremenda explosión. Miraron por la ventana y él le dijo que iría a la calle a ver qué había pasado; la mujer esperó en la habitación obedientemente. Joan Antoni bajó las escaleras a toda prisa- le parecieron más seguras que el ascensor, después de lo ocurrido- y a medida que se acercaba a la planta baja era más consciente que aquel tren descarrilado, que habían visto desde su habitación, estaría repleto de muertos.  Una vez fuera, y sin saber a dónde ir, se dejó llevar por los vecinos de la zona que, sin mediar palabra, lo cogieron del brazo y lo condujeron a las vías.

Al día siguiente estaban de vuelta en Girona o Barcelona -aunque parezca un narrador omnisciente hay cosas que se me escapan-. Algunos amigos y familiares se instalaron en su salón para que la pareja les explicara lo ocurrido. Habían visto a Joan Antoni sosteniendo a un herido en una fotografía que se publicó en muchos diarios. Él estaba en shock y se explicó de forma vaga, en apenas dos frases. Su mujer tampoco estaba para recibir invitados.

Pero lo cierto es que casi nada de esto pasó. Ni Joan Antoni estuvo allí, ni ayudó a los heridos, ni tuvo que aguantar la macabra curiosidad de sus conocidos. Lo que sí hizo fue dibujar una viñeta en la que se veía una vía retorcida junto a un toro de Osborne y un letrero que decía: Marca España.

Supongamos que lo que he contado hubiese ocurrido-y sé que es mucho suponer- el viñetista Joan Antoni hubiese seguido con sus ideales políticos, sus filias y sus fobias-como todos tenemos-, pero seguro que ni se le hubiese pasado por la cabeza esa indecente viñeta que salió en la web del Punt Avui (29 de julio) y que posteriormente tuvieron que retirar. Esa falta de humanidad se habría aplacado con un hecho traumático. Para solventar otros defectillos del dibujante (como su toque racista que demostró en su viñeta de unos días antes de la del tren y que ilustra el texto), para eso tendría que inventar otra historia, pero el calor aprieta y el personaje no merece tanta atención.

>>Gorka Ellakuría

Viñeta de Joan antoni Poch, publicada el 25 de julio de 2013 en el Punt Avui

Viñeta de Joan antoni Poch, publicada el 25 de julio de 2013 en el Punt Avui.

Un libro al día

Ochenta albóndigas de un tirón. Yo he visto comer eso a un chaval que apenas medía 1’50. Dudo que hayas visto algo parecido. Ni que jamás estuvieras en clase de sociales pendiente de la ventana por los diez minutos que un tonto como Riki juró que estaría colgado del alfeizar, a veinte metros del suelo. No quiero ser impertinente, pero sigo pensando que es imposible que conocieras a alguien como él. Podría decirte que era un loco, pero entonces simplificaría demasiado las cosas. Hablo en pasado porque a estas alturas dudo que esté vivo. Si lo está, es un milagro. Aunque ahora que pienso, de los tres años que fue compañero nuestro, siempre nos pareció que todo lo que hacía estaba rodeado de un aura milagrosa.

Aún recuerdo el día que llegó por primera vez a la escuela y cómo alguno de los chicos se rio de su acento. Por aquel entonces lo de la inmigración no era tan habitual como ahora, y que viniese un peruano a nuestro colegio de la zona alta de Barcelona era algo digno de contar el domingo, durante la comida familiar. Las burlas se acabaron cuando el nuevo lanzó su primer “reto”, como él los llamaba. Ahora no recuerdo cuál era, pero debía ser una burrada tan grande que ninguno de nosotros se atrevió a hacerlo. Él sí, por supuesto. Formaba parte de su particular regla de los retos: si lo proponías, lo tenías que hacer. En tres meses ya era el líder de la clase. Se enfrentó a todos los gallitos retándoles a que hicieran algo, y como no se atrevían, los bajaba al terreno de los no-guays. Tengo que recordarte que guay era una palabra que utilizábamos por entonces, lo digo por si lo has olvidado.

Saltar de un árbol altísimo a otro, matar una paloma con las manos, lanzarle desde la ventana un brick de zumo de melocotón (lleno, claro) al policía que dirigía el trafico frente al colegio, volverlo a intentar varios días hasta acertar en aquella cabezota con sombrero; todas aquellas cosas y muchas más las había hecho Riki. Se sentía obligado. “Un reto es un reto”, decía con solemnidad.

Nada le frenaba, así que se convirtió en el líder del colegio en apenas un año. Ni siquiera los mayores se atrevieron a aceptar uno de sus retos, precisamente porque, aunque fuéramos unos niñatos, sabíamos perfectamente que él no era como nosotros, él no tenía límite. Todos admirábamos a ese pirado que había cruzado el Atlántico para venir a nuestro colegio de barrio. Arturo, en cambio, pasaba. Era el empollón de clase y todo lo que no fuera estudiar parecía no existir para él. Fue entonces cuando Riki lanzó el último de sus retos. “Arturo, te reto a leer un libro al día durante un año”, le dijo con tanta formalidad como si le entregara un mensaje real. El empollón, ni contestó, pero la apuesta ya estaba echada.

Cuando estaba en la universidad me encontré con Alba, una amiga del colegio que era vecina de Riki. Me contó que en realidad no le habían expulsado. Aquello había sido un invento de la directora para que no supiéramos la verdad. A Riki lo ingresaron en San Boi, en un centro para locos, con un cristal en el pasillo que les impedía (a él y al resto de dementes) escaparse y con enfermeras que cuidaban de su medicación. Aquello ocurrió unos meses más tarde de que el peruano empezara a cumplir el reto de leer un libro al día. Al poco ya no hablábamos con él. Utilizaba unas palabras que nos parecían rarísimas a nosotros que apenas teníamos 12 años. En el patio se concentraba por acabar el libro que tenía entre manos. Recuerdo una de las extrañas palabras que empezó a utilizar. “Perorata” y no la he olvidado porque me la dijo a mí y porque la busqué en el diccionario mientras dábamos clase de matemáticas.

Alba también me dijo que la madre de Riki le había contado a la suya que de vez en cuando alguien se acercaba al psiquiátrico y dejaba un libro junto a una de las puertas de cristal. Al otro lado, Riki se desgañitaba y se daba golpes contra el cristal blindado, quién sabe si por cumplir con la apuesta o porque se había vuelto loco del todo. Alba dijo “alguien” y no pude creer que fuera tan ilusa. Era increíble que no hubiese caído que el cabrón que le dejaba los libros no podía ser otro que Arturo, “el matriculas”. >>Gorka Ellakuría

un libro al día

El portero suplente

Cuando salió de las duchas, ella ya no estaba. Volvió a entrar al vestuario y comprobó que el único que faltaba era Toni, el portero. ¿Cómo no me había dado cuenta?- se preguntó desesperado. Por como la miraba, por como hablaba de ella, era obvio que estaba obsesionado por conseguirla. Seguramente ya estaban los dos de camino a Lugo. Lo pensó mientras iba conduciendo hacía su casa, con el asiento del copiloto vacío. Miró su estantería. Entre los libros había un hueco reservado para esa copa que jamás tendría. Se la había birlado el portero suplente. >>Gorka Ellakuría

*Micro-relato (100palabras) para el concurso St. Jordi de la revista Panenka. Obligatorio que empiece por la frase: ” Cuando salió de las duchas, ella ya no estaba”.

http://www.panenka.org/charlas/una-rosa-un-libro-y-panenka/

Mono Print

Yo solo

Conozco tipos tan atemorizados por las manchas que agarran el tenedor como un cirujano sostiene un bisturí, rezando para que la mano no les juege una mala pasada y les arruine el día. No se trata de algo educacional, de eso estoy convencido. Mientras yo jugaba a engancharme las etiquetas de las botellas de Coca Cola en la frente, mi hermano examinaba con detalle su ropa varias veces durante cada comida.Lo cierto es que su preocupación se centraba más en mí. Para que se hagan una idea, fui capaz de derramarle dos Coca Colas encima suyo en lo que duró un vuelo París-Barcelona. Lo sé, la Coca Cola es mi aliado del mal, como lo es Karanka para Mou, pero todo es más difícil si tratas de hacerlo sin ayuda de nadie -ni de nada-.

Hay gente que prefiere hacer las cosas por su cuenta, sin la colaboración de otros. El otro día me contaron la de un ganadero de los Pirineos al que una vaca le corneó en el cuello, con la bendita suerte que no tocó la yugular. El hombre se sacó la camisa, se la ató al cuello y bajó la montaña conduciendo su Jeep hasta llegar a la ciudad en la que vive- en realidad es pueblo grande, pero ellos dicen que es ciudad-. En el trayecto pasó por pueblos, se cruzó con gente, pero no pidió ayuda a nadie.

Ahora habla como el Padrino, pero el tipo está bien. Juega a cartas, se toma sus carajillos y sigue dedicándose a las vacas. De hecho, aún conserva la que se decidió a matarlo, pero según él tenía sus razones. La res acababa de dar a luz a una ternera que murió al nacer y no pudo impedir que se la comieran los buitres. La naturaleza es cruel animalistas, aunque nos la pintéis de rosa.

Según dicen, en aquel bar se pudo oír la historia por boca del protagonista, pero después de que le pidieran que la repitiera por tercera vez, envió a todos los presentes a la mierda.

Ahora nadie habla del tema, pero cuando el solitario sale del café con el pañuelo que le tapa la garganta, algunos aseguran que hay algo más que sólo contó a unos pocos. Esos chismosos andan diciendo que tras llegar a la ciudad no fue directo al hospital, sino que primero fue a su casa a cambiarse de ropa. >>Gorka Ellakuría

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Latas de plaza

-Un euro amigo, me dijo el latero de la plaza.
Mi amigo de verdad hacía rato que me esperaba en un banco y ya tenía su cerveza en la mano. Llegué tarde adrede. Él hizo ver que no le molestaba, adrede también. Bebí la cerveza como si nada pero empecé a imaginar en qué sitios habría estado antes de ser morreada por mí. Cuentan historias, ¿sabes?, y no creérselas es tan insensato como tragarse a pies juntillas todo lo que dicen por ahí. No quiero ser desagradable, pero lo menos repulsivo que puede haber pasado es que estuvieran apiladas en un zulo lleno de ratas y de cucarachas, o que el pobre vendedor se las guardara en el culo temiendo que algún policía se las pudiera requisar.
La plaza estaba sucia y los niños corrían molestando a adultos que no eran sus padres. Yo miraba como un niño chutaba un balón con intención de dar a las parejitas de los bancos mientras esperaba a que mi amigo se dignara a hablar.
-Sabes que aquello es una entrada a un refugio anti aereo, dijo tras unos minutos de duelo silencioso.
-Claro tío, lo sabe cualquiera.
Pero en realidad no lo sabía. Sentí vergüenza y me juré que me convertiría en un experto de ese refugio de la Guerra Civil que ahora mismo no recuerdo como se llama.

>>Gorka Ellakuría

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El hechizo gitano

Nunca antes había bailado. Los que me conocéis podéis dar fe de ello. Incluso alguno puede salir con que le robe a su chica mientras él bailaba. Eso ya no lo puedo negar. Sé que suena extraño que un tío que no baila aparezca dos días después con la misma ropa diciendo que vuelve de bailar, pero debéis creerme. No fui yo, fueron ellos. Yo sólo entré a por cocacolas en un pub inglés.

En realidad, hacía tiempo que aquel sitio había dejado de ser un pub inglés. Me di cuenta cuando ya estaba dentro. Las paredes estaban pintadas con unos dibujos a lo Mortadelo y Filemón, pero en cutre. En la entrada había una mesa larga-tipo banquete- con un grupo que parecía salido de una peli española de los 70. Se reían y conversaban hasta que me vieron entrar y ,todos, como si lo tuvieran ensayado, hicieron una gran mueca. Cada uno a su estilo, claro. Me acerqué a la barra y un albano kosovar con un chándal adidas de los que llevan los ultras ingleses me dijo que fuera a la barra de dentro que allí no servían nada. Sus palabras sonaron a amenaza de muerte, de esas que no se repiten una segunda vez. Crucé aquel local, la pista de baile y sus pantallazas planas con la cara de Paz Padilla dando la matraca hasta que llegué a la segunda barra. Aquello era distinto, dos borrachines de bar, que en fin de año aún parecen más melancólicos, me observaban esperando a que cometiera algún error de bebedor novel, para hacérmelo saber.

–Dos cocacolas para llevar, dije, y ambos se miraron como diciéndose: “menudo marica”.

El camarero me dio las dos latas y al levantar el brazo le vi una gran marca amarilla de sudor que recorría su costado. Me fui cagando leches odiando a mis colegas que les había dado por aquel esnobismo de beber el whisky sólo con hielos. Nosotros que aún somos tan jóvenes deberíamos seguir bebiendo con cola.

Al seguir mis pasos me encontré la sala de baile abarrotada. Pasé sin mirar pero una mano me cogió y me arrastró al centro de la pista. Aquella gente hablaba un idioma muy extraño y tenían cabras, niños que bailan como mayores y viejos con sonrisas infantiles, con puros, bastones y acordeones. Solo faltaba Kosturica, que si estaba, no lo vi. Me hablaban y yo sonreía como un imbécil. Les debía hacer gracia el chico que había ido a por cocacolas. Lo entiendo, a mí también me haría gracia. Me haría mucha gracia, y si llego a estar con amigos quizá también me hubiera reído de él durante dos días. Porque hoy que es el segundo día del año y no he dejado de bailar. La culpa fue de esos gitanos, lo juro. Sus ritmos y sus risas me debieron hechizar. No se qué han hecho conmigo, sólo recuerdo bailar, como si no existiera vida o muerte, imitando a ese crío que sentía la música como si hubiera vivido mucho más que yo. >>Gorka Ellakuría

Wygrzywalski, Feliks Michal (1875-1944) - Gipsy Woman Dancing, two men playing guitar