Derby vintage

El derby madrileño fue un extraño espejismo del fútbol de antaño. Cuando se consideraba carga legal a empujones capaces de descalabrar a un toro y las tarjetas amarillas eran el último recurso del colegiado cuando la agresividad rozaba la violencia. En mi memoria, los últimos 80 y primeros 90. Aunque seguramente aquella manera de jugar partía de los orígenes del fútbol (1872), deporte inglés, gestado en las mismas tierras donde antes nació el boxeo (1743) y el rugby (1871). 

Lo que algunos tildan de permisividad arbitral como algo negativo a otros nos causa un autentico gozo. Que el ritmo no pare. Las peleas dentro del área de Costa y Sergio Ramos, la dureza de Pepe y Godín, o el imperialista juego de Xavi Alonso. Todo tan bello. Incluso las tácticas lazarilleras de Pepe y Costa para engañar al arbitro son actos sublimes, sobre todo teniendo en cuenta que saben que hay cien cámaras dando fe de su treta.

El empate fue una victoria para ambos. Para el Madrid porque se mantiene arriba y se sabe el más fuerte. Los atléticos comprobaron que la fe en esa pseudo-religión denominada Cholismo les sirve al menos para empatar contra el equipo más fuerte de Europa,  que no es poca cosa. Aunque después de 14 años sigan sin ganar a los blancos en su casa. Pero ahora el Atlético vuelve a estar entre los grandes, y sus derrotas se producen en las alturas, como las de Di Caprio en los Oscars. Quedaron atrás los añitos en el infierno. Ni siquiera escuece ya el recuerdo inevitable que se viene al ver al Mono Burgos por los banquillos del Calderón. Ejerce ya de abuelo cenizo que se empeña en recordar lo mal que lo pasaron en el pasado, inofensivo al fin.

Lo tiene más crudo el Barça, que ni se encuentra (como el Madrid) ni va sobrado de autoestima (como el Atlético). Los blaugranas siguen perdidos buscando, entre pitidos, el santo grial del “jogo bonito”. Al pobre Martino ya nadie le escucha, por más que les recuerde que aquello que persiguen ya murió, que los tiempos han cambiado y que a los blaugranas sólo les queda reinventarse. 

 Publicado antes en El Cotidiano

 

Dalí y Barcelona, un divorcio que dura ya 25 años

Existen muchas frases dichas o atribuidas a Salvador Dalí. “El que quiere interesar a los demás tiene que provocarlos”, es una de ellas. Pero 25 años después de su muerte, parece que al genio surrealista lo que le acompaña es un desinterés institucional nada casual. Desaire en Cataluña (exceptuando su Figueras natal y su rincón estival de Cadaqués), pero sobre todo en Barcelona. La realidad es que el pintor ampurdanés es todavía un personaje incomodo. “La izquierda nunca le perdonó su adscripción vaticana y franquista”, señala Josep Massot, periodista cultural y experto en Dalí y Miró. Y añade: “Y el nacionalismo, además de su colaboración con la dictadura, tiene aún presente su pose a favor de una España imperial”.

La efeméride del cuarto de siglo de la muerte del autor, que se cumplió el pasado día 23 de enero, se dibujaba como un momento ideal para Barcelona. Para potenciar la imagen de ciudad cosmopolita y firmar la paz con la memoria de Dalí. Pero de nuevo, silencio institucional. No se fijó en la agenda municipal ningún gran acto en memoria del pintor catalán. Tampoco se bautizó, al fin, una calle, plaza o estación con su nombre. La ciudad sigue adeudando al genio del surrealismo un espacio emblemático en su recuerdo.

 La explicación oficial del Ayuntamiento de Barcelona continua siendo la misma que ha mantenido durante todos estos años. SEGUIR LEYENDO

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El milagro de Santa Coloma

Faltan diez minutos para la misa de 12 y la parroquia San Juan Bautista de Santa Coloma de Gramanet (Barcelona) está casi llena. Por los altavoces se oye cantar a capela al párroco Francesc Espinar, que se detiene y con una media sonrisa dice: “¿Qué pasa, qué hoy no quieren cantar?“. Las señoras ríen. El cura vuelve a empezar. Lo hace con tanta efusividad que se le enrojece la cara. Camina de lado a lado, sobre un altar por el que se mueve como si fuese un escenario.

Hay algo de italiano en su forma de hablar, una especie de reminiscencia de sus años de formación en un pequeño pueblo napolitano. Los bancos de delante están ocupados por mujeres españolas de entre 70 y 80 años. “¿Tu hijo ya ha encontrado trabajo?“, pregunta una. La otra baja la mirada y niega con la cabeza. A un lado, los maridos comentan el tropiezo de liga del Barça contra el Valencia. Uno lleva el Marca y se queja: “Ay mi Betis, ese si que me hace sufrir”. SEGUIR LEYENDO

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Casillas, con ojos de Rimbaud

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Lo de Casillas es casi nuestra historia de los últimos años. Vivía en la cresta de la ola, se le acabó el mar y acabó por toparse con la arena. Ahora esta con ojos de Rimbaud, melancólico y con el orgullo hecho trizas. Un poco como un parado al que no le llegan ofertas. Su despertar fue Mourinho, que siguiendo con la metáfora sería algo así como la crisis personal del portero blanco. Primero llega sibilino, se instala y al tercer año te destroza (a Casillas y a la imagen del Madrid). Para redondear el drama de Shakespeare nos falta un italiano. Ese es Carleto, hombre de gesto amable, de ceja alta y maestro en el escapismo de problemas. Muy Rajoniano en su manera de entender la vida.

Y ahí sigue Casillas, de protagonista a jugador comparsa. “Para la Copa”, dicen los más desalmados. Los tipos tan grandes como Casillas pasaron una barrera por la que ya no pueden ser segundos. Son reyes o no son.  No me imagino a Pedro J. Ramírez deambulando por El Mundo satisfecho por haber acabado su columna mientras otros manejan el timón. Ya no sirven para la Copa.

A Iker se le ha puesto cara triste y cada día que pasa se habla menos de él. De indiscutible a discutido y de allí a olvidado, a la velocidad del rayo. Mou lo torturó y jugó con él, como también lo hizo con Adán y con Diego López, a los que puso en el disparadero mediático, a modo de chaleco anti-balas para cubrirse de su muy discutible manera de actuar y su pobrísima eficacia (una liga y una copa en tres años).

El portugués se marchó a Londres para afirmar aquello de que él es del Chelsea y del Inter. Pese a ello, aquí, en Madrid, muchos siguen dando palmas a ese entrenador que renegó de madridista y que se cargó a una de las leyendas del club blanco. El infortunio de Casillas es celebrado por algunos blancos, como si no existiera pasado merengue más allá de Mou. Es para ponerse melancólico. 

Gorka Ellakuría

Publicado antes en El Cotidiano

Cholismo contra la crisis

Cholismo

Salió Simeone antes del partido de Liga frente al Barça y dijo aquello de que eran el equipo del pueblo. Lo que en otro entrenador de otro equipo hubiese sido populismo barato, fue un momento (casi) místico. Reafirmó entonces algo que muchos intuíamos y deseábamos secretamente. El Cholo renunció a ser el último de los grandes y optó por tirar del carro de los diecisiete equipos restantes. El de los pobres. Un grupo lleno de deudas, desahucios, dimisiones, ansiedades y alguna que otra depresión. En la línea de lo que está viviendo el país. La vida del Madrid y del Barça, en cambio, continua siendo como la de los Blesa y cia, en sus tiempos en los que se creían los Lobos de Wall Street españoles: vida chulesca, cínica y tremendamente ostentosa; pornográfica pura.

El filosofo alemán G.W.F. Hegel afirmó que: “Sin pasión nada grande se ha llevado a cabo ni podrá llevarse.” En esa frase está la clave del éxito de este Cholismo que va camino de convertirse en un autentico movimiento social. Un tremendo chute anímico en una época de Orfidal y Prozak .

Los medios afines a los dos grandes lo miran como un capricho de pobre y nos machacan con esa cenizada de que sin rotaciones el Atleti se quedará sin fuerzas para pelear la liga. El discurso parece haber calado en la gente, y se repite por infinidad de voceros de barra de bar. Lo dicen pero no desean que sea así. Se puede ver en sus caras. El Cholo nos ha recordado que no siempre ganan los mismos, y no hablo sólo de fútbol.

Costa, Villa, Arda, Miranda, Gabi, Raúl García, Godín... Frente a las estrellas de los dos grandes estos tipos parecen arapientos vaqueros de vuelta de todo. Son El Grupo Salvaje de la Liga. Sin nada que perder. El sueño sigue mientras permanezcan arriba, en la pelea. El partido a partido de toda la vida, que en este Atleti tiene poco de topicazo.Un día llegarán a México, como en la peli de Sam Peckinpah, y todo se habrá acabado. Pero por favor, entonces, no escuchen a los que digan que ya lo decían, ni olviden tampoco lo bonito que está siendo el camino. 

Gorka Ellakuría

*Publicado antes en El Cotidiano

El BMW

No fue hasta la tercera vez que oí esos gritos que me levanté y me asomé por la ventana. “Abra la puerta del coche”, repetía todo el rato el hombre que armaba jaleo en la calle. Eran las 18:30, pero ya era de noche. El del coche no se decidía a entrar en el parking pese a que la compuerta estaba abierta. Quieto, en su asiento y con las manos al volante, permanecía sin hacer nada, y por supuesto, sin abrir la puerta. El hombre que estaba cabreado se cansó de esperar y la abrió desde fuera. Tenía acento argentino y lo hizo con tanta fuerza que se oyó un clack

Ahora que no había cristal entre ambos, empezó a gritar más. Esta vez cambio de frase, pero como antes hizo, la repitió más de cinco veces. “¿No ves que es una criatura, la querías chafar o qué?” Al otro lado del coche, junto a la puerta del copiloto, había un niño de unos ocho años, con unos rizos rubios.  

La gente que pasaba andando como si nada de aquello estuviese ocurriendo. El niño parecía estar ausente. Miraba unos cromos que lleva en su pequeña mano de niño de ocho años. No los pasaba, ni buscaba uno en concreto, observaba el taco en general, de una forma que alguno diría melancólica.

La voz del hombre del coche trataba de luchar con la del ofendido, pero poco pudo hacer. Era una voz de anciano, leve y aguda, que repetía todo el rato que lo sentía mucho. Conducía un BMW con llantas deportivas. Me fijé cuando el argentino le dijo la frase con la que zanjó la trifulca: “¿Qué te crees, que por tener un coche lo tenés todo en la vida?” Pensé que el coche era muy bonito, que me gustaría tenerlo a mí, y que el hombre del niño tenía muchos más problemas que aquel casi atropello de la criatura.

El BMW quedó parado con el motor aún encendido y las luces iluminando la compuerta del parking. Hacía como dos minutos que se había cerrado. El argentino y el niño marchaban calle abajo y al pasar bajo mi ventana el pequeño dijo: “Papa, me faltan cinco para acabar la cole”. Entonces supe que aquel tipo era su padre, y supe también que la voz del niño era leve y aguda.

Me senté en el sofá y volví a reemprender la lectura de un libro de detectives, muy malo y muy guarro. Cuando acabé la segunda página oí como se habría la compuerta del parking. Entonces supe también que el anciano, al fin, había decido entrar.

>>Gorka Ellakuría

El día que conocí a Lediakhov

En un verano en el que aún no perseguíamos a las chicas, y mi amigo I todavía estaba vivo, empezamos a colarnos en un club deportivo de la zona pija de Barcelona. Resultaba muy fácil saltar la verja y no teníamos que discutir con nadie por una portería.

Las niñas del club, con sus largas melenas y finas figuras, nos miraban jugar al fútbol mientras tomaban el sol. Nosotros intentábamos capturar una imagen de esos cuerpos casi desnudos, de reojo, para que no se notara; deseándolas y odiándolas de la misma forma, sin saber muy bien si les gustábamos o nos despreciaban. Recuerdo marcar un gol y ver a una rubia aplaudir con fuerza mientras me sonreía. Fue la primera vez que me sonrió una chica, de esa forma, claro.

Desde entonces mi obsesión fue el gol. Me enfadaba cuando no me la pasaban y me chupaba todas las jugadas (así llamábamos entonces a no pasar el balón. Pecar de individualista, vamos). Cada tanto mío, por malo que fuera, era ovacionado por aquella preciosa chica, que al parecer, tanto me admiraba. Sus palmas resonaban por todo el club, en un lugar donde lo normal era el silencio.

Aquel mes de julio me convertí, por primera vez, en el pichichi de mis amigos y probablemente en el jugador más joven en contar con una fan tan incondicional. Mis colegas se burlaban, decían que estaba enamorado y que esa niña no tenía ni idea de fútbol, porque de lo contrario no me aplaudiría precisamente a mí.

Desde aquel verano, ya lejano, se sentó una máxima en el grupo de amigos que aún hoy perdura: si había un guapo entre nosotros, ese era yo. Diez años después, nadie duda de ello. Siempre he pensado que tuve un golpe de suerte como el de Fermín, al que para hacerle rabiar le pusimos el mote de Fermín-galarga, y la broma acabó por alzarlo hasta el olimpo de los sementales. Incluso en el curso de mi hermano mayor hablaban del pene legendario de Fermín, y no sólo los chicos.

Aquel éxito me reportó una fama, que como he dicho, me ha acompañado desde entonces. Cuando conocíamos a una chica, siempre había alguno que le decía aquello de que yo era el guapo, y aunque seguramente hasta entonces no se había fijado en mí (no soy muy distinto al resto de mis amigos), desde ese momento pasaba a ser su objetivo de conquista. Las hermanas de mis amigos bajaban la mirada cuando entraba en sus casas, y sus madres me hablaban más a mí que al resto, cosa que tampoco es que me hiciera mucha gracia, salvo alguna excepción.

Han pasado más de diez años y creo que ha llegado el momento de reconocer que mi fama es tan inmerecida como lo fue la del pene de Fermín. Estas cosas no se pueden alargar, porque uno se acaba creyendo sus propias mentiras.

Mi status de guapo se lo debo a un saludo que hice a principios de aquel verano. Un día que, buscando un baño dentro del edificio del club, me encontré a unos cuantos compañeros del colegio y me preguntaron con sorna que qué coño hacía yo allí. Entonces rompí un silencio de varios segundos al grito de: ¡Lediakhov!

Por ese club de Barcelona se ejercitaba aquel ex jugador del Sporting de Gijón, ahora fofo, más triste que de costumbre, pero igual de rubio. En términos futbolísticos diré que el bueno de Lediakhov me había brindado un pase de la muerte que rematé de forma certera, salvándome así de las preguntas indiscretas de aquellos imbéciles de mi colegio.

Se me acercó, y su cara de bobalicón se iluminó. Me agitó mi fina mano varias veces al tiempo que me hacía saber que le parecía increíble que un crío de 14 años y de Barcelona supiese quien era él. Detrás suyo escuchaba y me observaba, con una mirada azul, su hija, una preciosa rusa de más o menos mi edad, la misma rubia que me aplaudiría durante todo aquel verano, quien sabe si para agradecerme aquel saludo que le alegró el día a su padre.

Gorka Ellakuría

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

 

 

 

 

 

Muchas veces he…

Muchas veces he advertido que tendemos a atribuir a nuestros amigos una estabilidad similar a la que adquieren en la mente del lector los caracteres literarios. Aunque abramos el Rey Lear montones de veces, nunca encontraremos al buen rey arrojando su escudilla en violenta rebeldía, olvidados todos los pesares, en una alegre reunión con sus tres hijas y sus perros falderos. […] Sean cuales fueren las evoluciones por las que tal o cual personaje popular ha pasado entre las tapas de un libro, su destino está fijado en nuestra mente y, de manera similar, esperamos que nuestros amigos se ajusten a tal o cual molde convencional que hemos acuñado para ellos. Así X nunca compondrá la música inmortal que no armonizaría con las sinfonías de segundo orden a que nos ha habituado. Y nunca cometerá un asesinato. En ninguna circunstancia Z nos traicionará. Lo hemos dispuesto todo en nuestra mente, y cuanto menos vemos a una persona determinada, es tanto más satisfactorio comprobar la obediencia con que se ajusta a nuestra noción de él cada vez que nos llegan noticias suyas. Cualquier desviación del destino que hemos ordenado nos impresionará no sólo por anómala, sino también por su falta de ética. Preferiríamos no haber conocido a nuestro vecino, el vendedor jubilado de salsichas calientes, si un día publica el libro de poesía más importante de su tiempo.

Extracto de Lolita, de Vladimir Nabokov.

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Habitación con vistas

La habitación está mal decorada pero limpia. Joan Antoni descorre la cortina y la vuelve a correr. Con suerte su mujer no mirará las vistas y se ahorrará una nueva discusión. Lo cierto es que ella tenía razón, en aquellas fechas y en Santiago iba a ser difícil encontrar una habitación de hotel. Apenas la escuchó; sus  advertencias se habían convertido en rutinarias, habían perdido toda la fuerza que una advertencia requiere para que se considere como tal.

Unas semanas después llegó la gran bronca. No la voy a describir. Quizá les sirva recordar las discusiones entre sus padres o sus abuelos; mejor dicho, imagínense a ella abroncándole a él durante una larga media hora, por no mencionar los comentarios sobre el mismo tema que se cuelan en las siguientes conversaciones hasta dios sabe cuándo. La pareja se tuvo que conformar con aquella habitación a tres kilómetros de Santiago. Por si fuera poco, el hotel estaba junto a las vías del tren. Esto último me lo iba a guardar, pero ya que he empezado, lo cuento todo.

-Pues el baño no está nada mal, dijo ella al poco de llegar.

Entonces oyeron esa tremenda explosión. Miraron por la ventana y él le dijo que iría a la calle a ver qué había pasado; la mujer esperó en la habitación obedientemente. Joan Antoni bajó las escaleras a toda prisa- le parecieron más seguras que el ascensor, después de lo ocurrido- y a medida que se acercaba a la planta baja era más consciente que aquel tren descarrilado, que habían visto desde su habitación, estaría repleto de muertos.  Una vez fuera, y sin saber a dónde ir, se dejó llevar por los vecinos de la zona que, sin mediar palabra, lo cogieron del brazo y lo condujeron a las vías.

Al día siguiente estaban de vuelta en Girona o Barcelona -aunque parezca un narrador omnisciente hay cosas que se me escapan-. Algunos amigos y familiares se instalaron en su salón para que la pareja les explicara lo ocurrido. Habían visto a Joan Antoni sosteniendo a un herido en una fotografía que se publicó en muchos diarios. Él estaba en shock y se explicó de forma vaga, en apenas dos frases. Su mujer tampoco estaba para recibir invitados.

Pero lo cierto es que casi nada de esto pasó. Ni Joan Antoni estuvo allí, ni ayudó a los heridos, ni tuvo que aguantar la macabra curiosidad de sus conocidos. Lo que sí hizo fue dibujar una viñeta en la que se veía una vía retorcida junto a un toro de Osborne y un letrero que decía: Marca España.

Supongamos que lo que he contado hubiese ocurrido-y sé que es mucho suponer- el viñetista Joan Antoni hubiese seguido con sus ideales políticos, sus filias y sus fobias-como todos tenemos-, pero seguro que ni se le hubiese pasado por la cabeza esa indecente viñeta que salió en la web del Punt Avui (29 de julio) y que posteriormente tuvieron que retirar. Esa falta de humanidad se habría aplacado con un hecho traumático. Para solventar otros defectillos del dibujante (como su toque racista que demostró en su viñeta de unos días antes de la del tren y que ilustra el texto), para eso tendría que inventar otra historia, pero el calor aprieta y el personaje no merece tanta atención.

>>Gorka Ellakuría

Viñeta de Joan antoni Poch, publicada el 25 de julio de 2013 en el Punt Avui

Viñeta de Joan antoni Poch, publicada el 25 de julio de 2013 en el Punt Avui.

Un libro al día

Ochenta albóndigas de un tirón. Yo he visto comer eso a un chaval que apenas medía 1’50. Dudo que hayas visto algo parecido. Ni que jamás estuvieras en clase de sociales pendiente de la ventana por los diez minutos que un tonto como Riki juró que estaría colgado del alfeizar, a veinte metros del suelo. No quiero ser impertinente, pero sigo pensando que es imposible que conocieras a alguien como él. Podría decirte que era un loco, pero entonces simplificaría demasiado las cosas. Hablo en pasado porque a estas alturas dudo que esté vivo. Si lo está, es un milagro. Aunque ahora que pienso, de los tres años que fue compañero nuestro, siempre nos pareció que todo lo que hacía estaba rodeado de un aura milagrosa.

Aún recuerdo el día que llegó por primera vez a la escuela y cómo alguno de los chicos se rio de su acento. Por aquel entonces lo de la inmigración no era tan habitual como ahora, y que viniese un peruano a nuestro colegio de la zona alta de Barcelona era algo digno de contar el domingo, durante la comida familiar. Las burlas se acabaron cuando el nuevo lanzó su primer “reto”, como él los llamaba. Ahora no recuerdo cuál era, pero debía ser una burrada tan grande que ninguno de nosotros se atrevió a hacerlo. Él sí, por supuesto. Formaba parte de su particular regla de los retos: si lo proponías, lo tenías que hacer. En tres meses ya era el líder de la clase. Se enfrentó a todos los gallitos retándoles a que hicieran algo, y como no se atrevían, los bajaba al terreno de los no-guays. Tengo que recordarte que guay era una palabra que utilizábamos por entonces, lo digo por si lo has olvidado.

Saltar de un árbol altísimo a otro, matar una paloma con las manos, lanzarle desde la ventana un brick de zumo de melocotón (lleno, claro) al policía que dirigía el trafico frente al colegio, volverlo a intentar varios días hasta acertar en aquella cabezota con sombrero; todas aquellas cosas y muchas más las había hecho Riki. Se sentía obligado. “Un reto es un reto”, decía con solemnidad.

Nada le frenaba, así que se convirtió en el líder del colegio en apenas un año. Ni siquiera los mayores se atrevieron a aceptar uno de sus retos, precisamente porque, aunque fuéramos unos niñatos, sabíamos perfectamente que él no era como nosotros, él no tenía límite. Todos admirábamos a ese pirado que había cruzado el Atlántico para venir a nuestro colegio de barrio. Arturo, en cambio, pasaba. Era el empollón de clase y todo lo que no fuera estudiar parecía no existir para él. Fue entonces cuando Riki lanzó el último de sus retos. “Arturo, te reto a leer un libro al día durante un año”, le dijo con tanta formalidad como si le entregara un mensaje real. El empollón, ni contestó, pero la apuesta ya estaba echada.

Cuando estaba en la universidad me encontré con Alba, una amiga del colegio que era vecina de Riki. Me contó que en realidad no le habían expulsado. Aquello había sido un invento de la directora para que no supiéramos la verdad. A Riki lo ingresaron en San Boi, en un centro para locos, con un cristal en el pasillo que les impedía (a él y al resto de dementes) escaparse y con enfermeras que cuidaban de su medicación. Aquello ocurrió unos meses más tarde de que el peruano empezara a cumplir el reto de leer un libro al día. Al poco ya no hablábamos con él. Utilizaba unas palabras que nos parecían rarísimas a nosotros que apenas teníamos 12 años. En el patio se concentraba por acabar el libro que tenía entre manos. Recuerdo una de las extrañas palabras que empezó a utilizar. “Perorata” y no la he olvidado porque me la dijo a mí y porque la busqué en el diccionario mientras dábamos clase de matemáticas.

Alba también me dijo que la madre de Riki le había contado a la suya que de vez en cuando alguien se acercaba al psiquiátrico y dejaba un libro junto a una de las puertas de cristal. Al otro lado, Riki se desgañitaba y se daba golpes contra el cristal blindado, quién sabe si por cumplir con la apuesta o porque se había vuelto loco del todo. Alba dijo “alguien” y no pude creer que fuera tan ilusa. Era increíble que no hubiese caído que el cabrón que le dejaba los libros no podía ser otro que Arturo, “el matriculas”. >>Gorka Ellakuría

un libro al día

Los peligros de un Leonard Cohen feo

Un día me dí cuenta de que me seguía un tipo y me metí en una casa de quinielas. Bueno, la verdad es que no me seguían a mí, fue a un amigo, pero éste me lo contó. Prefiero explicarlo tal y como fue. Yo ya tengo bastante con lo mío, porque la verdad es que no es muy creíble la historia, y uno ya tiene el San Benito de inventarse cosas.

El caso es que hay dos, uno parece que sigue al otro y el perseguido se mete en la tienda de loterías esperando dar esquinazo al que le persigue. Hace la quiniela y la sella; ya puestos. En la calle, apoyado en un coche, un señor de unos 60 años parece esperar a alguien, con el coxis hacia delante, a lo torero, y las manos en los bolsillos. Aquel era el que le estaba tocando las pelotas a mi amigo. Una especie de Leonard Cohen pero en feo. O eso me contó mi amigo, pero con lo poco que sabe de música, vete a saber si no se refería a Johnny Cash o alguno por el estilo, porque tenerle miedo a Leonard Cohen es de cobardón que no veas- eso no se lo dije, claro-. Estamos en que el Cohen feo seguía con lo suyo, a metro y medio de mi amigo, girando cuando el giraba, acelerando el paso cuando éste lo hacía y parándose a mirar los mismos escaparates en los que se detenía mi amigo.

¡Ah!, lo olvidaba, mi colega se llama Bruno, o se llamaba. Antes de conocerle pensaba que todos los que se llamaban Bruno eran tipos duros a los que les gustaba mandar, machos alfa vamos, pero te juro que si lo hubieras conocido habrías pensado que este tío no se podía llamar Bruno. Alguno de mis antiguos profes habrían dicho ahora aquello de la excepción que confirma la regla, pero no lo voy a decir yo, porque es una frase que siempre he pensado que debería ir acompañada de una buena hostia. Lo mismo me pasa con muchas otras, como con macho alfa.

Sigo, que me pierdo. A todo esto, Bruno no tenía suficientes agallas para girarse y preguntarle al Cohen feo o Cash feo que qué coño quería, así que se le ocurrió empezar a seguir a otro tío. Un pardillo, según me dijo. Hace gracia cuando un pardillo como Bruno habla de otros como él como si no fuera con él la cosa. Eran tres y al poco rato ya eran 10 y aquello parecía que no tenía fin. Cuando Bruno me escribió aquel What’s Up eterno eran unos 30 borregos sin rumbo alguno. El mensaje era para explicarme todo y para avisarme de que no saliera a la calle. En breve serían un gusano humano tan grande como la Diagonal de Barcelona. Tenía miedo de que me captaran a mí también. Menudo imbécil, pensé, ¡a mí me van a pillar! Luego me pareció todo tan raro que creí que era una mentira, pero no me cuadraba, el que se inventaba cosas era yo. Lo cierto es que de esto hace 10 días y no sé nada de él. Aún le tengo que contestar su What’s up. Quizá mañana. >>Gorka Ellakuría

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El portero suplente

Cuando salió de las duchas, ella ya no estaba. Volvió a entrar al vestuario y comprobó que el único que faltaba era Toni, el portero. ¿Cómo no me había dado cuenta?- se preguntó desesperado. Por como la miraba, por como hablaba de ella, era obvio que estaba obsesionado por conseguirla. Seguramente ya estaban los dos de camino a Lugo. Lo pensó mientras iba conduciendo hacía su casa, con el asiento del copiloto vacío. Miró su estantería. Entre los libros había un hueco reservado para esa copa que jamás tendría. Se la había birlado el portero suplente. >>Gorka Ellakuría

*Micro-relato (100palabras) para el concurso St. Jordi de la revista Panenka. Obligatorio que empiece por la frase: ” Cuando salió de las duchas, ella ya no estaba”.

http://www.panenka.org/charlas/una-rosa-un-libro-y-panenka/

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