Barcelona no quiere más turistas

Iryna, una turista rusa de 22 años, colgó cinco fotos en Instagram de su viaje a Barcelona. De esta forma sus conocidos pudieron saber de su paseo por el Barrio Gótico y de su visita a la Sagrada Familia y al Aquarium. En otra de las fotos la joven aparece posando en el Parque Güell, junto a dos pilares gaudinianos con los jardines de fondo. Hasta aquí nada extraño. La quinta instantánea es de una pared de cemento armado que poco tiene que ver con el genial arquitecto catalán, pero que se encuentra en los aledaños del lugar. En ese muro hay una pintada que reza: Tourist go home (turista vete a casa). La visitante moscovita publicó la fotografía junto a la siguiente frase escrita en ruso: “Barcelona hospitalaria”.

Tourist Go Home

Lo que podría ser una anécdota se ha convertido en una de las imágenes que Barcelona está transmitiendo al mundo. La de una ciudad que no quiere más turistas, que está saturada de tanta gente de paso. Una de las pruebas de que el mensaje se ha recibido en el exterior son los numerosos artículos hablando sobre las pintadas que han venido apareciendo en la prensa extranjera desde 2014. Varios medios anglosajones como The Guardian, Bloomberg o Reuters ya se han hecho eco del descontento de parte de los ciudadanos de la ciudad ante el incremento constante de turistas.

La redes sociales están llenas de imágenes tomadas en la ciudad. Instantáneas de paredes, escaleras mecánicas, buzones de correos, bancos del parque… un sinfín de fotografías que esconden mensajes contra el turista, la mayoría de las veces en inglés. El caso más flagrante quizá sea el de una factura compartida por un turista inglés. La captura nos muestra la cuenta de un bar del barrio de Vallcarca (junto al Parque Güell). Aunque parezca difícil de creer, el ticket también esconde una frase contra el visitante extranjero. “35, 70 euros. Mesa 10. Gracias por su visita. Gaudí hates you (Gaudí os odia)”.

Gaudíhatesyou

UN TURISMO EN CONSTANTE AUMENTO

El atractivo de la capital catalana parece no haber encontrado techo. Según datos de la oficina de turismo de Barcelona, en el año 1990 (dos años antes de las Olimpiadas) hubo 1.732.000 turistas que pasaron más de un día en la ciudad. Diez años después, en el 2000, casi se duplicó esa cifra alcanzando algo más de tres millones de visitas. Las cifras del último registro son de 2014 y nos revelan un aumento espectacular en el número de turistas: casi ocho millones de visitantes pernoctaron en la ciudad. En la actualidad, Barcelona es la cuarta ciudad europea preferida por el viajero internacional, por detrás solamente de Londres, París y Roma.

“Es un error señalar al turista como el culpable cuando los responsables están en el sector privado”, comenta el portavoz de la Asamblea de Barrios por un Turismo Sostenible (ABTS), que prefiere no revelar su identidad. “No es nuestra línea de actuación”, añade. La ABTS es una de las agrupaciones que han abanderado las protestas contra lo que consideran un turismo excesivo que está desvirtuando la esencia de la ciudad. Aunque reconoce: “cargando contra el turista logramos captar la atención mediática, de otra forma no se nos escucha”. El portavoz de esta asociación asegura no tener conocimiento de quién está detrás de las mencionadas pintadas y afirma que la organización no tiene vinculación con BComú (partido de Ada Colau) ni con cualquier otro partido político.

“La extrema izquierda se ha apropiado del discurso contra el turismo”, asegura Paco Sierra, portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Barcelona. “En las recientes manifestaciones okupas se pudieron ver lemas de este tipo. Es una actitud alentada por la CUP y BComú”.

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Iglesias apuesta en Barcelona por un referéndum de independencia para Cataluña

En su segunda parada electoral, Pablo Iglesias ha despejado pronto la incógnita de su postura frente a los anhelos soberanistas. El líder de Unidos Podemos ha reconocido en Barcelona que la formación que él lidera está por la labor de brindarle un referéndum de autodeterminación a Catalunya. Las varias miles de personas que se han acercado para arropar a Iglesias han celebrado tímidamente esa declaración de intenciones. En cambio, se han mostrado mucho más efusivos cuando las consignas iban dirigidas contra el Partido Popular (PP) o contra Albert Rivera, que han provocado el “Sí, se puede” general.

Ahora Podemos buscó un lugar con simbología para su acto en Catalunya. Con el Arco del Triunfo como telón de fondo, situado en el Paseo Lluís Companys. A la cita han acudido grupos de jubilados de pueblos cercanos a Catalunya ataviados con sombreros de paja con la marca de Podemos, camisetas lilas y banderas republicanas. También se han acercado muchos padres con hijos adolescentes, pese a la amenaza del sol de junio, en esta ocasión amortiguado por unas nubes que han regalado bastantes momentos de sombra. Y como viene siendo habitual desde que naciera Podemos, muchos universitarios, la mayoría luciendo camisetas con mensaje, del tipo: “Yo voté a Pablo”.

Ada Colau ha arrancado el acto, muy cómoda en su rol de alcaldesa y marcando terreno. “Siempre me hacen hablar la última y ahora me apetece hablar la primera”, ha apuntado. Ella ha sido la que ha mencionado por primera vez la necesidad de un referéndum para Catalunya y ha inaugurado dos términos que se repitieron en todos los discursos: fraternidad y pueblos. Pero la incógnita ha empezado a sobrevolar en el multitudinario ambiente tras las intervenciones de Íñigo Errejón y de Alberto Garzón. Ninguno ha mencionado el tema catalán. Solo los miembros de En Comú Podem habían insistido en el referéndum para Catalunya. Dos horas después de iniciarse el mitin ha tomado la palabra Pablo Iglesias en una intervención de apenas diez minutos. Errejón y Garzón le habían guardado la exclusiva al líder, pues fue Iglesias el que finalmente ha reconocido apostar por el derecho de los catalanes a votar su continuidad en España: “Queremos un referéndum en Catalunya y que los catalanes decidan su futuro”. Y ha añadido: “Aspiro a ser el presidente que escucha a Catalunya, que le reconoce sus derechos y que tiende puestos que otros volaron”.

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Agosto, en Barcelona

Camina un hombre mirando a ambos lados, a paso del que quiere ser alcanzado, evidentemente sin rumbo. Trata de disimular, por eso, que no tiene adonde ir, que lo está decidiendo mientras camina. Sus lentos bandazos sobre el asfalto le delatan. Es lo que hace todo hombre cuando pasea y no le espera nadie.

Se trata de un solitario más de mi barrio, en una zona donde son mayoría los que veranean fuera. Aquí, muchos comercios aún se pueden permitir el lujo, de otro tiempo, de bajar la persiana hasta septiembre. Entonces, libres de familias con perrito y de pijos disfrazados de hippies, los hombres solos y su sombra se muestran. Por supuesto, estaban allí desde siempre, pero no se les veía tan fácil como ahora, bajo el sol de agosto.

Los bares que permanecen abiertos parecen estar vacíos, pero resulta difícil encontrar mesa libre. Reina el silencio en esos sitios donde por un mes una sola persona puede ocupar una mesa para cuatro. Los sin familia se sientan a leer sus diarios o miran a los otros, sin que pase nada ni se oiga nada más que la cafetera del bar. A veces, nace un cruce de palabras entre dos solitarios, aunque no acostumbra a extenderse más allá de unas cuantas frases. En ese preciso momento Barcelona logra asemejarse más al París que yo viví. La fría ciudad llena de tipos que perdían el tiempo consigo mismos, pensando en sus cosas. O de aquellos otros que se deleitaban ante la vida de los demás, mientras pasaban las húmedas tardes de otoño sentados en la terraza de un café, fumando, utilizando el humo como cortina que ocultaba esos ojos que tanto miraban.

El agosto de Barcelona, de mi Barcelona, es el de las viudas y de los alcohólicos. De los chavales que vienen de otros barrios y esperan en la boca de metro para darle el palo a los quinceañeros de la zona; con sus bolsillos llenos y su fobia al dejo cani, propio del parloteo del adolescente de suburbio. Es el mes, también, de los separados y de los eternos solteros que se buscan y se encuentran en los bares oscuros con cortinas en los cristales, donde los gin tonics van a cinco euros. Se apropian de las calles las niñas rebeldes que se niegan a veranear con sus padres. Cuando no pasean regalando miradas, esperan, en sus casas vacías, al novio, que nunca se parece a mí cuando tenía su edad. Es el momento de los viejos, que se han quedado sin casa en la playa, porque van sus hijos con los niños. Son ellos los que ocupan los bancos en sombra, y forman improvisadas reuniones donde discuten sobre muchas cosas pero, sobre todo, en las que fardan de nietos.

Agosto es el mes del hombre que se lanzó a montar un quiosco cuando los quiosqueros renunciaban al oficio. Que se arruinó en año y medio y se puso de portero en la escalera de enfrente. Con los brazos en jarra, plantado en medio de la calle y  aburrido por la falta de vecinos a los que atender, siente el sol quemar su coronilla mientras mira, desde lo alto de Barcelona, el mar que brilla a lo lejos, como si fuera de papel de plata. 

Gorka Ellakuría

 

La Monumental, plaza fantasma

La polución mezclada con polvo cubre levemente los huevos blancos y azules que coronan la centenaria plaza de toros estilo bizantino. Unas finas grietas recorren la fachada de La Monumental de Barcelona y las contraventanas de madera que dan a la calle permanecen cerradas, incluso de día. En sus muros aún se pueden ver los disparos de bala de la Guerra Civil que detuvo para siempre la plaza. Fuera, si uno se fija, aún hay restos de pintura roja y un casi ilegible “asesino” escrito con pintura azul en uno de los escalones de entrada al coso.

La entrada izquierda permanece abierta y hoy, mayo de 2014, una familia con aspecto y acento yanki accede y pregunta en taquilla: “¿Cuándo es el siguiente espectáculo (when will be the next show)?” Les ofrecen el tour por la plaza y la visita al museo del toro por seis euros, pero nada de corridas (“no shows“). Poco después, un rubio alto y una asiática enfilan el camino hacia a las taquillas. Probablemente desconozcan también que desde hace casi tres años es imposible ver una corrida de toros en Barcelona. Desde la prohibición, la Monumental, último feudo taurino en activo de los tres que tuvo la ciudad Condal, malvive de mostrarse al turista y de albergar en su arena algún que otro circo ambulante.

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Dalí y Barcelona, un divorcio que dura ya 25 años

Existen muchas frases dichas o atribuidas a Salvador Dalí. “El que quiere interesar a los demás tiene que provocarlos”, es una de ellas. Pero 25 años después de su muerte, parece que al genio surrealista lo que le acompaña es un desinterés institucional nada casual. Desaire en Cataluña (exceptuando su Figueras natal y su rincón estival de Cadaqués), pero sobre todo en Barcelona. La realidad es que el pintor ampurdanés es todavía un personaje incomodo. “La izquierda nunca le perdonó su adscripción vaticana y franquista”, señala Josep Massot, periodista cultural y experto en Dalí y Miró. Y añade: “Y el nacionalismo, además de su colaboración con la dictadura, tiene aún presente su pose a favor de una España imperial”.

La efeméride del cuarto de siglo de la muerte del autor, que se cumplió el pasado día 23 de enero, se dibujaba como un momento ideal para Barcelona. Para potenciar la imagen de ciudad cosmopolita y firmar la paz con la memoria de Dalí. Pero de nuevo, silencio institucional. No se fijó en la agenda municipal ningún gran acto en memoria del pintor catalán. Tampoco se bautizó, al fin, una calle, plaza o estación con su nombre. La ciudad sigue adeudando al genio del surrealismo un espacio emblemático en su recuerdo.

 La explicación oficial del Ayuntamiento de Barcelona continua siendo la misma que ha mantenido durante todos estos años. SEGUIR LEYENDO

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El milagro de Santa Coloma

Faltan diez minutos para la misa de 12 y la parroquia San Juan Bautista de Santa Coloma de Gramanet (Barcelona) está casi llena. Por los altavoces se oye cantar a capela al párroco Francesc Espinar, que se detiene y con una media sonrisa dice: “¿Qué pasa, qué hoy no quieren cantar?“. Las señoras ríen. El cura vuelve a empezar. Lo hace con tanta efusividad que se le enrojece la cara. Camina de lado a lado, sobre un altar por el que se mueve como si fuese un escenario.

Hay algo de italiano en su forma de hablar, una especie de reminiscencia de sus años de formación en un pequeño pueblo napolitano. Los bancos de delante están ocupados por mujeres españolas de entre 70 y 80 años. “¿Tu hijo ya ha encontrado trabajo?“, pregunta una. La otra baja la mirada y niega con la cabeza. A un lado, los maridos comentan el tropiezo de liga del Barça contra el Valencia. Uno lleva el Marca y se queja: “Ay mi Betis, ese si que me hace sufrir”. SEGUIR LEYENDO

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El día que conocí a Lediakhov

En un verano en el que aún no perseguíamos a las chicas, y mi amigo I todavía estaba vivo, empezamos a colarnos en un club deportivo de la zona pija de Barcelona. Resultaba muy fácil saltar la verja y no teníamos que discutir con nadie por una portería.

Las niñas del club, con sus largas melenas y finas figuras, nos miraban jugar al fútbol mientras tomaban el sol. Nosotros intentábamos capturar una imagen de esos cuerpos casi desnudos, de reojo, para que no se notara; deseándolas y odiándolas de la misma forma, sin saber muy bien si les gustábamos o nos despreciaban. Recuerdo marcar un gol y ver a una rubia aplaudir con fuerza mientras me sonreía. Fue la primera vez que me sonrió una chica, de esa forma, claro.

Desde entonces mi obsesión fue el gol. Me enfadaba cuando no me la pasaban y me chupaba todas las jugadas (así llamábamos entonces a no pasar el balón. Pecar de individualista, vamos). Cada tanto mío, por malo que fuera, era ovacionado por aquella preciosa chica, que al parecer, tanto me admiraba. Sus palmas resonaban por todo el club, en un lugar donde lo normal era el silencio.

Aquel mes de julio me convertí, por primera vez, en el pichichi de mis amigos y probablemente en el jugador más joven en contar con una fan tan incondicional. Mis colegas se burlaban, decían que estaba enamorado y que esa niña no tenía ni idea de fútbol, porque de lo contrario no me aplaudiría precisamente a mí.

Desde aquel verano, ya lejano, se sentó una máxima en el grupo de amigos que aún hoy perdura: si había un guapo entre nosotros, ese era yo. Diez años después, nadie duda de ello. Siempre he pensado que tuve un golpe de suerte como el de Fermín, al que para hacerle rabiar le pusimos el mote de Fermín-galarga, y la broma acabó por alzarlo hasta el olimpo de los sementales. Incluso en el curso de mi hermano mayor hablaban del pene legendario de Fermín, y no sólo los chicos.

Aquel éxito me reportó una fama, que como he dicho, me ha acompañado desde entonces. Cuando conocíamos a una chica, siempre había alguno que le decía aquello de que yo era el guapo, y aunque seguramente hasta entonces no se había fijado en mí (no soy muy distinto al resto de mis amigos), desde ese momento pasaba a ser su objetivo de conquista. Las hermanas de mis amigos bajaban la mirada cuando entraba en sus casas, y sus madres me hablaban más a mí que al resto, cosa que tampoco es que me hiciera mucha gracia, salvo alguna excepción.

Han pasado más de diez años y creo que ha llegado el momento de reconocer que mi fama es tan inmerecida como lo fue la del pene de Fermín. Estas cosas no se pueden alargar, porque uno se acaba creyendo sus propias mentiras.

Mi status de guapo se lo debo a un saludo que hice a principios de aquel verano. Un día que, buscando un baño dentro del edificio del club, me encontré a unos cuantos compañeros del colegio y me preguntaron con sorna que qué coño hacía yo allí. Entonces rompí un silencio de varios segundos al grito de: ¡Lediakhov!

Por ese club de Barcelona se ejercitaba aquel ex jugador del Sporting de Gijón, ahora fofo, más triste que de costumbre, pero igual de rubio. En términos futbolísticos diré que el bueno de Lediakhov me había brindado un pase de la muerte que rematé de forma certera, salvándome así de las preguntas indiscretas de aquellos imbéciles de mi colegio.

Se me acercó, y su cara de bobalicón se iluminó. Me agitó mi fina mano varias veces al tiempo que me hacía saber que le parecía increíble que un crío de 14 años y de Barcelona supiese quien era él. Detrás suyo escuchaba y me observaba, con una mirada azul, su hija, una preciosa rusa de más o menos mi edad, la misma rubia que me aplaudiría durante todo aquel verano, quien sabe si para agradecerme aquel saludo que le alegró el día a su padre.

Gorka Ellakuría

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

 

 

 

 

 

Un libro al día

Ochenta albóndigas de un tirón. Yo he visto comer eso a un chaval que apenas medía 1’50. Dudo que hayas visto algo parecido. Ni que jamás estuvieras en clase de sociales pendiente de la ventana por los diez minutos que un tonto como Riki juró que estaría colgado del alfeizar, a veinte metros del suelo. No quiero ser impertinente, pero sigo pensando que es imposible que conocieras a alguien como él. Podría decirte que era un loco, pero entonces simplificaría demasiado las cosas. Hablo en pasado porque a estas alturas dudo que esté vivo. Si lo está, es un milagro. Aunque ahora que pienso, de los tres años que fue compañero nuestro, siempre nos pareció que todo lo que hacía estaba rodeado de un aura milagrosa.

Aún recuerdo el día que llegó por primera vez a la escuela y cómo alguno de los chicos se rio de su acento. Por aquel entonces lo de la inmigración no era tan habitual como ahora, y que viniese un peruano a nuestro colegio de la zona alta de Barcelona era algo digno de contar el domingo, durante la comida familiar. Las burlas se acabaron cuando el nuevo lanzó su primer “reto”, como él los llamaba. Ahora no recuerdo cuál era, pero debía ser una burrada tan grande que ninguno de nosotros se atrevió a hacerlo. Él sí, por supuesto. Formaba parte de su particular regla de los retos: si lo proponías, lo tenías que hacer. En tres meses ya era el líder de la clase. Se enfrentó a todos los gallitos retándoles a que hicieran algo, y como no se atrevían, los bajaba al terreno de los no-guays. Tengo que recordarte que guay era una palabra que utilizábamos por entonces, lo digo por si lo has olvidado.

Saltar de un árbol altísimo a otro, matar una paloma con las manos, lanzarle desde la ventana un brick de zumo de melocotón (lleno, claro) al policía que dirigía el trafico frente al colegio, volverlo a intentar varios días hasta acertar en aquella cabezota con sombrero; todas aquellas cosas y muchas más las había hecho Riki. Se sentía obligado. “Un reto es un reto”, decía con solemnidad.

Nada le frenaba, así que se convirtió en el líder del colegio en apenas un año. Ni siquiera los mayores se atrevieron a aceptar uno de sus retos, precisamente porque, aunque fuéramos unos niñatos, sabíamos perfectamente que él no era como nosotros, él no tenía límite. Todos admirábamos a ese pirado que había cruzado el Atlántico para venir a nuestro colegio de barrio. Arturo, en cambio, pasaba. Era el empollón de clase y todo lo que no fuera estudiar parecía no existir para él. Fue entonces cuando Riki lanzó el último de sus retos. “Arturo, te reto a leer un libro al día durante un año”, le dijo con tanta formalidad como si le entregara un mensaje real. El empollón, ni contestó, pero la apuesta ya estaba echada.

Cuando estaba en la universidad me encontré con Alba, una amiga del colegio que era vecina de Riki. Me contó que en realidad no le habían expulsado. Aquello había sido un invento de la directora para que no supiéramos la verdad. A Riki lo ingresaron en San Boi, en un centro para locos, con un cristal en el pasillo que les impedía (a él y al resto de dementes) escaparse y con enfermeras que cuidaban de su medicación. Aquello ocurrió unos meses más tarde de que el peruano empezara a cumplir el reto de leer un libro al día. Al poco ya no hablábamos con él. Utilizaba unas palabras que nos parecían rarísimas a nosotros que apenas teníamos 12 años. En el patio se concentraba por acabar el libro que tenía entre manos. Recuerdo una de las extrañas palabras que empezó a utilizar. “Perorata” y no la he olvidado porque me la dijo a mí y porque la busqué en el diccionario mientras dábamos clase de matemáticas.

Alba también me dijo que la madre de Riki le había contado a la suya que de vez en cuando alguien se acercaba al psiquiátrico y dejaba un libro junto a una de las puertas de cristal. Al otro lado, Riki se desgañitaba y se daba golpes contra el cristal blindado, quién sabe si por cumplir con la apuesta o porque se había vuelto loco del todo. Alba dijo “alguien” y no pude creer que fuera tan ilusa. Era increíble que no hubiese caído que el cabrón que le dejaba los libros no podía ser otro que Arturo, “el matriculas”. >>Gorka Ellakuría

un libro al día

Los peligros de un Leonard Cohen feo

Un día me dí cuenta de que me seguía un tipo y me metí en una casa de quinielas. Bueno, la verdad es que no me seguían a mí, fue a un amigo, pero éste me lo contó. Prefiero explicarlo tal y como fue. Yo ya tengo bastante con lo mío, porque la verdad es que no es muy creíble la historia, y uno ya tiene el San Benito de inventarse cosas.

El caso es que hay dos, uno parece que sigue al otro y el perseguido se mete en la tienda de loterías esperando dar esquinazo al que le persigue. Hace la quiniela y la sella; ya puestos. En la calle, apoyado en un coche, un señor de unos 60 años parece esperar a alguien, con el coxis hacia delante, a lo torero, y las manos en los bolsillos. Aquel era el que le estaba tocando las pelotas a mi amigo. Una especie de Leonard Cohen pero en feo. O eso me contó mi amigo, pero con lo poco que sabe de música, vete a saber si no se refería a Johnny Cash o alguno por el estilo, porque tenerle miedo a Leonard Cohen es de cobardón que no veas- eso no se lo dije, claro-. Estamos en que el Cohen feo seguía con lo suyo, a metro y medio de mi amigo, girando cuando el giraba, acelerando el paso cuando éste lo hacía y parándose a mirar los mismos escaparates en los que se detenía mi amigo.

¡Ah!, lo olvidaba, mi colega se llama Bruno, o se llamaba. Antes de conocerle pensaba que todos los que se llamaban Bruno eran tipos duros a los que les gustaba mandar, machos alfa vamos, pero te juro que si lo hubieras conocido habrías pensado que este tío no se podía llamar Bruno. Alguno de mis antiguos profes habrían dicho ahora aquello de la excepción que confirma la regla, pero no lo voy a decir yo, porque es una frase que siempre he pensado que debería ir acompañada de una buena hostia. Lo mismo me pasa con muchas otras, como con macho alfa.

Sigo, que me pierdo. A todo esto, Bruno no tenía suficientes agallas para girarse y preguntarle al Cohen feo o Cash feo que qué coño quería, así que se le ocurrió empezar a seguir a otro tío. Un pardillo, según me dijo. Hace gracia cuando un pardillo como Bruno habla de otros como él como si no fuera con él la cosa. Eran tres y al poco rato ya eran 10 y aquello parecía que no tenía fin. Cuando Bruno me escribió aquel What’s Up eterno eran unos 30 borregos sin rumbo alguno. El mensaje era para explicarme todo y para avisarme de que no saliera a la calle. En breve serían un gusano humano tan grande como la Diagonal de Barcelona. Tenía miedo de que me captaran a mí también. Menudo imbécil, pensé, ¡a mí me van a pillar! Luego me pareció todo tan raro que creí que era una mentira, pero no me cuadraba, el que se inventaba cosas era yo. Lo cierto es que de esto hace 10 días y no sé nada de él. Aún le tengo que contestar su What’s up. Quizá mañana. >>Gorka Ellakuría

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Yo solo

Conozco tipos tan atemorizados por las manchas que agarran el tenedor como un cirujano sostiene un bisturí, rezando para que la mano no les juege una mala pasada y les arruine el día. No se trata de algo educacional, de eso estoy convencido. Mientras yo jugaba a engancharme las etiquetas de las botellas de Coca Cola en la frente, mi hermano examinaba con detalle su ropa varias veces durante cada comida.Lo cierto es que su preocupación se centraba más en mí. Para que se hagan una idea, fui capaz de derramarle dos Coca Colas encima suyo en lo que duró un vuelo París-Barcelona. Lo sé, la Coca Cola es mi aliado del mal, como lo es Karanka para Mou, pero todo es más difícil si tratas de hacerlo sin ayuda de nadie -ni de nada-.

Hay gente que prefiere hacer las cosas por su cuenta, sin la colaboración de otros. El otro día me contaron la de un ganadero de los Pirineos al que una vaca le corneó en el cuello, con la bendita suerte que no tocó la yugular. El hombre se sacó la camisa, se la ató al cuello y bajó la montaña conduciendo su Jeep hasta llegar a la ciudad en la que vive- en realidad es pueblo grande, pero ellos dicen que es ciudad-. En el trayecto pasó por pueblos, se cruzó con gente, pero no pidió ayuda a nadie.

Ahora habla como el Padrino, pero el tipo está bien. Juega a cartas, se toma sus carajillos y sigue dedicándose a las vacas. De hecho, aún conserva la que se decidió a matarlo, pero según él tenía sus razones. La res acababa de dar a luz a una ternera que murió al nacer y no pudo impedir que se la comieran los buitres. La naturaleza es cruel animalistas, aunque nos la pintéis de rosa.

Según dicen, en aquel bar se pudo oír la historia por boca del protagonista, pero después de que le pidieran que la repitiera por tercera vez, envió a todos los presentes a la mierda.

Ahora nadie habla del tema, pero cuando el solitario sale del café con el pañuelo que le tapa la garganta, algunos aseguran que hay algo más que sólo contó a unos pocos. Esos chismosos andan diciendo que tras llegar a la ciudad no fue directo al hospital, sino que primero fue a su casa a cambiarse de ropa. >>Gorka Ellakuría

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Latas de plaza

-Un euro amigo, me dijo el latero de la plaza.
Mi amigo de verdad hacía rato que me esperaba en un banco y ya tenía su cerveza en la mano. Llegué tarde adrede. Él hizo ver que no le molestaba, adrede también. Bebí la cerveza como si nada pero empecé a imaginar en qué sitios habría estado antes de ser morreada por mí. Cuentan historias, ¿sabes?, y no creérselas es tan insensato como tragarse a pies juntillas todo lo que dicen por ahí. No quiero ser desagradable, pero lo menos repulsivo que puede haber pasado es que estuvieran apiladas en un zulo lleno de ratas y de cucarachas, o que el pobre vendedor se las guardara en el culo temiendo que algún policía se las pudiera requisar.
La plaza estaba sucia y los niños corrían molestando a adultos que no eran sus padres. Yo miraba como un niño chutaba un balón con intención de dar a las parejitas de los bancos mientras esperaba a que mi amigo se dignara a hablar.
-Sabes que aquello es una entrada a un refugio anti aereo, dijo tras unos minutos de duelo silencioso.
-Claro tío, lo sabe cualquiera.
Pero en realidad no lo sabía. Sentí vergüenza y me juré que me convertiría en un experto de ese refugio de la Guerra Civil que ahora mismo no recuerdo como se llama.

>>Gorka Ellakuría

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Sit Down

“Sit Down”– dijo con voz grave aquel negro inmenso y las dos señoras obedecieron descendiendo lentamente hasta quedar en cuclillas. Ahora sus caras estaban a la altura de los dos mastines. Les habían advertido que Nueva York era una ciudad muy peligrosa. Que debían ir con cuidado con los negros porque eran implacables con los blancos y también con los veteranos del Vietnam, que arrastraban su locura por la gran manzana fruto de los empachos de guerra y drogas. Que vigilaran con los tipos con gabardina que aguardaban en las esquinas para mostrarles sus encantos y, sobre todo, que estuvieran alerta en el metro con los locos que vivían obsesionados con lanzar a la vía al resto de usuarios, como si desearan eliminar a los demás con la finalidad de viajar solos. Por último, que no se dejaran engañar por las buenas formas de los hippies, ni confiaran de los que hablaban castellano.

Uyyy, esos son los peores- les dijo su amiga Carmeta mientras les advertía, en uno de los mejores cafés de l’Eixample barcelonés. Ella había estado varias veces y sus dos amigas, una viuda y la otra harta de su marido, habían acordado ir hasta allí, porque no les faltaba dinero, porque querían ver los escenarios de las películas de Hollywood y, sobre todo, por la aventura. Necesitaban de algún peligro que les hiciera sentir vivas. Las historias de su amiga, contadas con la malicia de una niña que disfruta asustando a los demás, no habían hecho más que acrecentar sus ganas de ir hasta allí.

Pero de todas las amenazas contadas e imaginadas, jamás se les pasó por la cabeza que debían ir con cuidado en los ascensores del hotel. ¿Quién iba a pensar que justo allí, bajando de la planta 22 al hall de entrada del Hilton, les iba a asaltar un negro con dos perros? No querían aventura, pues ya la tenían, y sin salir a la calle.

Cuando las dos burguesas del viejo continente miraron fijamente a los ojos de esos dos perros, sonó una risotada tan grave como el sonido de una tuba. El negro les hizo un gesto para que se incorporaran y comprendieron que lo de “sit down” iba dirigido a sus perros, no a ellas. Durante la brevísima bajada, aquel tipo no dejó de reír. Una vez abajo, con un gesto cortés dejó salir primero a las señoras y se despidió de ellas aún emborrachado de humor y con lágrimas en los ojos.

Ocho días después, ya de vuelta en Barcelona, invitaron a su amiga Carmeta a comer. Fueron a un buen restaurante porque en el viaje habían gastado mucho menos de lo previsto. No solo no les habían robado, sino que las siete noches en el Hilton les salieron gratis.

Lo supieron al marcharse. Cuando fueron a pagar, un conserje del hotel les entregó una tarjeta con algo escrito en inglés que no lograron entender. Un empleado mexicano les ayudó a descifrar la nota. Al parecer, aquel negro corría con todos los gastos, porque según había dejado escrito, no se había reído tanto en años. Su firma iba acompañada de un 23.

Ya de vuelta, al explicarle la historia a sus hijos y mostrarles la tarjeta, supieron que aquel tipo, a quién tanta gracia habían hecho como para pagarles siete noches en el Hilton, era Michel Jordan, el mejor jugador de baloncesto de la historia.

>>Gorka Ellakuría