Casillas, con ojos de Rimbaud

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Lo de Casillas es casi nuestra historia de los últimos años. Vivía en la cresta de la ola, se le acabó el mar y acabó por toparse con la arena. Ahora esta con ojos de Rimbaud, melancólico y con el orgullo hecho trizas. Un poco como un parado al que no le llegan ofertas. Su despertar fue Mourinho, que siguiendo con la metáfora sería algo así como la crisis personal del portero blanco. Primero llega sibilino, se instala y al tercer año te destroza (a Casillas y a la imagen del Madrid). Para redondear el drama de Shakespeare nos falta un italiano. Ese es Carleto, hombre de gesto amable, de ceja alta y maestro en el escapismo de problemas. Muy Rajoniano en su manera de entender la vida.

Y ahí sigue Casillas, de protagonista a jugador comparsa. “Para la Copa”, dicen los más desalmados. Los tipos tan grandes como Casillas pasaron una barrera por la que ya no pueden ser segundos. Son reyes o no son.  No me imagino a Pedro J. Ramírez deambulando por El Mundo satisfecho por haber acabado su columna mientras otros manejan el timón. Ya no sirven para la Copa.

A Iker se le ha puesto cara triste y cada día que pasa se habla menos de él. De indiscutible a discutido y de allí a olvidado, a la velocidad del rayo. Mou lo torturó y jugó con él, como también lo hizo con Adán y con Diego López, a los que puso en el disparadero mediático, a modo de chaleco anti-balas para cubrirse de su muy discutible manera de actuar y su pobrísima eficacia (una liga y una copa en tres años).

El portugués se marchó a Londres para afirmar aquello de que él es del Chelsea y del Inter. Pese a ello, aquí, en Madrid, muchos siguen dando palmas a ese entrenador que renegó de madridista y que se cargó a una de las leyendas del club blanco. El infortunio de Casillas es celebrado por algunos blancos, como si no existiera pasado merengue más allá de Mou. Es para ponerse melancólico. 

Gorka Ellakuría

Publicado antes en El Cotidiano

Camarón es de otra época

>Gorka Ellakuría

Gana España, a lo grande, casi sin esfuerzo. Antes de que acabe la primera parte ya se oyen vecinos celebrar la victoria y una hora después la fiesta se traslada a la calle. Es el tercer título consecutivo en menos de cuatro años de una generación de futbolistas inigualable que han situado el palmarés de la selección en el lugar que por juego, y por jugadores, debería haber ocupado desde mucho antes.

Celebra que celebrarás, recuerdo el largo camino que los que como yo hemos confiando siempre en la selección, ésta que ahora los modernos llaman “la roja” . Madrugones para ver los partidos del mundial de USA a horas que nunca imaginé que existían, sentado bien cerca de la televisión junto a mi hermano, como hacíamos los niños de antes del plasma. Un sentimiento que nació entonces y que vincularía siempre con la derrota y el infortunio. El ritual de iniciación finalizó de forma trágica. Salinas falló lo que ya no fallamos nunca: un mano a mano ante el portero (Pagliuca) y Luis Enrique salió del campo con la nariz destrozada por un codazo de Tassoti, que sentimos tan brutal e increíble como las ostias que se repartían Son Goku y compañía. Aquella Italia, además, tenía un jugador de dibujos animados llamado Baggio (injustamente olvidado por los obsesos en crear listas de mejores jugadores y demás) que deseábamos que fuera de los nuestros y  al que veneramos en silencio, por miedo a que nos consideraran traidores o chaqueteros.

Ese era el inicio de  aquellos años en que soñamos con ser los más buenos y siempre nos íbamos antes de tiempo. Salió cruz tantas veces como lanzamos la moneda. Como esos países del norte de Europa, que en mal momento, decidieron diseñar su euro prescindiendo de un lado que pudiera diferenciarse como la cara.

Salió cruz en la Euro del 96, en los penaltis ante los ingleses del histriónico Seaman; también en el Mundial de Francia del 98, cuando “Zubi” tocó un centro de Nigeria y se metió el balón en su portería. Una derrota que nos peso como una losa y que nos impidió pasar el grupo de clasificación; Cruz también en la Eurocopa del 2000, cuando Raúl falló el penalti que nos habría puesto por delante de Francia en el partido de cuartos y que nos eliminó con un gol del francés de origen argentino David Trezeguet; Cruz cuando nos tocó el arbitro egipcio que cortó las alas (anuló por fuera el centro de gol de Joaquín, …) de un equipo que jugó como nunca y que fue eliminado injustamente en los penaltis; Fue cruz también la eliminación del grupo de la Euro 2004  en favor de esos dos países que junto a nosotros los más rancios se empeñan en denominar PIGS. Ni Portugal ni Grecia jugaron como nosotros, pero aún así no pasamos; luego vendría el mundial del 2006 y los octavos frente a la Francia de Ribery, aquel tipo con cara de malo que con su gol jubiló para la selección, a Raúl, el ídolo, el mirlo blanco que jamás logró que nuestra suerte cambiara. Si es pesado leer tanta desventura, peor fue vivirlo.

Luego llegó la segunda oportunidad (tras el mundial de 2006) de Luís Aragonés. Aquel viejo loco, hombre del pasado, de la España rural de la que somos herederos, con un proyecto de futuro en esa cabeza que parecía hueca. Le dio estilo a la selección y vio en Xavi y en Casillas a los nuevos lideres que España necesitaba. Ganamos y entendimos muchas cosas. Entendimos cual era el camino, en quien debíamos confiar y el porqué del mote de “el sabio de Hortaleza”.

Acostumbrados a tanto infortunio, resulta difícil celebrar algo que parece tan fácil. Algunos no estamos acostumbrados aún a tanta alegría, y casi nos sentíamos más a gusto en la derrota y la desventura de aquellos equipos quijotescos, de mandíbula prieta y de mala leche en la mirada, que con esta generación de chicos de buenos gestos y dientes de anuncio.Todo tiene un porqué y sin duda es parte del cambio de España, que aún y estando perdida y sin rumbo aparente, avanzó durante 30 años lo que ningún país ha progresado en tan corto plazo. Aquello también fue un record, una gesta de todos que ha permitido que los jóvenes deportista nacieran sin el complejo y el miedo de decir sin ruborizarse el país en el que habían nacido.

Hoy se cumplen 20 años de la muerte del gran Camarón, que cantaba las penas de esa España que parecía maldita y que no se decidía a volar. Hoy, con la resaca de la victoria, cuando pensamos en la selección, esos lamentos parecen exagerados, de otra época.