Yo solo

Conozco tipos tan atemorizados por las manchas que agarran el tenedor como un cirujano sostiene un bisturí, rezando para que la mano no les juege una mala pasada y les arruine el día. No se trata de algo educacional, de eso estoy convencido. Mientras yo jugaba a engancharme las etiquetas de las botellas de Coca Cola en la frente, mi hermano examinaba con detalle su ropa varias veces durante cada comida.Lo cierto es que su preocupación se centraba más en mí. Para que se hagan una idea, fui capaz de derramarle dos Coca Colas encima suyo en lo que duró un vuelo París-Barcelona. Lo sé, la Coca Cola es mi aliado del mal, como lo es Karanka para Mou, pero todo es más difícil si tratas de hacerlo sin ayuda de nadie -ni de nada-.

Hay gente que prefiere hacer las cosas por su cuenta, sin la colaboración de otros. El otro día me contaron la de un ganadero de los Pirineos al que una vaca le corneó en el cuello, con la bendita suerte que no tocó la yugular. El hombre se sacó la camisa, se la ató al cuello y bajó la montaña conduciendo su Jeep hasta llegar a la ciudad en la que vive- en realidad es pueblo grande, pero ellos dicen que es ciudad-. En el trayecto pasó por pueblos, se cruzó con gente, pero no pidió ayuda a nadie.

Ahora habla como el Padrino, pero el tipo está bien. Juega a cartas, se toma sus carajillos y sigue dedicándose a las vacas. De hecho, aún conserva la que se decidió a matarlo, pero según él tenía sus razones. La res acababa de dar a luz a una ternera que murió al nacer y no pudo impedir que se la comieran los buitres. La naturaleza es cruel animalistas, aunque nos la pintéis de rosa.

Según dicen, en aquel bar se pudo oír la historia por boca del protagonista, pero después de que le pidieran que la repitiera por tercera vez, envió a todos los presentes a la mierda.

Ahora nadie habla del tema, pero cuando el solitario sale del café con el pañuelo que le tapa la garganta, algunos aseguran que hay algo más que sólo contó a unos pocos. Esos chismosos andan diciendo que tras llegar a la ciudad no fue directo al hospital, sino que primero fue a su casa a cambiarse de ropa. >>Gorka Ellakuría

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El cuarto Cardhu

Con un Habano en la mano y sin saber como fumarlo, veíamos como la novia se acercaba a las mesas a saludar. Algún amigo nos hacía creer que sí sabía y nos explicaba como se debía prender el puro o de qué forma teníamos que aspirar el humo de aquel cigarro cuyo olor todavía asocio a la vejez. Niños jugando a ser mayores con edad de ser adultos. La imagen de la hermana de nuestros amigos vestida de blanco nos evidenciaba lo que nos resistimos a aceptar.

En los años en los que aún no iba de boda fui un experto esquivando a los hermanos mayores de mis amigos por miedo a ser juzgado por alguien unos años más experimentado. Ahora empleo la misma táctica para no encontrarme con estos mismos paseando a un bebe, que sin culpa alguna, sería el responsable del vértigo existencial que sufriría durante unos días.

Tanto yo como mis amigos, después de un chute tan fuerte y prolongado de dura realidad, salimos disparados hacía la barra libre. Bailando y bebiendo como animales, nos sentíamos capaces de restregar nuestra juventud al resto. Queríamos infundir a todo aquel que mirara el mismo vértigo que el hijo de un amigo nos producía a nosotros. Pero por más que bailáramos, por más bebiéramos, no lográbamos diferenciarnos de los demás. Nos sentíamos como ciclistas mediocres que atacan en un puerto de montaña al líder y éste los alcanza poco después y sin esfuerzo. Miraras donde miraras un hombre, con edad de estar jubilado, bailaba, bebía y hacía reír al resto más que nosotros.

Entonces algunos nos sentamos en las mesas. Junto a mí había un octogenario con un whisky en la mano. Me dijo que era su cuarto Cardhu y que lo tomaba sin hielo porque eso era “desgraciarlo”. Escondí mi copa. Si el hielo le parecía un pecado imagínate el sermón que me podía caer si se enteraba de que además lo mezclaba con Coca-Cola. Luego me di cuenta de que yo no le importaba nada, tan sólo era la excusa para decir lo que quería y que no le acusaran de hablar sólo. Al poco rato empezó a hablar de mujeres , insistiendo en la suerte que teníamos los jóvenes de ahora pudiendo besarlas sin antes pasar por el altar. Repitió el argumento varias veces pero al final en vez de “besarlas” decía “hacerles el amor”. Luego se ruborizó, se quitó las gafas y me pidió disculpas, porque según él, estaba “desbarrando”. Le dije que no pasaba nada. Estuvimos en silencio. Él miraba a las mujeres bailar y yo le miraba a él. Nos separaba una vida, y aún así, no éramos tan distintos.

>Gorka Ellakuría