¡Adiós, Nick!

Creo recordarla bastante bien. Aunque la tuve muchos años, sólo la leí una vez. Seguramente invento cosas y olvido otras, pero aquella carta decía algo parecido a: 

Al fin me llegó el aviso. Espero ser el único, y que mientras escribo esto no haya ninguno de vosotros que este escribiendo algo parecido y que sienta el mismo miedo que se mueve por mi estomago como una maldita serpiente.

Aún no se lo he dicho a mis padres ni a Rebecca. Ni siquiera me atrevo a mirarles a los ojos. No quiero ser yo el que les de la noticia, ni ser el culpable de que su alegría se rompa por palabras que salgan de mi boca. Me pasa lo mismo con vosotros, así que prefiero no veros hasta que vuelva de Europa. Tampoco quiero que os apiadéis de mi.

Brindad por mí.

Hasta pronto amigos.

Nick

La caligrafía era clara, pero a ratos las letras se tumbaban hacia delante y en otras partes ocurría todo lo contrario, se echaban hacia atrás. La leí en el café frente al mercadillo, en la época que coleccionaba fotos antiguas de personas extrañas.

Estaba en París y mi francés no logró hacerle entender a la señora de la parada, donde poco rato antes había comprado la instantánea, que le quería devolver aquella fotografía, con la excusa de que estaba escrita por la parte trasera. Así que me la tuve que quedar.

Para librarme de ella intenté hacer ver que la olvidaba en algún otro café, pero siempre ocurría algo que me lo impedía. Unas veces el camarero u otro cliente me perseguían con la imagen del maldito americano en la mano, gritando “¡monsieur, monsieur!”, devolviéndome lo que pensaban que era mío. Otras, el plan parecía funcionar, pero varias calles después de lograrlo sentía una serpiente en el estomago, similar a la descrita por Nick en la carta. Y volvía a por ella, rezando porque aún estuviera donde la dejé, temblando de miedo. Ni siquiera me sirvió esconder la instantánea en un cajón y esperar a que el tiempo me echara una mano para zanjar el asunto. De nuevo la serpiente. 

Vencí el temor muchas veces, pero me resultó imposible separarme de ella. La fotografía se hizo un hueco en mi cartera y cada día, aunque me propusiera no hacerlo, veía varias veces la imagen de aquel sonriente rubio americano, que posaba con su camiseta sucia mientras arreglaba una moto. Me pasaba lo mismo con la portera portuguesa de mi estudio de Montmartre. 

Entonces era estudiante. Tenía, más o menos la misma edad que Nick, el de la foto, y mucho tiempo libre. Imagino que por eso inventé mil teorías del porqué había llegado a mí aquella maldita carta escrita tras un retrato. Pero no se trataba de una casualidad, seguro. Tenía que ser yo. Y fui yo durante muchos años. Las carteras envejecían y se deshilachaban. Cada vez me alejaba más de la edad del chico de la foto. La fotografía, en cambio, se mantenía casi intacta. Nunca me acostumbré a esa dependencia. Tampoco es cierto que la donase para premiar a nadie ni que lo hiciera para dar una lección de vida. Simplemente intenté librarme de ella, como tantas otras veces, pero esta vez funcionó. 

Al fin resultó bastante sencillo, aunque no me siento orgulloso de como lo conseguí. Hace unos meses celebramos el cumpleaños de mi hijo menor, su dieciocho aniversario. Compré un sobre y muy ceremonioso le entregue la foto de Nick y le dije: “Parece poca cosa, pero ya verás como te enseña mucho”. Después de cenar, acompañé a mi suegra a su casa. Volviendo conduje en dirección contraria a mi casa, dejando atrás aquella angustia que me tenía esclavizado hasta entonces. Abrí la ventanilla. El frío y el viento me impedían abrir los ojos. Sentía como el aire me deformaba las partes flácidas de mi cara. El retrovisor me reveló la patética expresión que tenía con la cabeza fuera del coche. Y  grité, fuerte, muy fuerte, un: “¡Adiós, Nick!”. 

 

GORKA ELLAKURÍA 

 

Yo solo

Conozco tipos tan atemorizados por las manchas que agarran el tenedor como un cirujano sostiene un bisturí, rezando para que la mano no les juege una mala pasada y les arruine el día. No se trata de algo educacional, de eso estoy convencido. Mientras yo jugaba a engancharme las etiquetas de las botellas de Coca Cola en la frente, mi hermano examinaba con detalle su ropa varias veces durante cada comida.Lo cierto es que su preocupación se centraba más en mí. Para que se hagan una idea, fui capaz de derramarle dos Coca Colas encima suyo en lo que duró un vuelo París-Barcelona. Lo sé, la Coca Cola es mi aliado del mal, como lo es Karanka para Mou, pero todo es más difícil si tratas de hacerlo sin ayuda de nadie -ni de nada-.

Hay gente que prefiere hacer las cosas por su cuenta, sin la colaboración de otros. El otro día me contaron la de un ganadero de los Pirineos al que una vaca le corneó en el cuello, con la bendita suerte que no tocó la yugular. El hombre se sacó la camisa, se la ató al cuello y bajó la montaña conduciendo su Jeep hasta llegar a la ciudad en la que vive- en realidad es pueblo grande, pero ellos dicen que es ciudad-. En el trayecto pasó por pueblos, se cruzó con gente, pero no pidió ayuda a nadie.

Ahora habla como el Padrino, pero el tipo está bien. Juega a cartas, se toma sus carajillos y sigue dedicándose a las vacas. De hecho, aún conserva la que se decidió a matarlo, pero según él tenía sus razones. La res acababa de dar a luz a una ternera que murió al nacer y no pudo impedir que se la comieran los buitres. La naturaleza es cruel animalistas, aunque nos la pintéis de rosa.

Según dicen, en aquel bar se pudo oír la historia por boca del protagonista, pero después de que le pidieran que la repitiera por tercera vez, envió a todos los presentes a la mierda.

Ahora nadie habla del tema, pero cuando el solitario sale del café con el pañuelo que le tapa la garganta, algunos aseguran que hay algo más que sólo contó a unos pocos. Esos chismosos andan diciendo que tras llegar a la ciudad no fue directo al hospital, sino que primero fue a su casa a cambiarse de ropa. >>Gorka Ellakuría

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