¡Adiós, Nick!

Creo recordarla bastante bien. Aunque la tuve muchos años, sólo la leí una vez. Seguramente invento cosas y olvido otras, pero aquella carta decía algo parecido a: 

Al fin me llegó el aviso. Espero ser el único, y que mientras escribo esto no haya ninguno de vosotros que este escribiendo algo parecido y que sienta el mismo miedo que se mueve por mi estomago como una maldita serpiente.

Aún no se lo he dicho a mis padres ni a Rebecca. Ni siquiera me atrevo a mirarles a los ojos. No quiero ser yo el que les de la noticia, ni ser el culpable de que su alegría se rompa por palabras que salgan de mi boca. Me pasa lo mismo con vosotros, así que prefiero no veros hasta que vuelva de Europa. Tampoco quiero que os apiadéis de mi.

Brindad por mí.

Hasta pronto amigos.

Nick

La caligrafía era clara, pero a ratos las letras se tumbaban hacia delante y en otras partes ocurría todo lo contrario, se echaban hacia atrás. La leí en el café frente al mercadillo, en la época que coleccionaba fotos antiguas de personas extrañas.

Estaba en París y mi francés no logró hacerle entender a la señora de la parada, donde poco rato antes había comprado la instantánea, que le quería devolver aquella fotografía, con la excusa de que estaba escrita por la parte trasera. Así que me la tuve que quedar.

Para librarme de ella intenté hacer ver que la olvidaba en algún otro café, pero siempre ocurría algo que me lo impedía. Unas veces el camarero u otro cliente me perseguían con la imagen del maldito americano en la mano, gritando “¡monsieur, monsieur!”, devolviéndome lo que pensaban que era mío. Otras, el plan parecía funcionar, pero varias calles después de lograrlo sentía una serpiente en el estomago, similar a la descrita por Nick en la carta. Y volvía a por ella, rezando porque aún estuviera donde la dejé, temblando de miedo. Ni siquiera me sirvió esconder la instantánea en un cajón y esperar a que el tiempo me echara una mano para zanjar el asunto. De nuevo la serpiente. 

Vencí el temor muchas veces, pero me resultó imposible separarme de ella. La fotografía se hizo un hueco en mi cartera y cada día, aunque me propusiera no hacerlo, veía varias veces la imagen de aquel sonriente rubio americano, que posaba con su camiseta sucia mientras arreglaba una moto. Me pasaba lo mismo con la portera portuguesa de mi estudio de Montmartre. 

Entonces era estudiante. Tenía, más o menos la misma edad que Nick, el de la foto, y mucho tiempo libre. Imagino que por eso inventé mil teorías del porqué había llegado a mí aquella maldita carta escrita tras un retrato. Pero no se trataba de una casualidad, seguro. Tenía que ser yo. Y fui yo durante muchos años. Las carteras envejecían y se deshilachaban. Cada vez me alejaba más de la edad del chico de la foto. La fotografía, en cambio, se mantenía casi intacta. Nunca me acostumbré a esa dependencia. Tampoco es cierto que la donase para premiar a nadie ni que lo hiciera para dar una lección de vida. Simplemente intenté librarme de ella, como tantas otras veces, pero esta vez funcionó. 

Al fin resultó bastante sencillo, aunque no me siento orgulloso de como lo conseguí. Hace unos meses celebramos el cumpleaños de mi hijo menor, su dieciocho aniversario. Compré un sobre y muy ceremonioso le entregue la foto de Nick y le dije: “Parece poca cosa, pero ya verás como te enseña mucho”. Después de cenar, acompañé a mi suegra a su casa. Volviendo conduje en dirección contraria a mi casa, dejando atrás aquella angustia que me tenía esclavizado hasta entonces. Abrí la ventanilla. El frío y el viento me impedían abrir los ojos. Sentía como el aire me deformaba las partes flácidas de mi cara. El retrovisor me reveló la patética expresión que tenía con la cabeza fuera del coche. Y  grité, fuerte, muy fuerte, un: “¡Adiós, Nick!”. 

 

GORKA ELLAKURÍA 

 

Con los puños en la masa

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Estuvo a punto de competir en las olimpiadas de Atlanta 1996, pero un accidente lo apartó del boxeo y del sueño olímpico. Derrotado, Fabián Martín supo reinventarse hasta convertirse en campeón del mundo de pizzas. Hoy tiene cuatro restaurantes y planea abrir un negocio en Nueva York. 

Habla del futuro con cautela. Se niega a bajar los brazos, como si se cubriera la cara ante un poderoso contrincante invisible. Fabián Martín, campeón del mundo de pizzas, exboxeador profesional y famoso restaurador barcelonés asegura que casi todo en la vida le ha llegado por casualidad. “Ni celebré mucho los premios, por si acaso”, cuenta él mismo.  El miedo a lo que vendrá está presente en la mirada de un hombre que ha conocido los caprichosos giros del destino. Su cara apenas revela su pasado de púgil, más allá de una nariz hundida a lo De Niro y un pequeño hoyo en el pómulo que sólo aparece cuando el cocinero sonríe. Sus manos son menos fieles y le delatan, pues cuando habla las mueve como solo lo haría un boxeador.

Acostumbrado a perder contra la mala suerte, el 3 de marzo de 2007, Fabián logró noquear a la sombra que no le dejaba triunfar. Aquel día se proclama campeón del mundo de pizzas. La victoria de su vida la cuenta en directo el mismísimo Matías Prats en el informativo de la noche de Antena 3, en un conexión con Nueva York que abrió el telediario. El ganador habla entonces a cámara con ese acento suyo entre almeriense y francés. El espectador ve a un español convertido en el primer no italiano en ganar este título culinario (ganó también en la modalidad de malabarismo). Lo que desconoce es que están viendo a un tipo al que por primera vez le sonríe la suerte. De ahí a la primera fila mediática. Miles de entrevistas, campañas de publicidad, apariciones en programas de televisión. Hoy, seis años después, cuenta con tres restaurantes en Barcelona y uno en Llívia (Pirineo catalán) y tiene pensado, como proyecto definitivo, abrir una pizzería en Nueva York. Por el camino se embolsó otro campeonato mundial, en 2009 y en Nápoles, la tierra que vio nacer a las pizzas.

Estamos ante el Fabián de hoy. Pero antes hubo otro. Un chico de 26 años que se entrenaba en Madrid con la selección nacional de boxeo. Que estaba preseleccionado para competir en las olimpiadas de Atlanta 1996. Un peso Welter que se había hecho un nombre en Francia y después en España. De la quinta de los Hermanos Trozzo, Charpantier, Castañeda, Guerrero, Faustino Reyes o el Potro de Vallecas.

Publicado en ZOOMNEWS.es

Nebraska, tierra prometida

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Primera escena. Un viejo, que a duras penas se aguanta en pie, camina junto a una carretera hasta que un coche de policía lo detiene. El agente le pregunta que a dónde va y de dónde viene. Dos cuestiones lanzadas sin más, pero que desde la butaca del cine impactan como lo que son: los dos grandes interrogantes de la vida de todo hombre. Así, con ese momento veladamente trascendente, arranca la extraordinaria película Nebraska (2013). Rodada por Alexander Payne (Los descendientes, Entre copas…) y desde el pasado sábado, nuevo largometraje víctima (y ya son centenares) de las injusticias de los premios Oscars. 

Payne, nacido curiosamente en el estado de Nebraska en 1961, se sirve de la carretera como cordón umbilical entre el pasado y el presente de la vida de los protagonistas. De nuevo una historia con tintes existencialistas, lo que es ya una constante en su carrera como director. Es Nebraska el más brillante trabajo de Payne, además de una road movie al uso, grabada en blanco y negro, los colores del asfalto.

La película se mueve tan lento como conduce uno de los protagonistas, pero huye del bostezo gracias a la antológica interpretación de Bruce Dern (1936) de un anciano a medio camino entre la senilidad y el alcoholismo lúcido. La mirada se lleva gran parte del peso interpretativo, por como transmite la obcecación del viejo por recoger ese premio de un millón de dólares, pese a que todo el mundo le advierte de que es un timo. Demasiado tarde, ya se ha convertido en su objetivo vital, aunque uno llega a dudar durante el film si el anciano de pelo alborotado y barba de cinco días también no sabe que aquel billete es publicidad engañosa sin ningún valor. Pero qué importa. Se aferra a ello, es su motivo para seguir viviendo. Así lo dice su propio hijo (Will Forte) que al darse cuenta se siente empujado a acompañar a su anciano padre en ese loco viaje intrageneracional, mano a mano, a lo Paradise y Moriarty. Y de nuevo una duda: ¿Quién de los dos necesita más de ese viaje?  El marchar como redención, como escapatoria de la incomoda realidad, como búsqueda de las raíces. Concepto muy manido pero plasmado de forma acertadísima en esta película de Payne.

Más de 2000 km hasta la fría Nebraska, tierra prometida para el viejo y auténtico faro de este aparentemente inútil viaje. En medio del camino, como las sirenas que amenazan a Ulises, el antiguo pueblo de los padres, Hawthorne. Allí está el origen, los familiares que se convirtieron hace tiempo en desconocidos y los amigos de la infancia que se tornaron en temibles enemigos. Entre tabernas de pueblo, donde los hombre empezaban a beber con apenas 15 años. “Aquí no hay otra cosa que hacer”, como argumenta una antigua novia del padre. Y al fin, el hijo que descubre al padre, lejos de casa y por boca de desconocidos.

Y todo parte de esa pregunta inicial del policía que rompe el silencio del film.  El anciano tras unos segundos responde: “Vengo de allí (señalando atrás) y voy hacía allí (señalando al infinito)”. Ni sabe muy bien de dónde viene ni hacía qué lugar se dirige. Como nos pasa a todos, vamos. 

Gorka Ellakuría

El día que conocí a Lediakhov

En un verano en el que aún no perseguíamos a las chicas, y mi amigo I todavía estaba vivo, empezamos a colarnos en un club deportivo de la zona pija de Barcelona. Resultaba muy fácil saltar la verja y no teníamos que discutir con nadie por una portería.

Las niñas del club, con sus largas melenas y finas figuras, nos miraban jugar al fútbol mientras tomaban el sol. Nosotros intentábamos capturar una imagen de esos cuerpos casi desnudos, de reojo, para que no se notara; deseándolas y odiándolas de la misma forma, sin saber muy bien si les gustábamos o nos despreciaban. Recuerdo marcar un gol y ver a una rubia aplaudir con fuerza mientras me sonreía. Fue la primera vez que me sonrió una chica, de esa forma, claro.

Desde entonces mi obsesión fue el gol. Me enfadaba cuando no me la pasaban y me chupaba todas las jugadas (así llamábamos entonces a no pasar el balón. Pecar de individualista, vamos). Cada tanto mío, por malo que fuera, era ovacionado por aquella preciosa chica, que al parecer, tanto me admiraba. Sus palmas resonaban por todo el club, en un lugar donde lo normal era el silencio.

Aquel mes de julio me convertí, por primera vez, en el pichichi de mis amigos y probablemente en el jugador más joven en contar con una fan tan incondicional. Mis colegas se burlaban, decían que estaba enamorado y que esa niña no tenía ni idea de fútbol, porque de lo contrario no me aplaudiría precisamente a mí.

Desde aquel verano, ya lejano, se sentó una máxima en el grupo de amigos que aún hoy perdura: si había un guapo entre nosotros, ese era yo. Diez años después, nadie duda de ello. Siempre he pensado que tuve un golpe de suerte como el de Fermín, al que para hacerle rabiar le pusimos el mote de Fermín-galarga, y la broma acabó por alzarlo hasta el olimpo de los sementales. Incluso en el curso de mi hermano mayor hablaban del pene legendario de Fermín, y no sólo los chicos.

Aquel éxito me reportó una fama, que como he dicho, me ha acompañado desde entonces. Cuando conocíamos a una chica, siempre había alguno que le decía aquello de que yo era el guapo, y aunque seguramente hasta entonces no se había fijado en mí (no soy muy distinto al resto de mis amigos), desde ese momento pasaba a ser su objetivo de conquista. Las hermanas de mis amigos bajaban la mirada cuando entraba en sus casas, y sus madres me hablaban más a mí que al resto, cosa que tampoco es que me hiciera mucha gracia, salvo alguna excepción.

Han pasado más de diez años y creo que ha llegado el momento de reconocer que mi fama es tan inmerecida como lo fue la del pene de Fermín. Estas cosas no se pueden alargar, porque uno se acaba creyendo sus propias mentiras.

Mi status de guapo se lo debo a un saludo que hice a principios de aquel verano. Un día que, buscando un baño dentro del edificio del club, me encontré a unos cuantos compañeros del colegio y me preguntaron con sorna que qué coño hacía yo allí. Entonces rompí un silencio de varios segundos al grito de: ¡Lediakhov!

Por ese club de Barcelona se ejercitaba aquel ex jugador del Sporting de Gijón, ahora fofo, más triste que de costumbre, pero igual de rubio. En términos futbolísticos diré que el bueno de Lediakhov me había brindado un pase de la muerte que rematé de forma certera, salvándome así de las preguntas indiscretas de aquellos imbéciles de mi colegio.

Se me acercó, y su cara de bobalicón se iluminó. Me agitó mi fina mano varias veces al tiempo que me hacía saber que le parecía increíble que un crío de 14 años y de Barcelona supiese quien era él. Detrás suyo escuchaba y me observaba, con una mirada azul, su hija, una preciosa rusa de más o menos mi edad, la misma rubia que me aplaudiría durante todo aquel verano, quien sabe si para agradecerme aquel saludo que le alegró el día a su padre.

Gorka Ellakuría

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

Igor Lediakhov dialogando con Iturralde González

 

 

 

 

 

Un libro al día

Ochenta albóndigas de un tirón. Yo he visto comer eso a un chaval que apenas medía 1’50. Dudo que hayas visto algo parecido. Ni que jamás estuvieras en clase de sociales pendiente de la ventana por los diez minutos que un tonto como Riki juró que estaría colgado del alfeizar, a veinte metros del suelo. No quiero ser impertinente, pero sigo pensando que es imposible que conocieras a alguien como él. Podría decirte que era un loco, pero entonces simplificaría demasiado las cosas. Hablo en pasado porque a estas alturas dudo que esté vivo. Si lo está, es un milagro. Aunque ahora que pienso, de los tres años que fue compañero nuestro, siempre nos pareció que todo lo que hacía estaba rodeado de un aura milagrosa.

Aún recuerdo el día que llegó por primera vez a la escuela y cómo alguno de los chicos se rio de su acento. Por aquel entonces lo de la inmigración no era tan habitual como ahora, y que viniese un peruano a nuestro colegio de la zona alta de Barcelona era algo digno de contar el domingo, durante la comida familiar. Las burlas se acabaron cuando el nuevo lanzó su primer “reto”, como él los llamaba. Ahora no recuerdo cuál era, pero debía ser una burrada tan grande que ninguno de nosotros se atrevió a hacerlo. Él sí, por supuesto. Formaba parte de su particular regla de los retos: si lo proponías, lo tenías que hacer. En tres meses ya era el líder de la clase. Se enfrentó a todos los gallitos retándoles a que hicieran algo, y como no se atrevían, los bajaba al terreno de los no-guays. Tengo que recordarte que guay era una palabra que utilizábamos por entonces, lo digo por si lo has olvidado.

Saltar de un árbol altísimo a otro, matar una paloma con las manos, lanzarle desde la ventana un brick de zumo de melocotón (lleno, claro) al policía que dirigía el trafico frente al colegio, volverlo a intentar varios días hasta acertar en aquella cabezota con sombrero; todas aquellas cosas y muchas más las había hecho Riki. Se sentía obligado. “Un reto es un reto”, decía con solemnidad.

Nada le frenaba, así que se convirtió en el líder del colegio en apenas un año. Ni siquiera los mayores se atrevieron a aceptar uno de sus retos, precisamente porque, aunque fuéramos unos niñatos, sabíamos perfectamente que él no era como nosotros, él no tenía límite. Todos admirábamos a ese pirado que había cruzado el Atlántico para venir a nuestro colegio de barrio. Arturo, en cambio, pasaba. Era el empollón de clase y todo lo que no fuera estudiar parecía no existir para él. Fue entonces cuando Riki lanzó el último de sus retos. “Arturo, te reto a leer un libro al día durante un año”, le dijo con tanta formalidad como si le entregara un mensaje real. El empollón, ni contestó, pero la apuesta ya estaba echada.

Cuando estaba en la universidad me encontré con Alba, una amiga del colegio que era vecina de Riki. Me contó que en realidad no le habían expulsado. Aquello había sido un invento de la directora para que no supiéramos la verdad. A Riki lo ingresaron en San Boi, en un centro para locos, con un cristal en el pasillo que les impedía (a él y al resto de dementes) escaparse y con enfermeras que cuidaban de su medicación. Aquello ocurrió unos meses más tarde de que el peruano empezara a cumplir el reto de leer un libro al día. Al poco ya no hablábamos con él. Utilizaba unas palabras que nos parecían rarísimas a nosotros que apenas teníamos 12 años. En el patio se concentraba por acabar el libro que tenía entre manos. Recuerdo una de las extrañas palabras que empezó a utilizar. “Perorata” y no la he olvidado porque me la dijo a mí y porque la busqué en el diccionario mientras dábamos clase de matemáticas.

Alba también me dijo que la madre de Riki le había contado a la suya que de vez en cuando alguien se acercaba al psiquiátrico y dejaba un libro junto a una de las puertas de cristal. Al otro lado, Riki se desgañitaba y se daba golpes contra el cristal blindado, quién sabe si por cumplir con la apuesta o porque se había vuelto loco del todo. Alba dijo “alguien” y no pude creer que fuera tan ilusa. Era increíble que no hubiese caído que el cabrón que le dejaba los libros no podía ser otro que Arturo, “el matriculas”. >>Gorka Ellakuría

un libro al día

Yo solo

Conozco tipos tan atemorizados por las manchas que agarran el tenedor como un cirujano sostiene un bisturí, rezando para que la mano no les juege una mala pasada y les arruine el día. No se trata de algo educacional, de eso estoy convencido. Mientras yo jugaba a engancharme las etiquetas de las botellas de Coca Cola en la frente, mi hermano examinaba con detalle su ropa varias veces durante cada comida.Lo cierto es que su preocupación se centraba más en mí. Para que se hagan una idea, fui capaz de derramarle dos Coca Colas encima suyo en lo que duró un vuelo París-Barcelona. Lo sé, la Coca Cola es mi aliado del mal, como lo es Karanka para Mou, pero todo es más difícil si tratas de hacerlo sin ayuda de nadie -ni de nada-.

Hay gente que prefiere hacer las cosas por su cuenta, sin la colaboración de otros. El otro día me contaron la de un ganadero de los Pirineos al que una vaca le corneó en el cuello, con la bendita suerte que no tocó la yugular. El hombre se sacó la camisa, se la ató al cuello y bajó la montaña conduciendo su Jeep hasta llegar a la ciudad en la que vive- en realidad es pueblo grande, pero ellos dicen que es ciudad-. En el trayecto pasó por pueblos, se cruzó con gente, pero no pidió ayuda a nadie.

Ahora habla como el Padrino, pero el tipo está bien. Juega a cartas, se toma sus carajillos y sigue dedicándose a las vacas. De hecho, aún conserva la que se decidió a matarlo, pero según él tenía sus razones. La res acababa de dar a luz a una ternera que murió al nacer y no pudo impedir que se la comieran los buitres. La naturaleza es cruel animalistas, aunque nos la pintéis de rosa.

Según dicen, en aquel bar se pudo oír la historia por boca del protagonista, pero después de que le pidieran que la repitiera por tercera vez, envió a todos los presentes a la mierda.

Ahora nadie habla del tema, pero cuando el solitario sale del café con el pañuelo que le tapa la garganta, algunos aseguran que hay algo más que sólo contó a unos pocos. Esos chismosos andan diciendo que tras llegar a la ciudad no fue directo al hospital, sino que primero fue a su casa a cambiarse de ropa. >>Gorka Ellakuría

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El hechizo gitano

Nunca antes había bailado. Los que me conocéis podéis dar fe de ello. Incluso alguno puede salir con que le robe a su chica mientras él bailaba. Eso ya no lo puedo negar. Sé que suena extraño que un tío que no baila aparezca dos días después con la misma ropa diciendo que vuelve de bailar, pero debéis creerme. No fui yo, fueron ellos. Yo sólo entré a por cocacolas en un pub inglés.

En realidad, hacía tiempo que aquel sitio había dejado de ser un pub inglés. Me di cuenta cuando ya estaba dentro. Las paredes estaban pintadas con unos dibujos a lo Mortadelo y Filemón, pero en cutre. En la entrada había una mesa larga-tipo banquete- con un grupo que parecía salido de una peli española de los 70. Se reían y conversaban hasta que me vieron entrar y ,todos, como si lo tuvieran ensayado, hicieron una gran mueca. Cada uno a su estilo, claro. Me acerqué a la barra y un albano kosovar con un chándal adidas de los que llevan los ultras ingleses me dijo que fuera a la barra de dentro que allí no servían nada. Sus palabras sonaron a amenaza de muerte, de esas que no se repiten una segunda vez. Crucé aquel local, la pista de baile y sus pantallazas planas con la cara de Paz Padilla dando la matraca hasta que llegué a la segunda barra. Aquello era distinto, dos borrachines de bar, que en fin de año aún parecen más melancólicos, me observaban esperando a que cometiera algún error de bebedor novel, para hacérmelo saber.

–Dos cocacolas para llevar, dije, y ambos se miraron como diciéndose: “menudo marica”.

El camarero me dio las dos latas y al levantar el brazo le vi una gran marca amarilla de sudor que recorría su costado. Me fui cagando leches odiando a mis colegas que les había dado por aquel esnobismo de beber el whisky sólo con hielos. Nosotros que aún somos tan jóvenes deberíamos seguir bebiendo con cola.

Al seguir mis pasos me encontré la sala de baile abarrotada. Pasé sin mirar pero una mano me cogió y me arrastró al centro de la pista. Aquella gente hablaba un idioma muy extraño y tenían cabras, niños que bailan como mayores y viejos con sonrisas infantiles, con puros, bastones y acordeones. Solo faltaba Kosturica, que si estaba, no lo vi. Me hablaban y yo sonreía como un imbécil. Les debía hacer gracia el chico que había ido a por cocacolas. Lo entiendo, a mí también me haría gracia. Me haría mucha gracia, y si llego a estar con amigos quizá también me hubiera reído de él durante dos días. Porque hoy que es el segundo día del año y no he dejado de bailar. La culpa fue de esos gitanos, lo juro. Sus ritmos y sus risas me debieron hechizar. No se qué han hecho conmigo, sólo recuerdo bailar, como si no existiera vida o muerte, imitando a ese crío que sentía la música como si hubiera vivido mucho más que yo. >>Gorka Ellakuría

Wygrzywalski, Feliks Michal (1875-1944) - Gipsy Woman Dancing, two men playing guitar

La Barcelona que conoció a Bolaño

La vida de Roberto Bolaño (1953-2003) tuvo distintos escenarios. Santiago de Chile, México D.F., Girona, Blanes, y durante tres años, también Barcelona. «En aquel tiempo yo tenía veinte años y estaba loco. Había perdido un país pero había ganado un sueño», escribió el autor chileno en Perros Románticos, uno de sus poemas sobre su etapa en la capital catalana. Llegó en 1977, cuando para muchos jóvenes sudamericanos Barcelona había sustituido a París como destino soñado. Todo era más barato que en la capital francesa, el idioma era el mismo y llegaban a una España que dejaba atrás una dictadura militar, mientras que en países como Chile, Argentina o Uruguay no habían hecho más que empezar.

Bolaño, en la terraza del bar Universitari de Barcelona

El Bolaño de Barcelona tuvo un gran vínculo con el barrio del Raval. Durante su primer año en España vivió en el número 45 de la calle Tallers, en la cuarta planta de un antiguo convento. Su piso apenas tenía 25 metros cuadrados y el baño lo compartía con el resto de vecinos de rellano. Tenía dos ventanas que daban a otro bloque de pisos idéntico, separado por un camino adoquinado con la amplitud idónea para que en un pasado, aún más lejano, pudieran entrar los carruajes. «Su casa era muy humilde. No sé cómo podía vivir allí», explica Martín Fernández, vecino por aquel entonces de Bolaño. Recuerda que el escritor, que entonces tenía 24 años, fumaba tabaco constantemente, aunque reconoce que no tuvo gran relación con él: «Era serio. A veces saludaba y otras no». En aquella época aún no había portero automático y la verja que separaba el pasaje del antiguo convento y la calle Tallers permanecía cerrada. Era un impedimento que quienes lo iban a visitar a salvaban gritando: «¡Roberto!», para que éste bajara.

Entonces, el joven de mirada miope y pelo alborotado, se encontraba con alguno de sus amigos: el escritor barcelonés A. G. Porta, los poetas Bruno Montané y Xavier Sabater, Álvaro Montané o Inma Marcos, entre otros. Se reunían en los futbolines que había en Tallers 39. Allí hablaban sobre poesía, jugaban al futbolín, o echaban una peseta en el millón del local —en la mayoría de sitios costaba cinco pesetas. Eran los últimos 70 y a muchos sitios ya habían llegado los juegos de «marcianitos». Sus amigos recuerdan que ése era el juego preferido del joven Bolaño. Frente a los futbolines estaba, y sigue estando, el bar Cèntric. Un local de estilo modernista que hace meses que no abre la persiana. Según cuenta un vecino, el negocio lo han traspasado y los nuevos dueños pretenden hacer una cervecería de época. Aquél era uno de los sitios donde se podía ver al chileno tomando un café, en las ocasiones en que se podía permitir tomar algo.

El que apenas ha cambiado es el café Parisienne, también en Tallers. En aquel lugar había una gramola con la que el grupo de amigos obligaba al resto de clientes a escuchar algo de Jimmy Hendrix o de The Alan Parsons Project. Aunque la verdadera debilidad musical de Bolaño era Patty Smith. Años después, cuando el escritor hacía siete años que había fallecido y ya se había convertido en un fenómeno literario en los EE.UU, la cantante de Chicago se declaró admiradora de las obras del chileno. «Leer a Bolaño ha sido una revelación para mí», confesó Smith en 2010.

Amigos de su época de Barcelona recuerdan que el autor de Los detectives salvajes solía dar largos paseos por las calles de la ciudad. Lo hacía cuando su obsesión por escribir o cuando los múltiples y precarios trabajos que ejerció le dejaban algo de tiempo libre. Por el camino se paraba en la antigua Bodega de la calle Fortuny, en el Estudiantil de la plaza Universitat o iba a las sesiones doble del cine Cèntric, que estaba en la calle Peu de la Creu, donde ahora está la sede de una conocida editorial. 
Más tarde se trasladaría a vivir con su hermana, su madre y la pareja de ésta, a un edificio de estilo modernista situado en Gran Vía 399, próximo a la plaza España. Entonces le salió un trabajo de vigilante en el camping La Estrella de Mar, y tuvo que desplazarse a diario hasta Castelldefels.

En 1980 se fue a vivir a Girona y no volvió a instalarse en la capital catalana. Se marchó habiendo escrito ya una primera versión de su novela Amberes, donde habla de una ciudad condal en la que: «Los polis están cansados, hay escasez de gasolina y miles de jóvenes desempleados dando vueltas por Barcelona».

A pesar del poco tiempo que Bolaño vivió en Barcelona, la ciudad se hizo un hueco en su mundo literario. Las novelas y poemas del chileno cuentan con numerosas referencias a la época en que vivía en la calle Tallers o en la Gran Vía. Barcelona es un elemento más del «universo Bolaño»: aquél en que la ficción se mezcla con los lugares y personas que pasaron por la vida del escritor. >>Gorka Ellakuría

También publicado en Culturamas

 

El cuarto Cardhu

Con un Habano en la mano y sin saber como fumarlo, veíamos como la novia se acercaba a las mesas a saludar. Algún amigo nos hacía creer que sí sabía y nos explicaba como se debía prender el puro o de qué forma teníamos que aspirar el humo de aquel cigarro cuyo olor todavía asocio a la vejez. Niños jugando a ser mayores con edad de ser adultos. La imagen de la hermana de nuestros amigos vestida de blanco nos evidenciaba lo que nos resistimos a aceptar.

En los años en los que aún no iba de boda fui un experto esquivando a los hermanos mayores de mis amigos por miedo a ser juzgado por alguien unos años más experimentado. Ahora empleo la misma táctica para no encontrarme con estos mismos paseando a un bebe, que sin culpa alguna, sería el responsable del vértigo existencial que sufriría durante unos días.

Tanto yo como mis amigos, después de un chute tan fuerte y prolongado de dura realidad, salimos disparados hacía la barra libre. Bailando y bebiendo como animales, nos sentíamos capaces de restregar nuestra juventud al resto. Queríamos infundir a todo aquel que mirara el mismo vértigo que el hijo de un amigo nos producía a nosotros. Pero por más que bailáramos, por más bebiéramos, no lográbamos diferenciarnos de los demás. Nos sentíamos como ciclistas mediocres que atacan en un puerto de montaña al líder y éste los alcanza poco después y sin esfuerzo. Miraras donde miraras un hombre, con edad de estar jubilado, bailaba, bebía y hacía reír al resto más que nosotros.

Entonces algunos nos sentamos en las mesas. Junto a mí había un octogenario con un whisky en la mano. Me dijo que era su cuarto Cardhu y que lo tomaba sin hielo porque eso era “desgraciarlo”. Escondí mi copa. Si el hielo le parecía un pecado imagínate el sermón que me podía caer si se enteraba de que además lo mezclaba con Coca-Cola. Luego me di cuenta de que yo no le importaba nada, tan sólo era la excusa para decir lo que quería y que no le acusaran de hablar sólo. Al poco rato empezó a hablar de mujeres , insistiendo en la suerte que teníamos los jóvenes de ahora pudiendo besarlas sin antes pasar por el altar. Repitió el argumento varias veces pero al final en vez de “besarlas” decía “hacerles el amor”. Luego se ruborizó, se quitó las gafas y me pidió disculpas, porque según él, estaba “desbarrando”. Le dije que no pasaba nada. Estuvimos en silencio. Él miraba a las mujeres bailar y yo le miraba a él. Nos separaba una vida, y aún así, no éramos tan distintos.

>Gorka Ellakuría 

“No quiero ser sólo el tenor de moda”

Gorka Ellakuría

>Publicado en EL PAÍS, el 22/08/2012<

Se llama Jonas Kaufmann y es la última sensación de la ópera. Reconocido por tener una voz versátil, capaz de interpretar piezas operísticas de muy distinta frecuencia, también es admirado por su vis dramática difícil de encontrar en otros tenores del momento. Su físico, más cercano al de un modelo italiano que al de un tenor alemán de 43 años, también ha contribuido a que sea ahora mismo el cantante de ópera más deseado del momento. Es tal su éxito que ya tiene concertadas todas sus actuaciones de aquí a cinco años. Será el protagonista de algunas de las óperas que ofrecerán los teatros líricos más importantes del mundo. Antes de eso, hoy pondrá con su primera gala lírica el broche de oro al festival Castell de Peralada.

El éxito efímero parece ser uno de los temores del solista germano. Por eso se esfuerza en huir de la etiqueta de tenor de moda. “Quiero ir paso a paso. Mi deseo no es ser el tenor del momento, sino ser un intérprete de larga trayectoria”, dice Kaufmann con semblante serio. Es la primera vez que se pone solemne durante el encuentro con los medios tras aterrizar en Barcelona procedente de Salzburgo, donde había actuado en el prestigioso festival de la ciudad austriaca. Antes, y después de abordar el tema de su éxito, todo fueron buenas maneras, gestos humildes y sonrisas (con corrector bucal, por cierto).

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El tenor alemán Jonás Kaufmann/ Foto: bloggersopera.com

La pasarela 080 premia la mesura

Hay muchas maneras de recibir un premio, y una de ellas es con desconcierto. Así, con la cabeza gacha y con la sorpresa aún en sus caras, fue como el joven dúo de creadores Daniel Martínez y Arturo Lierah recogieron ayer el premio 080 Barcelona Fashion de la edición de verano.

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/07/13/catalunya/1342167524_495473.html