Un libro al día

Ochenta albóndigas de un tirón. Yo he visto comer eso a un chaval que apenas medía 1’50. Dudo que hayas visto algo parecido. Ni que jamás estuvieras en clase de sociales pendiente de la ventana por los diez minutos que un tonto como Riki juró que estaría colgado del alfeizar, a veinte metros del suelo. No quiero ser impertinente, pero sigo pensando que es imposible que conocieras a alguien como él. Podría decirte que era un loco, pero entonces simplificaría demasiado las cosas. Hablo en pasado porque a estas alturas dudo que esté vivo. Si lo está, es un milagro. Aunque ahora que pienso, de los tres años que fue compañero nuestro, siempre nos pareció que todo lo que hacía estaba rodeado de un aura milagrosa.

Aún recuerdo el día que llegó por primera vez a la escuela y cómo alguno de los chicos se rio de su acento. Por aquel entonces lo de la inmigración no era tan habitual como ahora, y que viniese un peruano a nuestro colegio de la zona alta de Barcelona era algo digno de contar el domingo, durante la comida familiar. Las burlas se acabaron cuando el nuevo lanzó su primer “reto”, como él los llamaba. Ahora no recuerdo cuál era, pero debía ser una burrada tan grande que ninguno de nosotros se atrevió a hacerlo. Él sí, por supuesto. Formaba parte de su particular regla de los retos: si lo proponías, lo tenías que hacer. En tres meses ya era el líder de la clase. Se enfrentó a todos los gallitos retándoles a que hicieran algo, y como no se atrevían, los bajaba al terreno de los no-guays. Tengo que recordarte que guay era una palabra que utilizábamos por entonces, lo digo por si lo has olvidado.

Saltar de un árbol altísimo a otro, matar una paloma con las manos, lanzarle desde la ventana un brick de zumo de melocotón (lleno, claro) al policía que dirigía el trafico frente al colegio, volverlo a intentar varios días hasta acertar en aquella cabezota con sombrero; todas aquellas cosas y muchas más las había hecho Riki. Se sentía obligado. “Un reto es un reto”, decía con solemnidad.

Nada le frenaba, así que se convirtió en el líder del colegio en apenas un año. Ni siquiera los mayores se atrevieron a aceptar uno de sus retos, precisamente porque, aunque fuéramos unos niñatos, sabíamos perfectamente que él no era como nosotros, él no tenía límite. Todos admirábamos a ese pirado que había cruzado el Atlántico para venir a nuestro colegio de barrio. Arturo, en cambio, pasaba. Era el empollón de clase y todo lo que no fuera estudiar parecía no existir para él. Fue entonces cuando Riki lanzó el último de sus retos. “Arturo, te reto a leer un libro al día durante un año”, le dijo con tanta formalidad como si le entregara un mensaje real. El empollón, ni contestó, pero la apuesta ya estaba echada.

Cuando estaba en la universidad me encontré con Alba, una amiga del colegio que era vecina de Riki. Me contó que en realidad no le habían expulsado. Aquello había sido un invento de la directora para que no supiéramos la verdad. A Riki lo ingresaron en San Boi, en un centro para locos, con un cristal en el pasillo que les impedía (a él y al resto de dementes) escaparse y con enfermeras que cuidaban de su medicación. Aquello ocurrió unos meses más tarde de que el peruano empezara a cumplir el reto de leer un libro al día. Al poco ya no hablábamos con él. Utilizaba unas palabras que nos parecían rarísimas a nosotros que apenas teníamos 12 años. En el patio se concentraba por acabar el libro que tenía entre manos. Recuerdo una de las extrañas palabras que empezó a utilizar. “Perorata” y no la he olvidado porque me la dijo a mí y porque la busqué en el diccionario mientras dábamos clase de matemáticas.

Alba también me dijo que la madre de Riki le había contado a la suya que de vez en cuando alguien se acercaba al psiquiátrico y dejaba un libro junto a una de las puertas de cristal. Al otro lado, Riki se desgañitaba y se daba golpes contra el cristal blindado, quién sabe si por cumplir con la apuesta o porque se había vuelto loco del todo. Alba dijo “alguien” y no pude creer que fuera tan ilusa. Era increíble que no hubiese caído que el cabrón que le dejaba los libros no podía ser otro que Arturo, “el matriculas”. >>Gorka Ellakuría

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