Cholismo contra la crisis

Cholismo

Salió Simeone antes del partido de Liga frente al Barça y dijo aquello de que eran el equipo del pueblo. Lo que en otro entrenador de otro equipo hubiese sido populismo barato, fue un momento (casi) místico. Reafirmó entonces algo que muchos intuíamos y deseábamos secretamente. El Cholo renunció a ser el último de los grandes y optó por tirar del carro de los diecisiete equipos restantes. El de los pobres. Un grupo lleno de deudas, desahucios, dimisiones, ansiedades y alguna que otra depresión. En la línea de lo que está viviendo el país. La vida del Madrid y del Barça, en cambio, continua siendo como la de los Blesa y cia, en sus tiempos en los que se creían los Lobos de Wall Street españoles: vida chulesca, cínica y tremendamente ostentosa; pornográfica pura.

El filosofo alemán G.W.F. Hegel afirmó que: “Sin pasión nada grande se ha llevado a cabo ni podrá llevarse.” En esa frase está la clave del éxito de este Cholismo que va camino de convertirse en un autentico movimiento social. Un tremendo chute anímico en una época de Orfidal y Prozak .

Los medios afines a los dos grandes lo miran como un capricho de pobre y nos machacan con esa cenizada de que sin rotaciones el Atleti se quedará sin fuerzas para pelear la liga. El discurso parece haber calado en la gente, y se repite por infinidad de voceros de barra de bar. Lo dicen pero no desean que sea así. Se puede ver en sus caras. El Cholo nos ha recordado que no siempre ganan los mismos, y no hablo sólo de fútbol.

Costa, Villa, Arda, Miranda, Gabi, Raúl García, Godín... Frente a las estrellas de los dos grandes estos tipos parecen arapientos vaqueros de vuelta de todo. Son El Grupo Salvaje de la Liga. Sin nada que perder. El sueño sigue mientras permanezcan arriba, en la pelea. El partido a partido de toda la vida, que en este Atleti tiene poco de topicazo.Un día llegarán a México, como en la peli de Sam Peckinpah, y todo se habrá acabado. Pero por favor, entonces, no escuchen a los que digan que ya lo decían, ni olviden tampoco lo bonito que está siendo el camino. 

Gorka Ellakuría

*Publicado antes en El Cotidiano

El BMW

No fue hasta la tercera vez que oí esos gritos que me levanté y me asomé por la ventana. “Abra la puerta del coche”, repetía todo el rato el hombre que armaba jaleo en la calle. Eran las 18:30, pero ya era de noche. El del coche no se decidía a entrar en el parking pese a que la compuerta estaba abierta. Quieto, en su asiento y con las manos al volante, permanecía sin hacer nada, y por supuesto, sin abrir la puerta. El hombre que estaba cabreado se cansó de esperar y la abrió desde fuera. Tenía acento argentino y lo hizo con tanta fuerza que se oyó un clack

Ahora que no había cristal entre ambos, empezó a gritar más. Esta vez cambio de frase, pero como antes hizo, la repitió más de cinco veces. “¿No ves que es una criatura, la querías chafar o qué?” Al otro lado del coche, junto a la puerta del copiloto, había un niño de unos ocho años, con unos rizos rubios.  

La gente que pasaba andando como si nada de aquello estuviese ocurriendo. El niño parecía estar ausente. Miraba unos cromos que lleva en su pequeña mano de niño de ocho años. No los pasaba, ni buscaba uno en concreto, observaba el taco en general, de una forma que alguno diría melancólica.

La voz del hombre del coche trataba de luchar con la del ofendido, pero poco pudo hacer. Era una voz de anciano, leve y aguda, que repetía todo el rato que lo sentía mucho. Conducía un BMW con llantas deportivas. Me fijé cuando el argentino le dijo la frase con la que zanjó la trifulca: “¿Qué te crees, que por tener un coche lo tenés todo en la vida?” Pensé que el coche era muy bonito, que me gustaría tenerlo a mí, y que el hombre del niño tenía muchos más problemas que aquel casi atropello de la criatura.

El BMW quedó parado con el motor aún encendido y las luces iluminando la compuerta del parking. Hacía como dos minutos que se había cerrado. El argentino y el niño marchaban calle abajo y al pasar bajo mi ventana el pequeño dijo: “Papa, me faltan cinco para acabar la cole”. Entonces supe que aquel tipo era su padre, y supe también que la voz del niño era leve y aguda.

Me senté en el sofá y volví a reemprender la lectura de un libro de detectives, muy malo y muy guarro. Cuando acabé la segunda página oí como se habría la compuerta del parking. Entonces supe también que el anciano, al fin, había decido entrar.

>>Gorka Ellakuría